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Barrio Miseria: ultraviolencia

por · Agosto de 2013

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Afuera suenan Zalo Reyes, los Clash, Cypress Hill y la cumbia villera argentina. Afuera son las calles inclinadas de esa geografía difícil del cerro Playa Ancha, pero esto ocurre adentro, en una habitación que termina a los cuatro o cinco pasos, con un colchón en el suelo y donde se cuelan, entre las paredes de cartón y las planchas de desechos, el olor a perro mojado y a meados del libro Canciones punk para señoritas autodestructivas (2011, Das Kapital) de Daniel Hidalgo, recientemente llevado a las tablas por Teatro Niño Proletario.

Barrio Miseria2«Es un material contingente sobre la realidad de Valparaíso», dice el director de la compañía, Luis Guenel (El olivo), que hace diez años se vino a Santiago desde Punta Arenas para estudiar teatro.

Adentro es una pieza estrecha que arriendan tres punks que sobreviven del microtráfico en una zona donde varios de sus colegas han aparecido muertos. Así pasan los días. «Daniel Hidalgo coloca a los punks pero —cuando lo leo— pienso que pueden ser fácilmente dos corpóreos de supermercado o tres señoras dueñas de casa», dice Guenel. «Está muy lejos de ser una ficción, el tema social de fondo es mucho más potente». El fondo es la violencia en los márgenes de ciudades como Valparaíso que se venden como una imagen del Chile arribista. Aunque sea más preciso hablar de esa periferia como ultraviolencia por el hacinamiento de personajes desesperanzados y aplastados por el paisaje del sistema socioeconómico establecido; se trata de vidas que experimentan a diario con la muerte, la idea no future del punk traducido entre cajas de vino Santa Helena, una radio a pilas que escupe canciones mal sintonizadas y la resaca de drogas baratas y el desamor. Un margen social donde todo es sucio y caldo de cultivo para el nihilismo de voces que se aferran a cualquier idea que les permita despertar con vida al día siguiente. «Más que denunciar, Barrio Miseria busca develar, que la gente vea esto» aclara Guenel.

«Odio esta puta realidad que me tocó vivir y mi forma de hacerme parte es dañándola a cada minuto», dice el protagonista del cuento Barrio Miseria 221. Es un joven punketa endurecido por el abandono y la marginalidad, con la identidad perdida («mi verdadero nombre no importa, muy rara vez lo uso. Lo dejé tirado en algún momento y solo lo recojo cuando ya no puedo evitarlo») y el corazón astillado por chicas cercanas a las suicide girls de Palahniuk («la puta es la que se larga con el primer tipo que se le cruza, en cambio la perra se va con tu mejor amigo»). Sus acompañantes son personajes sacados de un texto del dramaturgo chileno Juan Radrigán o de la película brasileña Ciudad de dios, con una fragilidad apenas matizada por las cervezas, la amistad y el sexo. «La vida en la calle no es tan dura si eres un conchesumadre», reflexiona alguien en algún momento, con aparente violencia gratuita, pero todos sabemos que la violencia nunca es gratuita y que muchas veces asoma como el único lenguaje y recurso de grupos sociales puestos en situaciones límites.

—Llama la atención la ultraviolencia de la puesta en escena de Barrio Miseria.
—No son muchas las obras ultraviolentas o jugadas al chancho en algunos aspectos, eso es lo bonito que tiene Barrio Miseria, que se pasó un poco. Pero es cosa de recorrer los márgenes de cualquier ciudad y te encuentras con estas situaciones, pasa que somos un país que deja de ver muchas cosas.

—El cuento de Hidalgo tiene una lectura que barre con esa imagen de postal turística con la que ciertos grupos venden a Valparaíso: las casas multicolores, el anfiteatro con vista al mar. ¿Estás de acuerdo?
—Es un leit motiv desacralizar esa imagen de Valparaíso, no sé por qué sucede pero si hay algo que me perturba de Valparaíso es que tiene todo para tener una movida más potente y sigue todo abandonado o simplemente no sucede. Con Barrio Miseria fuimos sacando un poco los trapos al sol con el tema de las diferencias entre cerros. La obra es sobre Valparaíso, pero también puede ser Punta Arenas donde en algunos rincones los cabros no se están matando a balazos pero se están suicidando con aerosoles o Popper.

Son distintas formas las que adquiere la violencia. «Es heavy el abandono de la región», dice Guenel, «creo que de Valdivia al sur no hay ninguna escuela de arte y estás obligado a venir hasta Santiago para poder estudiar». El director de las obras Hambre, Temporal y El olivo cuenta que al llegar a la capital le llamó la atención la oferta cultural. «Pensé de inmediato ‘acá quiero vivir toda mi vida’, pero al mismo tiempo sentí rabia porque mis viejos y mi familia no tienen la posibilidad de acceder a esto desde la región».

Teatro Niño Proletario, su compañía, explora esos temas. «El nombre viene de un cuento argentino (de Osvaldo Lamorghini) que narra las peripecias de un niño en el círculo de la pobreza. Está destinado a ser un proletario, un trabajador, un explotado, víctima de un contexto donde no va a poder revertir nada. De ahí viene el nombre de nuestra compañía, y es un llamado hacia nosotros mismos sobre cómo de repente dejamos de ver esas fracturas sociales y caemos en el ritmo de ciudades, como Santiago, que crea realidades que de repente no son tan importantes, o anula otras. Acá desaparece por completo la región, no existe».

 
Barrio Miseria3
 

Un dos ultraviolento

Luis Guenel es un tipo apacible. Llega pedaleando en una pistera azul desde el Barrio Italia, lugar donde reside y donde también ha dirigido a actores como José Soza y Daniel Antivilo en Factoría Italia. Lee a Armando Méndez Carrasco (Juan Firula, Cachetón pelota, La mierda), Alfredo Gómez Morel (El río) y Diamela Eltit (El infarto del alma), y tiene entre sus referentes sobre las tablas a gente como Isidora Aguirre y Juan Radrigán («es un genio»).

«A Daniel Hidalgo lo conocí por un préstamo/regalo», dice sobre su encuentro con el libro Canciones punk para señoritas autodestructivas (premiado como Mejor Obra Literaria 2012 en categoría Cuento), de donde se inspiró la obra Barrio Miseria que está basada en el cuento Barrio Miseria 221. «Lo leí en un avión y me atrapó al tiro. No lo pude soltar y lo volví a leer otra vez. A la segunda, aunque ya me sabía el final, me enganchó igual. Fue como una vorágine de imágenes, de referentes, de sonoridades. Son cosas que pasan con los materiales nacionales, las imágenes son más potentes y en este caso tienen algo de impactante».

—¿En qué momento decidiste llevarlo al teatro?
—Desde que me gustó lo pensé como un material para llevarlo al escenario, pero siempre supe que había que adaptar. El cuento no me servía para trabajar con actores, así que lo movimos a otro formato, desarrollemos algunos personajes y cuando estuve en Valparaíso se desataron nuevas imágenes que calzaron con el cuento original. Daniel (Hidalgo) fue generoso y dejó re-interpretar desde su libro, así que tuvimos la libertad de proponer, insertar y jugar con personajes y escenas.

—Ya en los 80’s Radrigán profundiza en la mirada de mundo y la dignidad de los excluidos del sistema. ¿Cuánto influyó ese lugar común del teatro social y político chileno?
—Radrigán es un genio por cómo logra describir problemas tan básicos con tanta profundidad y de manera tan simple, por cómo llega al fondo del ser humano mientras que por detrás muestra temáticas complejas de cada época. Él hace frente a distintos contextos y a momentos duros de la historia nacional —como la dictadura— pero siempre se va renovando desde la especie humana. Nunca se pone a hablar del conflicto sino que es el ser humano el que se va debatiendo. Sin dudas es un referente, así como Isidora Aguirre. El olivo está basada en El adelantado don Diego de Almagro (2000).

—En los créditos aparece la escritora y guionista Nona Fernández, ¿qué rol juega ella en la obra?
—Fue como una madrina porque llega un momento en que hice pedazos el texto pensando, proponiendo, probando en el escenario, pero no había una persona que viera desde afuera si se estaba contando la historia. Me interesaba mucho que el espectador no se olvidara que en la primera escena alguien desaparece. Entonces ella me ayudó a ordenar el material. Probamos mucho, «esto falta reforzar», «esto hay que sacarlo», «a esta escena le falta un remate». A partir de sus comentarios cambiamos muchas escenas. Me sirvió su claridad, es súper clever, además ella conocía el cuento y me recordaba cuando me alejaba de los hilos de la historia.

Para la propuesta estética de Barrio Miseria, Guenel y su compañía se prepararon desde fines del año pasado con viajes programados por Valparaíso. «Con Daniel (Hidalgo) recorrimos Playa Ancha», cuenta el director que hizo estudiar películas protagonizadas por niños y skinheads a sus actores para trabajar los movimientos. «Como la mayoría de los chiquillos son muy jóvenes (menores de 24 años) costó armar un cuerpo social, que cada uno no se defienda solo sino que represente un núcleo, que se muevan juntos. También fue importante estudiar las estructuras de familia de amigos jóvenes que viven juntos en un lugar y trabajar el hacinamiento, la precariedad y la altura. Siempre pensé que esta obra tiene que ser llevada a Valparaíso y por eso usé las medidas de un container».

—¿Cómo trabajaste la marginalidad?
—Por la pérdida de un celular fui a parar a un cité de inmigrantes y me di cuenta de que eran camas calientes. Vi que durante el día en la misma habitación vivía una familia y durante la noche otra. La precariedad de no tener un espacio digno para vivir, famosa en Asia, ya está entre nosotros. Donde la luz la comparten entre varios y el espacio, que ya es pequeño, se subdivide entre varios transformándose en una olla a presión que va a explotar en cualquier momento. Cuando fui a Playa Ancha me di cuenta que era como Chiloé por detrás. Ves las casas pintorescas de frente y por el otro lado, tras bambalinas, son puros fierros y palos y están suspendidas en el aire para mantenerse sobre las quebradas.

Barrio Miseria tiene momentos muy cinematográficos. Los disparos, el recurso del entretecho, la escena final.
—Para mí no fue algo intencional, es bueno que haya llegado ese comentario, eres la quinta o sexta persona que nos dice esto. Qué bueno que un formato te traslade a otro, que se amplíe el registro. Ayuda a que el espectador se meta más en lo que estamos mostrando.

—¿Qué te gustaría que pase con la obra?
—Me gustaría que la gente que tiene el libro vaya. No sé cómo convocar a esa gente que tiene el libro y que ha leído el cuento. Quizá nos pueden odiar o amar pero es bueno el ejercicio de ver otra forma de contar una misma historia. Esta obra fue levantada a puro pulso, no hubo ningún fondo detrás, es pura deuda, así que ojalá podamos mostrarla en otras salas y por supuesto llegar a Valparaíso.

 
 

Barrio Miseria

Dirección: Luis Guenel
Asistente de Dramatúrgica: Nona Fernández
Diseño Integral: Catalina Devia
Elenco: Giannina Fruttero, Francisca Cruces, Camila Espic, Fernanda Ramírez, Claudio Riveros, Rodrigo Velásquez, Diego González, Diego Salvo
Sala de teatro Universidad Mayor (Santo Domingo 711, Metro Bellas Artes)
Funciones hasta el 25 de agosto
Jueves, viernes y sábado a las 20:30 hrs. y domingo a las 20:00 hrs.
Valores: $5.000 / general y $3.000 / estudiantes. Viernes: $3.000
Reservas: 2-3281867

Barrio Miseria: ultraviolencia

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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