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Testimonio del despertar de conciencia de un acosador callejero

por · Noviembre de 2014

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«He tenido una mañana de mierda. Me quedé dormida. Apagué el despertador inconscientemente. Tomé el metro a la hora más asquerosa. Iba lleno lleno. Me fui todo el camino con dos penes apretándose paralelamente contra mis piernas. No podía ni siquiera moverme. Trataba de pegarles codazos pero era imposible».

Escuchar esto como la primera cosa que escuchas en la mañana, puede ser confuso. O dual.

En mi caso, por ejemplo, aún guardaba alguna evidencia sanguínea de la erección con la que había despertado. De hecho, llegué a sentir calor erótico con una escena así de depravada, muy probablemente una desviación producto del consumo indiscriminado de pornografía. Quizá una cosa cultural. Un derrape mental. Una falta de empatía con el género femenino que tiene su raíz en la violencia patriarcal con la que he y sospecho que tod@s hemos sido criados.

Lo que quiero decir es que de primeras me calenté. Y por un segundo, o quizás varios segundos, empecé a redactar en mi cabeza alguna brutalidad del tipo

—¿Y te gustó?
—Cuéntame un poco más. ¿Se frotaban un poco?
—Qué suerte la de los hueones

Algo completamente estúpido y animal. Por suerte, quizá por estar medio lento en la sinapsis por estar medio dormido, tuve tiempo para pensar en lo violento y penca de la escena. Tomé conciencia de lo salvaje de la situación y cómo había afectado el día entero de mi amiga, que estaba descompuesta y complicada. Por supuesto, ella no quería volver a subirse a la cagada de metro de nuevo.

Más tarde, con mi amiga caminamos por la calle, y le pregunté qué tipo de cosas eran consideradas por ella como un acoso callejero y qué cosas pasaban como un calentón-pero-inocente piropo.

«Es que al final es tan estúpido», me dice. «Los hueones quedan como unos perros. De cierta forma nos dan un poder al mostrarse tan babosos».

Eso por el lado de los sonidos, como de estar sorbeteando saliva. O las miradas de caliente. O el «te pasaste». O casi todo en realidad.

«¿Pero es que qué piensan? ¿Que voy a darme vuelta y decir ‘ya, vamos a tu casa o a mi casa o a un motel’ porque un culiado me dice que estoy rica?».

Me pregunta fuerte. Para que escuche el oficinista que viene pegado mirándole el escote y que no escucha nada porque viene pegado mirándole al parecer las microscópicas gotitas de sudor que bajan por su escote.

Le digo: «Es que no se trata de eso. Es una cosa de la cultura porno. No es que uno pretenda una respuesta como esa. Uno se calienta con mirar y decir algo. No tiene por qué ser recíproco. Incluso yo creo que eso le cagaría la onda al acosador/piropeador. Piensa que una de las hueás que hacemos es corrernos la paja mirando cómo otro hueón o cómo muchos hueones prácticamente parten por la mitad y luego glasean en semen a una pendeja californiana o rusa que, además de querer muy desesperadamente ser famosa o pagar la renta y/o las drogas, lo único que debe desear es desquitarse de su padre, que a su vez, lo más probable, es que vea esas mismas hueás hasta que un día se topa con su hija y el hueón queda ahí, en el menos enfermo de los casos, con el pico parado por última vez en su vida en la mano».

—¿Hueón me hacís el favor de mirarme a la cara cuando me hablas?
—Perdón.

Foto: OCAC

Foto: OCAC

Testimonio del despertar de conciencia de un acosador callejero

Sobre el autor:

Domingo Verdejo

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