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5 libros para creer en los cronistas musicales

por · Octubre de 2014

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La primera vez que fui a una tocata, quedé sordo. Literalmente. Patadas, otro poco de acoples, tarros punks y alguna cosa más. Salí con un taladro en la cabeza y la Gran Avenida presurizada como cabina de avión.

La segunda, la tercera y la cuarta vez terminé completamente extático y con más preguntas que certezas. Ahí empecé a conectar con los videos chilenos que pasaba Vía X, las revistas que traían compilados, Sergio Lagos haciendo Dínamo y Panoramix, y el Villouta de Caído del catre y El Interruptor.

De las tocatas escolares salté a los shows masivos, y del walkman pasé a Napster y todo lo que vino después. Las voces que me hablaban —por los audífonos y los amplificadores— de alguna forma conectaban con mi adolescencia. Los buenos conciertos eran un espacio por explorar y perderse, como el buen cine: territorios extraviados hasta que alguien encendía la luz y sonaba la música envasada.

Había algo al bañarse en sudor ajeno en la Blondie o La Batuta, en perderse buscando el Taybeh en Quilpué o colarse en el Estudio Elefante.

Entendí algunas cosas en el foro de la U. de Conce, el escenario nivelado de la Sala Master, la tierra con sabor a bosta del Club Hípico y el puentecito del Living: Aldo Asenjo es un rockstar verdadero, tanto como Álvaro Henríquez. Mi destino es el mejor disco solista de Jorge González. Cristián Fiebre fue subvalorado. Pancho Molina es un monstruo. Por favor, Congreso con Jaime Vivanco y Jorge Campos. Weichafe fue secuestrado por Rockaxis y todo lo que eso significa.

De a poco, comprendí que hay buenos traductores de medios sajones sin una gota de opinión. Que se notan las entrevistas por mail o con la encargada de prensa al lado. Que hay «críticos musicales» que han hecho carrera sin ir a ningún concierto. O reportajes con escasa reflexión y la profundidad de relacionadores públicos amigos de los músicos. En general, que preocupa más el párrafo neutral, la foto con el entrevistado y el dato biografista, a la interpretación y un punto de vista con alguna tesis interesante.

Como decía Frank Zappa, el periodismo musical consiste en gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe hablar para gente que no sabe leer.

Vamos al grano.

Acá algunos libros brillantes. A lo menos inspiradores. Verdaderos manuales para todos los aspirantes a escribidores y escritores de música.

Rolling Thunder

Rolling Thunder: con Bob Dylan en la carretera, de Sam Shepard. Dylan te llama y tú lo dejas todo, como el canto de las sirenas o algo así. Publicado originalmente en 1977, el actor y escritor Sam Shepard (pareja de Patti Smith) conoce a Bob Dylan con el encargo de escribir un guión y termina armando un diario de ruta desde el mismísimo ojo del huracán: Dylan y su Rolling Thunder Revue, el trueno que rueda, una gira de música, disfraces y versos a cargo de gente como Allen Ginsberg, Joni Mitchell y Joan Baez, entre varios músicos, poetas y pintores. Atravesando pequeñas ciudades estadounidenses, motivados por la detención racista del boxeador Carter, iba a ser una película sobre la gira, pero terminó siendo una crónica a retazos, con fotos en blanco y negro de Ken Regan. Como una cámara, Shepard muestra lo que otros no ven: Ginsberg y Dylan improvisando un blues sobre la tumba de Kerouac, o cuando al autor de Desire confiesa que lee a Conrad. Se trata de vivir en movimiento constante, haciendo música en un autobús, y de divertirse más de lo que permite la ley. (2006, Anagrama. Traducción de Fernando González C.)

Muerto

Todos te quieren cuando estás muerto, de Neil Strauss. Parásito, fisgón, brillante. Una guía de entre líneas y momentos incómodos con el star system estadounidense. De alguna forma, Strauss logra revelar el carácter de sus entrevistados a partir de pequeños gestos y diálogos: puede decirse mucho de una persona en un minuto, si se elige el minuto correcto. Aquí van 228, escribe a la manera de un psicoanalista. No se trata de corregir como si se estuviera redactando el resumen de una obra ya escrita, como diría Borges. El mérito de este crítico musical es seleccionar los mejores momentos de sus entrevistas publicadas en The New York Times, Village Voice o Rolling Stone: un silencio incómodo, un pequeño malentendido o una idea condensada para crear verdaderos perfiles abreviados de gente como Radiohead, Led Zeppelin, Ringo Starr o Korn. Con humor cáustico lee la mente de Britney Spears y ensaya sobre las grupis con Dave Navarro, que invita regularmente a su hogar a prostitutas de dos mil dólares: «Ya no me gusta herir los sentimientos de las jovencitas, no es lo mío. Una prostituta no se va a presentar en la puerta de tu casa a las cuatro de la mañana diciendo que se acaba de trasladar desde Michigan para poder pasar contigo el resto de su vida». Descubre que Omar Rodríguez-López es superviviente de un incesto. Con los sentidos bien puestos, acompaña a comprar pañales a Snoop Dogg, describe el hedor de Julian Casablancas o por qué Prince no deja que los periodistas usen grabadora. Así, volviendo a revisar cintas, sin la presión de deadlines, o la deformación del tono y el estilo que imponen los medios y sus editores, arma un mapa de certezas y autenticidades a través de personajes arrogantes, apasionados, completamente estúpidos, brillantes, artistas, drogadictos y sexópatas. (2012, Contra. Traducción de Mercedes Vaquero y Simon Saito)

No digas nada

No digas nada. Una vida de Charly García, de Sergio Marchi. Charly García tiene tantos discos propios como biografías escritas por extraños. Acá una de las mejores: la interpretación de su obra y vida pública, a través de confesiones de primera mano, a cargo del periodista argentino Sergio Marchi. Él crea, yo describo lo que él crea con la óptica de lo que yo creo, dice el autor en casi seiscientas páginas ordenadas en treinta y seis capítulos. Se trata de un relato personal y peatonal, desde que descubren su oído absoluto, hasta su historia personal con el piano, los inicios de Sui Generis y la lucha por sacar adelante la banda, entre presiones familiares y el germen de la apatía. Hay capítulos dedicados a La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán, la influencia de Elton John, sus métodos de trabajo, los músicos que vinieron, su relación con Palito Ortega y el productor inglés Andrew Loog Oldham. Entre un nutrido contingente de cercanos, hablan León Gieco, Litto Nebbia, Fabiana Cantilo, Calamaro, Nito Mestre, Cerati, Fito Páez y también su ex pareja. Quizá porque la mitad del libro busca descifrar la personalidad del músico vivo más importante de Argentina, hay una pintoresca entrevista con Steven Tyler, de Aerosmith, sobre cómo sacar a García, a quien conoce, de la autodestrucción. Un epígrafe de Keith Richards lo resume mejor: Nunca tuve problemas con las drogas, solo con la policía. (2013, Sudamericana)

Interviews

Rolling Stone Interviews, de V/A. El rocanrol fue la respuesta cultural a los cambios sociales y políticos de 1950. Y los medios de comunicación los responsables de amplificar el incipiente discurso: «amor y paz». A fines de los 60, el universitario Jann Wenner imprimió una revista en donde sus propios referentes discutían las formas de cambiar el mundo. Músicos, intelectuales y escritores intercambiaron ideas en un país que empezaba a carecer de ellas. Ahí están Andy Warhol entrevistando a Truman Capote, y Cameron Crowe a Neil Young y Joni Mitchell. Este libro selecciona las mejores y más sensibles plumas que pasaron por Rolling Stone, para retratar a gente como Francis Coppola, Kurt Cobain, Eminem, Bill Murray, Mick Jagger, Hunter S. Thompson, Tom Wolfe, Axl Rose y Bono, entre ceniceros, profundidad, botellas de cerveza y hasta cocaína. (2007, Back Bay Books)

En busca

En busca de la música chilena, José Miguel Varas y Juan Pablo González. El periodismo es el primer borrador de la historia, dijo Philip Graham, editor de The Washington Post. De ahí que muchas bibliotecas se nutren a diario de la prensa. Este volumen, re-editado por Catalonia, bucea en más de cien artículos periodísticos para «encontrar la música chilena». A veces intentando definiciones: «De todas las bellas artes, la música es sin duda alguna la que más fácil e intensamente se siente; pero es al mismo tiempo la que menos se comprende», dice una crónica fechada en 1911. O precisiones, a propósito de la Ley del 20% de música chilena en radios: «debería llamarse ley del músico chileno, que es quien realmente la necesita, sin importar el origen ni el destino de la música que haga», se cita el propio González, responsable de la antología, desde su columna aparecida en 2010 en El Mercurio. A veces segregaria en la distinción culto/popular, a veces luminosa en la pluma de Gabriela Mistral, Patricio Manns o el eterno Payo Grondona, el volumen ordena tardes de biblioteca y documentos en ocho capítulos, con títulos como «Los años duros», «Lejos de la guerra» o «Poder joven», más una primera parte a cargo del fallecido escritor José Miguel Varas, que revisa la música popular del siglo pasado a través de una crónica larga. Hace sentido la frase que imprimió Orwell en 1984: Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro. (2013, Catalonia)

5 libros para creer en los cronistas musicales

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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