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Las brutales fotos de Lola Melnick me dejaron como perro

por · Diciembre de 2014

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Para un solitario, alguien que pasa buena parte del día mirando la casilla del mail esperando que pase algo, que llegue un correo es un momento de corta y profunda emoción. El movimiento del número de correos no leídos causa un cosquilleo rico de intriga, alegría, miedo, curiosidad y esperanza. En resumidas cuentas, excita.

Por supuesto que la mayoría de las veces es pura mierda.

Pero si el correo, descubres, es una cadena dirigida a muchas personas, todos hombres, y tiene como asunto «Feliz navidad, amigos» puedes apostar que se trata de algo interesante.

Luego de observar con detención las imágenes se las reenvié a mi editor. Respondió de inmediato:

—Hueón estoy en una oficina con puras mujeres. Se ven preciosas pero no puedo abrirlas ahora. Escríbete algo.
—Ok.
—Algo corto. Lo que sentiste instantáneamente al verlas.
—Un análisis corto e intenso. Como un culeón de eyaculador precoz.
—…claro, eso. Dale.

Vamos entonces. Una fina selección de lo mejor de las 21 fotos. En el mail están ordenadas en 7 columnas de 3. Vamos con una de cada 3, pero flexible.

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Imagínate esa mina despertando así, al lado tuyo. Lista para abrazarla apretando suavemente sus tetitas y estacionarse medio dormido. Buenos días Diosito Santo.

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Acá el “arte” de las fotos de Playboy se va a la conchasumadre. Siendo esta la versión brasileña de la revista, imagino que para los brasileños ha de ser una sorpresa pillarse una mujer con vagina en vez de un pene. Como bien sabemos, en Brasil no existen mujeres-mujeres. Acá, de no existir reconstrucción vaginal de por medio se derriba —según la opinión de uno de los caballeros de la cadena— el mito del pasado como prostituta de Lola, pues su choro luce apretado y sin el kilometraje de una profesional del laburo más antiguo de la humanidad.

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Una bandera enrollada y erecta de Brasil y Lola tomando con firmeza el mástil. Con la otra manito sostiene una ducha micrófono que llueve sobre sus pechos, esos lindos pechos (como diría Ricardo Montaner, un caliente de primera).

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Foto cuatro con Lola en cuatro pero versión vertical. Acá hay dos opciones de aproximación. La del flojo puede ser paradito abajo mirando para arriba entrándole como un hambriento desesperado. La otra, sólo para equilibristas (aunque en la mente se vale todo): escalando el mástil como un palo encebado y acomodarse encima aplicando el estilo perrito tradicional pero en versión vertical. Alguien más avezado podría mandarse una innovación para sacar aplausos y ganarse un contrato en el Cirque Du Soleil. Haciendo una sensual y acrobática bandera flameando, de dos cuerpos.

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El trocua más tradicional. Acá no hay mucho que decir. Pero sí mucho que sentir.

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Quizá la foto más artística de la sesión. Un encuadre perfecto donde se replica la pirámide invertida que forma la proa de la embarcación con la vagina de Lola. Simplemente hermoso.

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Lola recibiendo un refrescante chorro de agua. Para los conocedores de este arte se sapbe que esto simboliza un generoso y acumulado cumshot. Los más progresistas pueden ver acá una europea lluvia dorada. Dado el origen ucraniano de la muchacha, esto no sería particularmente imposible.

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Acá ya está para irse a la mierda. Logrando una armoniosa posición de yoga, en la cual además hace gala de su pasado como elástica bailarina, se aprecia también un encuadre que logra que sus piernas se abracen, alcanzando la perfecta horizontalidad del mar a su espalda. Más que nada acá me imagino de guata chupeteando el suelo donde debe haber quedado impresa una húmeda y delicadamente salada versión vagino-anal de la lámina 6 del test de rorschach que Lola habría dejado al levantarse.

Estamos. Ahora, las opciones que quedan luego de este erotizante paseo a Brasil son dos. Quedarse como perro con los testículos llenos como una olla con agua hirviendo. Tiritón y medio desconcentrado el resto del día. O entregarse al placer de una paja que según mi estimación Lola Melnick se tiene más que merecida.

Las brutales fotos de Lola Melnick me dejaron como perro

Sobre el autor:

Domingo Verdejo

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