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Jorge González: Bailar y llorar

por · Marzo de 2014

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El domingo, Jorge González se presentó en el Teatro Municipal de Santiago para hacer una hora de su disco Corazones. Esta es la crónica de esa cumbre del pop chileno.

 

22:32.

—No puede ser que el Municipal no suene -reclama alguien en el público.

Dicen que vuelve. Que ya se fue. Que hay problemas con el sonido. Con la guitarra. Todos opinan, pero no sabemos nada. Lo cierto es que después de hacer completo el disco Corazones (1990), Jorge González Ríos se va, aparece a los segundos y su guitarra no suena. Rasguea varias veces, mira a los técnicos, mueve un cable, nada. Ofrece su mandíbula en alto e improvisa una diatriba sobre las familias que controlan a Chile. Le dedica el show a los antepasados, a los muertos, a los que todavía no llegan.

Nada.

«No estamos solos, siempre estamos rodeados», dice antes de tirar la guitarra e irse al piano para hacer una sentida “Nunca te haría daño”.

***

21:34.

Una hora ha, todo comienza con “Amiga mía”. Cecilia Aguayo y Uwe Schmidt, a los costados, están rodeados de máquinas. Hace diez años González tocaba al frente de Sieg Über Die Sonne en el Muelle Barón de Valparaíso y la escena no es distinta.

—Buenas noches, gracias por venir -dice y el Municipal estalla en gritos.

Un fanático lleva puesta la misma camisa de la tapa del disco Corazones, con la mancha de sangre en el pecho.

González, que está en el centro, lleva jeans, zapatillas y una polera café de la película Beat Street (1984), que habla de la cultura hip hop en Nueva York, una de las ciudades que lo acogió cuando se fugó a profundizar sus estudios musicales, a experimentar con las drogas y los chilenos de la escena electrónica alemana.

—Este álbum se llama Corazones y esta canción se llama “Por amarte” -anuncia.

***

—Algunos se cuestionan por qué eres amigo de gente como Gonzalo Yáñez y Beto Cuevas, personas muy ligadas al pop y sin un discurso como el tuyo -pregunta Emiliano Aguayo a González en el libro Maldito sudaca (RIL editores, 2005)

—Que yo tenga cercanía con gente tan pop no es nada de raro, porque yo soy súper pop y Los Prisioneros son un grupo de pop (…) En mi infancia era mucho más grande Raphael que los Rolling Stones. Sabía quiénes eran los Stones, pero encontraba que su música era muy fome. Me pueden hablar de la rebeldía y lo que significan socialmente y todo eso, pero si la música es fome a mí no me interesa. En cambio, la música de The Clash me era entretenida, mucho más creativa, mucho más especial. Me fui de raja en una fiesta cuando un amigo puso un clásico del house y me dijo que era de uno de los guitarristas de The Clash. “No —le dije yo—, ¿cómo va a ser uno de los guitarristas de The Clash?” y claro, era Big Audio Dynamite, de Mick Jones. Los Clash eran más creativos y libres musicalmente y me gusta creer que Los Prisioneros se emparentan por ahí.

***

21:57.

Nadie sabe qué va a pasar ahora mismo.

González, que sale con una hora de atraso, hace “Estrechez de corazón”, el gran sencillo de Corazones, con guitarra acústica. Aguayo baila frente a un Roland. Schmidt sigue en la misma posición durante todo el show, inmóvil y con su brazo extendido.

El concierto comienza de verdad.

Sus seguidores, que saben cada línea de estas canciones, aplauden el pulso del tema. «No te pido nada más / que valores este amor», se oye como una plegaria mientras el fondo del escenario se transforma en un enorme foco que dibuja la sombra del trío de músicos.

En algún momento, González suelta la guitarra y va a cantar al frente.

—Gracias, Santiago -dice antes de terminar y la gente deja sus butacas para aplaudir. Parece mentira pero este disco apareció el mismo año que Violator de Depeche Mode y Liberty de Duran Duran, cuando tocaba con el bajista peruano Robert Rodríguez, el baterista y fundador de la banda Miguel Tapia y la tecladista Cecilia Aguayo.

—La vida está hecha de cosas sencillas y cosas pequeñas. Un pequeño yate, una pequeña casa en la playa -bromea mientras se pasa al piano para hacer “Cuéntame una historia original”, la prolongación del uso de sampler y secuencias, que abrazó en 1986 cuando publicó Pateando piedras con Los Prisioneros.

No es la versión exacta del álbum producido por Gustavo Santaolalla, se trata de un ejercicio de cómo sonarían hoy estas canciones que han envejecido tan bien. “Noche en la ciudad” («se trata de una ciudad que está de noche») confirma la idea.

Y dispara el rapeo exacto del final apuntándose la sien.

Y recuerda a los Pet Shop Boys.

—Es una noche ideal en la ciudad / la gente reza en sus mesas con gran piedad / todas las cosas que se hacen son por amor / y sólo esposos y esposas bajo el signo del Señor / control remoto y el sillón, la tranquilidad / al final de la jornada qué comodidad / sin elementos negativos, salvajes y tal / que nos alteren el programa que elegimos usar / todos vecinos, todos sanos / todos comiendo cosas ricas / sin decisiones de esas gentes que no aportan a la vida / y sin moteles, sin borrachos, sin ociosidad / sin la mentira ni el engaño ni la falsedad / y a las doce todos deben reposar / para mañana en la mañana madrugar / es una noche ideal en la ciudad / como si fuera una tarjeta de navidad / es tan justa la gente tan de su hogar / que no puedo aguantar las ganas de vomitar.

La canción se extiende y González habla:

—En 1990, cuando se hizo este disco, una revolución de la música recorría el mundo. Muchas personas se reunían en lugares cerrados, secretos, para bailar música instrumental hecha con máquinas hechas en Japón. Eso fue muchos años antes de los DJs estrellas. Tuvimos la suerte de vivirlo y esa revolución influenció mucho este disco. Quiero nombrar a la gente que me ayudó: Adamo, Leonardo Favio, Morris, Jeanette, Sandro, Inner City, George Michael, Camilo Sesto, Julio Iglesias, Pet Shop Boys, Future.

Aguayo baila en su posición y Schmidt parece concentrado en las máquinas que relevan a los sintetizadores originales de este disco.

Aparece la observación del Santiago sucio y en papel roneo de alguien como Alfredo Gómez Morel o la periferia de Lemebel ambientada en una escena de Terminator. González como el cronista de un Santiago clandestino y secuestrado por la dictadura, con una intimidad haciendo cortocircuito, con el problema de la estática, del ruido eléctrico, como si pusiéramos un vinilo viejo y nos dedicáramos a escuchar el sonido de fritanga que hace la aguja.

“Tren al sur” tiene una versión remozada después de la melodía característica del comienzo. González parece apurado cuando se equivoca en la entrada.

En algún momento, agradece a la organización.

—Kabir (Engel, productor del show y de Sundeck) trae música electrónica, pero a diferencia de la gente que trae DJs de moda, en fiestas que se llenan de modelos y musculosos jalados, Kabir escucha los discos.

También a Pía Sotomayor (de Primavera Fauna), «a quien se le ocurrió hacer el disco Corazones en Fauna».

Los temas hablan desde la voz de alguien que está roto. Parecen ser una sola canción en una especie de monólogo urgente y dramático.

—Oye, voy a tomar un taxi a quién sabe dónde y así poder olvidar lo único inolvidable -canta sobre una muralla de teclados. La hora de concierto tiene en esta parte su clímax con “Es demasiado triste” y “Con suavidad”. González canta sufrido. A veces no llega a las notas de su juventud, mientras el tema se alarga y bebe una copa de algún destilado.

Los celulares lo graban y él se aleja de las posiciones de comodidad. Se sienta delante de sus músicos, corre delante del escenario, extiende los brazos y cierra los ojos, canta con las piernas separadas formando un triángulo isósceles con el piso.

—Estoy entrando en tu cuerpo, ¿sientes? -canta y Aguayo simula unos violines en el teclado.

Sus escoltas hacen un trabajo delicado en la música que acompaña estas letras.

A veces, el escenario es azul, verde, rojo. A veces sólo ilumina a González que ahora hace “Corazones rojos”, el tema que nombra a este álbum que también es parte de su catálogo político.

—Gracias, buenas noches, aquí se acaba el disco -dice antes de desaparecer por un costado.

***

22:38.

Falta para las once de la noche y González está molesto. Sabemos que es un bis imperfecto, pero hace “El baile de los que sobran”. Podría ser cualquier otro de sus himnos y el resultado sería el mismo. El coro anónimo y plural de una canción que parece rabiosa pero es triste. Lo saben sus seguidores que se han multiplicado desde su regreso a los escenarios chilenos en enero de 2011, cuando hizo La voz de los 80 (1984) con Yáñez, Subercaseaux y Del Campo.

Podría ser un pequeño piano bar, pero es un teatro-neoclásico-francés-del-siglo-XVIII-con-cuatro-pisos-de-galerías el que completa sus canciones.

Todo termina.

Apenas once canciones. González se despide. Se van las luces y desaparece rápido. Tiene la expresión de cuando molesto se confunde con sentido. Por los parlantes suena él mismo envasado en el disco Libro (2013). La nave se llena de silbidos, gritos y hasta insultos.

Dicen que vuelve. Que ya se fue. Que hay problemas con el sonido. Con la guitarra.

Todos opinan, pero no sabemos nada.

Esta vez no regresa.

Jorge González: Bailar y llorar

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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