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Lili Marleen: comer en Pinochetzania

por · Julio de 2014

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Una vez le robé un sahne nuss a mi tía del bazar y me lo comí mientras cagaba en el baño. La verdad lo hice más de una vez: con tuyos, con vicios, con puñados de calugas kegol. De pendejo descubrí que si era capaz de comer oliendo mi propia mierda, nada me daría asco en la vida. Y así fue. No me da asco el olor a brócoli, ni el olor a guatitas —de hecho me gustan—, ni ponerme como títere la piel de los conejos que caza mi amigo Óscar, de vez en cuando, antes de tirarlos a la parrilla. Es muy difícil que algo me quite el apetito: ni siquiera si Pinochet está mirando —y no hablo de comer viendo la serie de los 90—.

Llegamos al Lili Marleen con la Gloria, mi amiga madura de Badoo, después de una recomendación de mi amigo Roberto, un tipo al que le fascinan tanto los embutidos que una vez nos invitó a su casa y preparó una olla con longanizas y marraquetas para el picoteo.

Era jueves y por suerte la Gloria había reservado una mesa. En la entrada se nos acercó una versión zombie de Krasnoff para preguntarnos si teníamos la reserva y entonces apretó un timbre para que nos dejaran entrar. En dos tiempos activé la cámara del celular y disparé todo lo que tuve ante mis ojos: el restorán no solo era alemán. Me lo habían dicho, pero no lo imaginé así: Lili Marleen era la basílica del pinochetismo. Pinochetlandia. Pinochetzania.

Las paredes además estaban llenas de fotos como las que pueden ver más abajo de la vieja Lucía y del Negro Piñera, invitados de lujo…

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En eso estaba yo, sacando fotos a las fotos, muerto de la risa, cuando una institutriz alemana bien rica apareció para retarme: señor, señor, no se puede tomar fotos a la decoración. Había fotos de Pinochet por todas partes. Pinochet con capa. Pinochet con guantes. Pinochet de azul. De blanco. Pinochet y la junta militar. Pinochet en camisa y corbata junto a un niño en un resbalín. De fondo se oía una marcha militar alemana y la Gloria, parada junto a un pastor alemán tallado en madera, me miró y me dijo: «Qué rico el olor». Me acordé entonces de mi abuela, que después de ir a lanzar maíz a los milicos del regimiento Buin para que salieran a la calle —sí, en los 90—, volvía a la casa y cocinaba el mejor costillar al horno con papas que he probado. Cada vez que lo preparaba, todos decían: «Qué rico el olor». Y al rato ya estaban todos hablando del tata, de los comunistas comeguaguas, mientras los niños y una tía comunista guardábamos silencio. A veces mi tía metía la cuchara, pero nadie la escuchaba, y de pura rabia, pienso ahora, le ponía más sal al costillar y a las papas. Después de unos años murió de hipertensión.

Es raro y exagerado, pero después de la advertencia de la institutriz me vino una leve sensación de pánico. Atravesamos un pasillo. Había viejos canosos y rosados acuchillando perniles y tragando cerveza de trigo. Todo se orquestaba bajo el ritmo prusiano de las marchas. Me senté. Callado. Como mi tía.

Juan Guillermo Vivado —de seguro con algo dentro del culo— y Coco Legrand me miraban colgados en la pared… También estaba Longueira, Julita Astaburuaga y José Miguel Viñuela. No podía quitar la vista de la foto de Viñuela cuando se nos acercó la institutriz. Tome, cariño. Cualquier cosa me avisan, nos dijo al pasarnos la carta y eso me tranquilizó un poco. Revisamos los platos. La Gloria dijo que se imaginaba la calle cubierta de nieve mientras estábamos ahí dentro, y eso ayudó a cambiar de tema en mi cabeza. Si no fuera sobre todo por las fotos de Pinochet y Viñuela, el lugar sería una perfecta y acogedora cabaña en plena selva negra alemana —nunca he estado ahí pero lo vi el otro día en el Gourmet—, llena de cachibaches y olor a cerdo ahumado, asado y embutido. La casa de la hermana Bernarda.

En realidad, abriendo la mente con un corvo, puedo decir que había algo agradable y obsoleto en todo esto: la situación era como un kidzania de viejos cocodrilos jugando a comer y otros a servir platos exquisitos, mientras afuera, la verdad, no hay nieve ni soldados, sino un planeta extraterrestre. Algo incomprensible. Mientras se queden aquí dentro, pensé, con las panzas llenas de embutidos, la humanidad está un poco más a salvo.

Le pedí a la institutriz un schop de 500 cc de Erdinger rubia que llegó en el acto con dos hermosos dedos de espuma. Le faltaba solo el marrasquino.

Si algo brota de las tetas de las mujeres bávaras, de seguro es esto y no leche: cerveza de trigo espesa, turbia, dulce. Un néctar. Vendría aquí solo a tomar cerveza y mirar cocodrilos. La Gloria pidió una Schofferhofer con sabor a pomelo, que le gustó tanto que la puso entre sus favoritas en su perfil de Badoo. También pedimos un crudo, pero primero llegó un plato con dos lenguas de pan alemán, cortesía de la casa, barnizadas con una mezcla de crema y mostaza y eneldo picado, un vegetal del que me gustaría tener algo que decir.

A lo diez segundos llegó el crudo (media porción) que habíamos pedido: cuatro cerros de carne molida sin grasa, bombardeados con cebolla en cubitos y pepinillo pickle, posados sobre finas lenguas de pan negro con semillas. Un pocillo con mostaza, otro con limón, sal y pimienta. Todo iba bien hasta que la Gloria descubrió que el limón era sintético. Lo peor: lo descubrió cuando ya nos habíamos comido todo el crudo. Yo estaba tan nervioso con la decoración que no reparé en el limón y me esforcé en encontrarlo rico. De hecho, la carne estaba tan buena que no me importó haberlo comido así, hasta que más rato una garzona nos dijo que si uno se daba cuenta que era limón químico, podía pedir limón verdadero. Demasiado tarde. Me paré a mear.

Cuando volví ya había llegado el resto del pedido y en la mesa habían cambiado todo. Cuchillos, tenedores, servilletas y una mancha de crudo que había saltado de mi boca ya no estaba. Ahora tenía ante mis ojos una gorda rindswurt, que significa en realidad pene de motumbo ahumado, hervido y al plato. La Gloria quedó loca con dos salchichas bratwurst, rellenas con vacuno y cerdo, hervidas y doradas al sartén. También pedimos un plato de chucrut dulce y caliente y yo me serví otro schop mientras la Gloria seguía con su Bodenhoffer. Ahora todo iba bien. Yo cortaba un poco de motumbo, lo untaba con un poco de mostaza y luego recogía algo de chucrut. De fondo sonaba la canción “Lili Marleen“, que le da el nombre al restorán, algo así como la “Prisionera de mi corazón” durante la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial.

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La Gloria compartió conmigo un poco de sus bratwuesgnjhrtd y esas sí que estaban buenas. Mucho mejor que mi rindwusrydfhd: pequeños caramelos blancos rellenos de mamífero y explosiones subatómicas de aliño completo. Digo aliño completo porque no tengo pico idea qué había ahí dentro, pero estaba perfecto y salado e iba todavía más perfecto con la mostaza, el chucrut y la cerveza. Los intestinos de la institutriz deben lucir así, tan delicados como las bratwdjesdafs, pensé, mientras Benjamín Palacios me miraba desde una pared abrazado al dueño del local. Por si no lo dije antes y no lo notaron, el tipo es un alemán gordo y rosado y tan fanático de Pinochet que decidió abrir este lugar hace once años.

Durante toda la noche vimos pasar a los garzones cargando trozos monumentales de kuchen pero cuando pedimos para nosotros ya se había acabado —el lugar estaba lleno—. Entonces la institutriz nos ofreció un panqueque alemán, que en realidad era un panqueque gordo con dos bolas de helado y salsa de chocolate y frambuesa de supermercado. Me sentí en el Bravissimo. Yo quería kuchen. Una marcha militar alemana me atravesó el alma. Miré a todos lados buscando una explicación y solo vi imágenes de Pinochet y la junta militar: Mendoza, Merino, Leigh, mirando desde lo alto de una pared, sobre la mesa de un grupo de cocodrilos con canas hablando del campo de batalla. Tres pelados de algún regimiento bajaban mini petacas de Jaggermeister en la barra, haciendo caras, burlándose de alguien. Una vieja con visos comía fricandelas. Yo estaba satisfecho y un poco asustado de nuevo. Le dije a la Gloria que me quería ir, pero antes de eso reparé en un viejo cuadro con soldados alemanes. Uno de ellos tenía pegada la cara de Hugo Zepeda, el viejo que ve fantasmas. Me dio risa y la Gloria le sacó fotos escondida. A la salida estaba Krasnoff, muerto de frío. No había nieve. Me sentí mejor, aunque esa noche tuve pesadillas con marchas alemanas de fondo y me tiré los peos más hediondos del año. Según la Gloria, que tampoco le hace asco a nada, fue porque la comida estaba muy cálida. Solo le faltó decir: «Qué rico el olor».

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Lili Marleen
Julio Prado 759, Providencia

Lili Marleen: comer en Pinochetzania

Sobre el autor:

Luis Berríos

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