Dec 2011

En los buenos documentales, la música es casi una excusa

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Hace una semana terminó la octava versión del festival de cine y documental de música In Edit Nescafé. Diez días en que se reunieron directores, seguidores de estas dos artes y, lo más importante, los proyectos cinematográficos que siempre reflejan discursos claros.

Revisando la programación del encuentro y asistiendo a las funciones, es posible notar que, a pesar de la diversidad de propuestas que se congregan en el certamen año a año y que, por cierto, se agradecen, existe un área que no ha sido muy cubierta: La mayoría de las películas son biografías de historias ‘dignas de ser contadas’, reconstruyen una época o acompañan un momento de algún personaje y dejan de lado temáticas o procesos de mayor escala al hablar de música, que pueden ir desde lo político a lo netamente artístico.

Si es por hilar fino, está claro que cada producción -aún si está centrada en hablar sobre una figura- contextualiza y comparte con los espectadores cierta visión de mundo y procesos colectivos. Pero ¿en cuántas obras es posible apreciar cómo la música puede estar ligada directamente con transformaciones sociales?

Un ejemplo de esto es Bling, un documental que se presentó el año 2007 en In Edit Beefeater de Barcelona (y también en Santiago), y que ilustra la relación entre grandes estrellas del hip hop y el conflicto de los diamantes de sangre en Sierra Leona. Raekwon (Wu-Tang Clan), Tego Calderón, Kanye West y Paul Wall viajan hasta África para conocer esta realidad y ver cómo símbolos poderosos dentro de su cultura, afectan a un pueblo a miles de kilómetros de distancia.

La reciente curatoría trajo joyas como ‘Pina‘ y ‘Cure for pain‘, la historia de Mark Sandman. Y, así como año a año se han superado en la elección, para las próximas versiones sería muy bueno poder ver más proyectos como el del hip hop y la crisis social. En donde la música es la banda sonora y la historia cantada de movimientos que afectan incluso a quienes pueden no ser sus seguidores.

En ‘El Registro Audiovisual de la Música Chilena‘, foro que se realizó el miércoles 14 de diciembre en la sala Cine UC, Marisol García, directora del área de prensa del certamen indicó que “en los buenos documentales, la música es casi una excusa“. Afirmación comprobada en ‘Hardcore: la revolución inconclusa‘, un trabajo dirigido por Susana Díaz y parte de la competencia nacional de este año, que si bien contaba con material antiguo y precario, retrató muy bien la frustración de una parte de la clase media a mediados de los noventa en Santiago. Sus conflictos generacionales y también el quiebre que ocurre dentro de aquel movimiento de esa época que, a pesar de aglutinarse bajo modelos similares, termina desfragmentado por vivir una lucha de clases interna.

La música -quiera o no su autor- siempre tendrá un componente discursivo potente frente a su realidad. Quizás no sea en sus letras, pero en alguna esquina del prisma se verá reflejado. En su forma de vestir, en la estructura de sus presentaciones en vivo, en el arte de un disco o incluso, en la inexistencia del formato físico de éste. La tarea de los documentalistas que se exponen a retratar estas temáticas, se ve mucho más enriquecida cuando logran desmembrar cada uno de los elementos que conjugan a un artista y revelan aquellas reflexiones implícitas. Y en este proceso que va desde la idea de hacer una pieza audiovisual, hasta presentarla en un festival, también se expone un ideario claro por parte del realizador.

Hardcore: la revolución inconclusa

Algo que llama la atención dentro de la parrilla internacional año a año, es la presencia mayoritaria de registros de los años sesenta y setenta. Pero esta situación va más allá de la curatoría. Esto tiene que ver con los directores, el público y, finalmente, con la sociedad en general. ¿Por qué es tan llamativo hablar/escuchar/documentar esta época? En ‘Retromania: Pop Culture’s Addiction to Its Own Past‘, el crítico de música inglés Simon Reynolds se pregunta: “¿es la nostalgia la que está deteniendo la capacidad de nuestra cultura para mirar hacia adelante o somos nostálgicos, precisamente, porque nuestra cultura se ha detenido e inevitablemente, miramos hacia atrás buscando momentos más trascendentales y dinámicos?”.

¿Por qué sigue pareciendo atractivo ver un documental sobre George Harrison o la santísima trinidad Lou Reed, Iggy Pop y David Bowie? Quizás es porque los símbolos y el lenguaje que instauró el rock durante la segunda mitad del siglo veinte, sigue sin poder ser superado. Existen otras esferas, por cierto, pero hasta el minuto ninguna se ha logrado posicionar de esa manera universal. También se podría pensar que no hay algo que superar, ya que las reglas del rock conjugaron en su minuto en la experimentación que se dio en esa época y no es posible juzgar eso hoy en día, en contextos completamente distintos.

En su investigación sobre la fijación de la sociedad actual con el pasado, Reynolds explica el auge de los documentales de rock, entre otras cosas, a través del envejecimiento de la generación baby boomer (nacidos después de la II Guerra Mundial) y de su inmediata descendencia, la generación punk. “La mayoría tratan sobre los sesenta y los setenta, una época con alcance, aparentemente, ilimitado para ser un refrito. ‘Creo que esto sucede porque no hemos tenido suficientes guerras’, bromea Mark Cooper (jefe creativo del área musical de la BBC). Él sugiere que la era dorada del rock -desde Dylan y The Beatles, hasta el glam y el punk- ofrecieron lo más cercano a un sentimiento colectivo frente a un propósito, que sí ofreció la Segunda Guerra Mundial para el cohorte demográfico anterior“. Y si persiste en las cabezas de muchos esa idea sobre que, efectivamente, en la actualidad no existe un movimiento musical que sea tan poderoso como para superar límites y convertirse en modos de vida, la segmentación de audiencias y consumidores desarrollada por el sistema neoliberal ha calado hondo.

Bowie, Iggy y Lou

Terminó In Edit 2011. Vimos una competencia nacional que mejora con los años, al igual que la internacional. En cuanto a la elección de las propuestas, sería excelente que para las próximas ediciones consideraran incluir proyectos que dejen al ídolo en un segundo plano y vayan más allá. Ahora, el hecho de utilizar la nostalgia como motivación para llevar a cabo una película, es un tema de los realizadores. Dejar de mirar constantemente al pasado, haciendo vista gorda del presente, es tarea de todos.

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Sobre el autor:

Javiera Tapia (@jajonter).

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