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Liceo 7: Empatía animal

por · Noviembre de 2014

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Era una de las recientes revoluciones estudiantiles en Chile, que nos atravesó por más desinformados que estuviéramos. El Liceo 7 quedaba a mi paso un día, y entré por la buena voluntad de las chicas, quienes conversaron conmigo y me dejaron husmear de sala en sala durante alrededor de dos meses. La esquina de Providencia con Pedro de Valdivia era uno de tantos recordatorios de que algo importante estaba ocurriendo con los más jóvenes. Nada nuevo bajo el sol, pero sí había cobrado incuestionable fuerza, desestabilizándonos aparentemente a todos.

VIII

Vieron la primera rata a través de la ventana, aquella vez. Ahí estaba Lali, en una clase aburrida notando cómo se aparecía el roedor que caminaba moribundo, luego el griterío y las risas y el profe de educación física tratando de imponer orden. Antes de eso las quejas hacia tanto ratonerío, los directivos del Liceo desentendiéndose frente a las cacas por todos lados, el veneno que alguien puso, los cadáveres y muertos vivientes paseándose en los pasillos. El hacinamiento, los profes dictadores o censurados, el abuso a los papás y a las chicas, la mala educación, el negocio protagonista, el malestar acumulado viendo en ese instante una vía de escape. Los rumores como mareas, la organización rápida de tantas jóvenes, las sintonías con otras tomas que ya venían desde las profundidades a la superficie, las discusiones políticas apasionadas extendiéndose demasiadas horas, las ganas de educarse bien hicieron que cerraran el Liceo con ellas dentro una mañana de mayo.

Ahora están en el gimnasio escribiendo palabras y letras en unas tarjetas para hacer combinaciones. Lali, Vale, Alina y otras nuevas, algunas que no estaban en el Liceo antes de la toma. Ahora que las clases volvieron a funcionar hay cosas que al parecer cambian, y al mismo tiempo queda la sensación de que siguen siendo casi exactamente iguales. O más bien los cambios son de esos que no se ven desde afuera. Sienten la ausencia de muchas que se fueron a otra escuela, observan transformaciones en cómo piensan todas, entre ellas se perciben más tranquilas y despiertas. Parece como si hubiera pasado mucho tiempo, y van apenas unos meses desde que no viven ahí. Pero se las arreglan para seguir trabajando. No perder el camino avanzado, pero estar abiertas a tomar desviaciones parece ser el plan.

Yo ya no creo en las protestas ni en las tomas, dice Lali, y sí es importante que en Chile podamos tener educación gratuita. Pero hay métodos que dejan de funcionar, socialmente, se saturan. A mí me interesa mucho más ahora hacer intervenciones urbanas, llegar desde ahí a la gente y que ellos se sumen a la discusión.

Están ideando formas de comunicar con palabras concisas que puedan pegar fácilmente en micros, ventanas, veredas, esquinas, cualquier parte de la ciudad. Ideas vuelan. Una dice que podrían pensar en un logo para que la gente se empiece a familiarizar con él, y cuando lean un mensaje sepan que es de parte de la revolución estudiantil. Otra dice que junto con el logo hay que elegir dos colores que sean característicos y se repitan en cada caso, además de una tipografía y tamaño de letra. Otra comenta que deben ser frases cortas y apelativas, que llamen la atención, pero que no caigan jamás en el adoctrinamiento, la gracia es que cada quien pueda leerlo y extraer sus propias conclusiones. Dispuestas a recibir toda ayuda, parecen convencidas de que esto es una causa social y que todos estamos involucrados. Llega Alina con una lista de posibles frases que estuvo anotando durante este rato y las comentan una por una.

Quizás su nueva disposición de ánimo se debe a que ellas saben que algo así como una intervención urbana tarda más en impactar que una protesta o una toma. Se entra en otro ritmo del tiempo, se está más cerca de lo estético y del pensamiento, se vuelve a la pregunta de si el arte puede realmente crear transformaciones sociales. También se retoma la palabra escrita y anónima como medio de comunicar mensajes y abrir un diálogo en silencio. Las chicas se van alejando del lugar donde estaban, uno más político y parecido al de sus papás y abuelos, para acercarse a otro que les promete novedades. Anotan en sus cuadernos nuevos referentes, artistas que han trabajado con la palabra escrita y activistas políticos que la han utilizado de manera a veces sorprendentemente similar. Mientras se las ve moviendo palabras y letras dibujadas en cartulinas con plumones de colores, conversando seriamente, con una seriedad que no es reseca sino activa, como la de los niños, puede sentirse de qué manera ellas creen en el trabajo en equipo. Hay una confianza que se pone en la otra a la vez que ésta sostiene a la primera, como en un pacto. Y cuando eso sucede es inevitable que aparezcan otras realidades.

No vivimos pensando en ellas pero en cada momento están aquí. Las ratas no son como las palomas porque estas no desaparecen, se las ahuyenta pero ellas se quedan en el mismo lugar, bien a la vista. Una paloma se asemeja a una rata en su inteligencia, por eso que ocupan el planeta como nosotros y se adaptan a climas disímiles y a todas las embestidas del tiempo. Ambas prefieren frutas y semillas, pero si es necesario se alimentan de casi lo que sea. Habían dicho que eran palomas en la dirección del Liceo. Pero las cacas señalaban lo contrario, porque los roedores no se veían y sin embargo estaban ahí. Como en este instante. Entran con esa caminata frenética y se instalan en las regiones más profundas de la conciencia, las que no se suelen ver pero dejan rastros a su paso cuando es de noche y van a alimentarse, y al recorrer el exterior pueden asustarnos porque parecen más una visión que un animalito inofensivo.

Los científicos han tenido que hacer estudios para demostrar cómo funciona el comportamiento protosocial de las ratas. Toman una y la ponen dentro de una jaula. Toman a otra y la dejan ahí, observando sorprendidos cómo esta resuelve el mecanismo para llegar hasta la entrada y abrir la prisión. Esto sucedía tanto si las ratas se conocían antes como si no. Luego toman una rata y un pedazo de chocolate —lo que más les gusta en el mundo— y ponen la golosina dentro de una jaula. Al lado meten a otra rata en una jaula más y la primera resuelve ambos mecanismos, abre las jaulas y luego comparte el chocolate con la otra. Así sucede en cada uno de los casos. Tuvieron que hacer esto los científicos para convencerse de que las ratas tienen algo así como empatía, y que esa característica protosocial quiere decir que se comportan con el fin de beneficiar a otras.

Incontables experimentos se han hecho con ellas, pero conviene rescatar uno más. Fue con las ratas que se comprobó que los animales tienen sueños. De nuevo, tuvieron que investigar con ellas los científicos para darse cuenta de esto, y si al menos sirviera para permitirles una mejor vida la ciencia estaría dando un gran paso junto con otros que ya lo hacen. Pero aun hay demasiadas ratas que siguen viviendo en prisión desde que nacen hasta que mueren. Su existencia está trazada desde que nacen. De hecho fueron creadas para eso. Al lado de una rata de laboratorio la que corre por las profundidades de nuestras ciudades, experta ladrona nocturna, tiene una vida plena. Unas suelen ser blancas, tal vez porque nunca ven la luz del sol y otras suelen ser pardas o negras, tal vez porque andan en las tinieblas. Ambas sin embargo están diseñadas por la naturaleza para hacer grandes cosas, y no por nada los chinos antiguos que observaban cuidadosamente el comportamiento animal la hicieron llegar hasta Buda antes que cualquier otra especie.

Por qué no las vemos constantemente sigue siendo uno de esos misterios que la ciencia no logra resolver. Se puede decir que el rechazo histórico a ese animal en muchas culturas occidentales lo hemos heredado hasta hoy, y ellas en su memoria que alcanza las raíces más profundas ya lo registraron. La discreción es su secreto. Pero cuando están animadas y en buen grupo salen a las calles de noche y las recorran como oleaje, de esa forma no hay ser alguno que pueda lastimarlas. No es un delirio mesiánico: basta que las ratas salgan a un mismo tiempo y el mundo es suyo.

Sigue pasando el tiempo desde que el Liceo volvió a abrir sus puertas para llenarse de alumnas, profesores, directivos, equipo técnico y todo lo que se necesita para poner en marcha ese barco y seguir alcanzando la excelencia académica reuniendo las colegiaturas de cada chica. Lali, Vale y las chicas más grandes ya no están en la escuela. La toma queda atrás. La revolución estudiantil, de hecho, se aplaca. Esta historia termina para descubrir que no tiene un final, que sin estar destinada a repetirse de la misma forma sí quiere ser relatada una y otra vez, resquebrajando el suelo.

La ciudad se mueve en sus caminos acelerados hasta que una tarde de invierno, en plena Alameda, un grupo de estudiantes se sienta a mitad de la calle. De las esquinas aparecen otros, así como de los subsuelos del metro, tras los edificios aledaños y los árboles del bandejón central. Vestidos con su uniforme de escuela van a acompañar a los primeros y se sientan junto a ellos, de cara hacia la masa de autos que amenazan con acelerar y atropellarlos. Pero ellos están relajados, ni siquiera gritan o se ríen en esa situación de adrenalina. Tampoco hablan. Se suman más y más hasta cubrir los tres carriles a lo largo de una cuadra aproximadamente, aun no se escuchan las alarmas de policías acercándose.

Liceo 7.

Liceo 7: Empatía animal

Sobre el autor:

Rocío Casas Bulnes es literata de profesión e investigadora con estudios en la historia del arte. Es autora de El hombre de siempre. Shakespeare en el cine de Woody Allen (2014), publicado por Hueders.

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