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Manéjate

por · Agosto de 2014

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Un hombre educado es el que tiene los amores y los odios juntos.
 Lin Yutang

 

Fotos: Eleonora Aldea, para Red Bull Música Chile.

Hay algo nivelador en el Parque O’Higgins, de domingo y de entrada: la ausencia de taxis, la mala iluminación, Fantasilandia como una estación espacial abandonada. Todavía no son las siete de la tarde y los pasos y las preguntas van en procesión hacia La Cúpula. El caudal: veinteañeros nacidos después de La caída del Muro de Berlín, parejas que vienen a dedicarse frases, gente que prepara sus cámaras para pasar veinte canciones seguidas con las manos en el celular, gente con ganas de cantar. El sol ya no se ve y avanzamos entre grupos, alergias y destilados, neveras desabastecidas por borrachos y adolescentes que se deslizan sobre tablas.

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Adentro son las 7:30 de la tarde. Después de ELO y Bowie, antes de los acoples y “Estudiar y trabajar” a cappella, los parlantes son superados por las primeras pifias. El teatro, construido para menos de dos mil personas, está lleno y ansioso. Desfigura el tiempo cuando suena la secuencia de “Cae la cortina” y aparecen los cinco integrantes de Ases Falsos, que podríamos definir como la banda de moda, aunque, en realidad, esto sea una abstracción confusa como el Premio Nacional de Literatura o el culo de Nicki Minaj. Ases Falsos, la banda fundada el Domingo de Resurrección de 2011, demoró seis discos de estudio y dos nombres en migrar desde la electricidad del rock genérico al soul arreglado. Del secreto a voces de clubes con listas, a grabar sus letras en la memoria de cientos de seguidores: un domingo —anunciado en Internet y algunos afiches— tocan dieciséis canciones inéditas en su discografía y las dieciséis son coreadas de comienzo a fin, demostrando que no hace falta sonar en radios en 2014. O no hacen falta radios, por ejemplo, para alcanzar algo perceptible en Los Bunkers, hace no tantos años, cuando ocupaban un día completo en la programación de Rock & Pop y hacían de sus lanzamientos un karaoke masivo.

Puntual, Briceño abraza la cort naranja y abre el lanzamiento con “Ivanka”, un tema que estrenaron el año pasado, y que pone de entrada, entre visuales con el tedio de la autopista Ruta del Maipo, quizá el mayor logro de Conducción (2014): las trampas ocultas en letras con distintas capas de significados, la polisemia de cada frase escrita, el desafío que plantean sus textos. Así como “Solamente una vez”, el bolero inmortal de Agustín Lara, está dedicado a dios y no a una mujer, “Ivanka” es una canción escrita al furgón de la banda: «tu bravura te hizo dominar / las arterias de la capital».

Otro raspado evidencia la debilidad por los aforismos, algo muy propio de las letras de Briceño en Ases Falsos y la estética de sus discos: cita a Nietzsche («quien menos posee, menos poseído es») o escribe, con una aversión a los lugares comunes que se agradece: «Las palabras ciertas no son hermosas, las palabras hermosas no son ciertas», a la mitad del booklet de Conducción.

Es la impronta de sus trabajos, llenos de pequeños aderezos para seguidores, como la toalla de Camiroaga en el video de “Pacífico”, el karaoke de “Simetría”, o las ediciones rústicas de sus primeros discos y las carátulas sacadas —à la Los Tres— de enciclopedias Salvat, una fotografía de Juan Gabriel o un pintor como Jean-Léon Gérôme, que retrató mejor que nadie los paisajes del reparto europeo de África.

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19:40. Hace dos veranos Ases Falsos mostró por primera vez “Búscate un lugar para ensayar”, un himno de tú a tú a la altura de “La sinceridad del cosmos”, con observaciones de alguien que mira siempre desde afuera, a partir del desarraigo, como un turista capaz de ver cosas que otros no ven.

Briceño lo explica así:

—Supongo que en los 90 la tendencia fue mirarse el ombligo y lamentarse porque algo adentro se te desmoronaba. Yo ya tuve mi cuota de emo y ahora quiero verme a mí mismo reflejado en el mundo exterior.

Es parte de una línea de canciones reflexivas, firmadas de manera solitaria por el cantante, y compuestas antes de la publicación de Juventud americana (2012): “La gran curva”, “Nada”, “Búscate un lugar para ensayar”. Reflejos exactos del lector de Lin Yutang o John Kennedy Toole, escritos como flujo de conciencia post movilizaciones estudiantiles, a veces moralista, a veces pendenciero: el disco se llama Conducción, y aunque haya muchas referencias a manejar, es sobre conducción moral.

Se trata de manejar tu vida.

«Templa tu cabeza y no te eches a morir / pero si insistes en tirarte al suelo a darte color / descuéntale la agonía, muérete y despeja el paso», dice la letra que tantas veces cantó en otros conciertos y que esta noche de lanzamiento no alcanza su altura: el cantante, que dejó la guitarra y se mueve por el frente del escenario, olvida una oración completa. Puede que haya pasado inadvertido pero el nervio lo domina. Y lo nubla. A todos nos domina ese nervio. Y nos nubla: nunca vimos soplar a tanta gente cada frase de estas canciones, apagando esa chispa tan distintiva de un cantante que nunca temió verbalizar y entretener:

—Creo que el próximo año Pedropiedra anima el Festival de Viña del Mar. ¿Les gusta el Rafa? ¿No? Cuando se muera en un avión lo van a echar de menos. (Festival Neutral, 2013)

—Vamos a tocar una canción nueva y quiero tocarla bien afinada. La primera canción que tocamos del Juventud americana fue “Salto alto” y la tocamos como la corneta y el video tiene muchas visitas en youtube. Y un video en youtube no se puede borrar. Pueden empezar a grabar ahora. (MFest, 2013)

—Recordar que Jesucristo era un tipazo, pero no le caía bien a nadie. Era odioso (…) Vamos a terminar con una de la virgen. Dicen que la virgen no es tan virgen, yo no sé. (Concierto navideño, 2011)

—Cuentan que don Evaristo Moya se lavaba la pichula en una olla y su esposa, que era muy ahorrativa, en la misma preparaba la comida. Moraleja: nunca digas de esta agua no he de beber. (Matucana 100, 2013)

Entonces aparece Franz Mesko, un saxofonista proveniente del mundo del groove y el jazz, y la canción toma otra dirección. Y se camufla con “2022”, la balada más importante escrita por la banda. E improvisan un duelo a voz y saxo sobre el soul cadencioso, cuando Briceño exorciza las fallas del micrófono arrojándolo al suelo.

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Ahí regresa.

Y los focos revelan el escenario.

A la izquierda, bajo la gretsch de Juan Pablo Garín, titila el nombre del disco en un letrero de tipografía amarilla y un tigre de peluche emulando “Tiger on the watch”. A la diestra, Francisco Rojas, responsable de los arreglos de cuerdas de Conducción e integrante de La Molestar, está en otra plataforma rodeado de teclados y la fender stratocaster.

Delante suyo están Sánchez, Briceño y Del Real.

Ahora el cantante se cuelga la guitarra para hacer “La gran curva” y “Fuerza especial”, una de las más coreadas por la fanaticada: «Pesadamente fue cayendo el calendario trabajando en manifestaciones y en estadios / mis colegas no son mala gente pero tanta hostilidad te va poniendo idiota», gritan los puños al aire de las primeras filas. Entonces Briceño se confiesa nervioso. Simón Sánchez, paisaje de una quietud que contrasta con los movimientos del propio cantante y un desatado Martín del Real, pide aplausos sin soltar su fender jazz bass.

«Martín, embarázame», grita un varón cerca del escenario.

Es el turno de “Plácidamente”, una canción que conversa perfecto con “Mi chaqueta de jeans”, de Los Mil Jinetes: «pero nunca olvidaré / la que tenía cuando a los dieciséis / la depresión me visitó».

Por primera vez en la historia del quinteto hacen “Mantén la conducción”, un tema que parece la cruza del EP Entrega tu espíritu (2011) y el impecable Si no tienes nada que decir entonces calla (2009) de Fother Muckers. En el quiebre, los focos rodean a Martín del Real, que se pasa de la fender bullet a la squier jaguar con soltura, como un holograma prolongando el efecto dramático de estas canciones.

Siguen con “Nada”, donde los teclados suenan como un lamento de naves espaciales perdidas en el espacio.

«¿Les gustó el disco?», pregunta Sánchez mientras el cantante se pasa a la guitarra acústica.

«¡Sí!», responde La Cúpula.

«¿Más que el primero?».

«¡No!».

Aparece la incomodidad. Hay risas nerviosas. Algo hace cortocircuito en el humor.

Algo ayuda la lista de canciones. La electricidad cede a las baladas “Niña por favor”, otro tema que debuta en vivo, con guiño a Lin Yutang («Tengo mis amores profundamente enamorados de mis odios»), y “Una estrella que se mueve”, el viaje por el Maule vadeando el río Perquelauquén hasta la Copelec.

Así se suceden estas canciones que alternan historias y reflexiones.

Otro botón: Poco después del 11-S, Estados Unidos y sus aliados bombardearon Afganistán en la batalla de Tora Bora. En esa geografía difícil, profusamente retratada por Hollywood (Iron Man, Zero Dark Thirty, etc.), se refugió Bin Laden. O eso creyeron: el líder de al-Qaeda resultó ileso o quizá nunca estuvo ahí. Ese traspié narra “Tora Bora” («fuego abierto en las montañas de Tora Bora / no pudieron tomarme preso»), la canción más atrevida y con más riesgos musicales de Conducción, entre los vientos del disco que recuerdan a “Sexx Laws” de Beck, el teclado de Rojas y el pad que golpea Juan Pablo Garín en la presentación.

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El baterista crece en la triada “Misterios del Perú” (el relato del esclavo africano y los grafiteros chilenos detenidos en Cusco), la perfecta “Pacífico” y “Yo no quiero volver”, que arranca con la parsimonia de las baladas Bunkers, narrando distintas noticias y hechos frente al televisor (tan bien descritos en este blog), que fueron leídos por el cantante, antes de empalmar con la crítica o corrección política —dependiendo de qué lado—: «Yo no quiero volver a depender del gusto de Álvaro Saieh / leer la letra de un banquero traidor gestor de un golpe de estado / Yo no quiero volver al ritmo imbécil de consorcio español / a las noticias como fábula moral de un croata empresario».

El booklet de Juventud americana recoge, a propósito, una frase pertinente de Jorge González:

—Creo que muchos de los directores de medios tienen complejos de que lo que ellos están haciendo no es válido, no es bueno y que no tienen talento. Y tienen ese complejo principalmente porque es cierto. Y un artista de su misma nacionalidad necesariamente tiene que ser malo como ellos.

A continuación, “Mi ejército” y “Simetría”, los temas más lentos del disco y también los primeros que tuvieron promoción, bajan las pulsiones. Es pop latino ochentero que gana profundidad con las referencias amorosas y políticas. No por nada “Mi ejército” fue colgada en Internet con una foto de un joven y afeitado Che Guevara. Una división que alguna vez planteó Silvio Rodríguez:

—En mis inicios, hice algunas canciones irónicas que aludían a forcejeos con la burocracia, sobre todo la del mundo de las artes en Cuba. Siempre supe que las limitaciones venían de ideas, de conceptos erróneos y de prejuicios, y que daba lo mismo una persona u otra, ya que lo importante era superar las mentalidades con atraso. “Debo partirme en dos” es una de aquellas canciones.

«Tan malo el disco no está», dirá Briceño al ablandar y hacer cantar al aforo. Sánchez pide aplausos y anuncia la recta final del concierto.

Hay bandas que prefieren los disfraces en los lanzamientos, vestirse como una construcción social del cuerpo para explicar que son una serie de arquetipos: artistas, alternativos, diferentes, únicos o vaya uno a saber qué. Ante los cinco sentidos de cualquiera que los tenga exactos, un video como “Pacífico” revela pistas sobre las decisiones estéticas de esta banda: la situación de camping, una playa con fogata y bálticas. Los buzos y las chalas —en videos o sobre los escenarios— parecen un descreimiento del gusto colectivo y la apología exacta a lo funcional: más ser que parecer, en una lectura; descuidado, en otra.

A propósito, un ejercicio, tarea para la casa: ¿Qué quieren decir y qué dicen realmente estos videoclips: Gepe – “Fruta y té“, dirigido por Marialy Rivas; y Francisca Valenzuela –  “Qué sería“, dirigido por Ignacio Rojas y Christopher Murray?

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«Después queda claro el enredo / cómo un hombre bueno y sano / es obligado a comportarse / como un enfermo para adaptarse», dice “Cae la cortina”, un soul estudioso de la tradición afroamericana, como “Al borde del cañón”, donde Briceño canta sobre los retornos y el bajo con slap e invita a moverse saludando a Al Green: «bailando, a ver, como si no fueran chilenos».

Es el momento más alto del concierto.

Musicalmente, “Al borde del cañón” es uno de los puntos más altos de Conducción.

Briceño se cuelga la guitarra y hacen pegada “Los Ases Falsos”, del disco Justo y necesario (2008), un tema que saca pecho y gana potencia y peso con los teclados de Rojas. Las luces forman diagonales y triángulos en el aire, la gente canta extasiada y la banda se despide a las 9:07 de la noche. «Gaviota, gaviota», grita la primera fila. Los Ases Falsos vuelven a salir y agradecen:

—Estuvo bueno, nos reímos. Bailamos, lloramos. Para nosotros fue significativo tocar en este local tan grande y esperamos no tener que ir a hacer ahora el Caupolicán y todo ese escalafón de mierda, pero lo más probable es que sí lo hagamos.

Antes de cerrar con la rabiosa “No quiero que estés conmigo”, la misma con la que abrieron el lanzamiento del Juventud americana en 2012, todos saltan adelante hasta que la banda desaparece. «Ya, se fueron», despide el cantante en el brevísimo bis para desaparecer con la voz de Charlie Zaa en los parlantes. Briceño se lleva el tigre de peluche, mientras no pocos se quedan a improvisar “Estudiar y trabajar”.

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Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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