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El viejo que no leía novelas de amor

por · Mayo de 2015

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Si uno diluye un reportaje en diez litros de agua, a la manera del escritor Pedro Mairal, consigue un libro como este.

La secreta vida literaria de Augusto Pinochet, del periodista Juan Cristóbal Peña, empezó como una crónica rebalsada, que luego de cinco años de investigación se presenta como un libro —recientemente reeditado por Debolsillo— y la pregunta: ¿qué hay detrás de la biblioteca del dictador?

UNO Un crimen. El viaje a la biblioteca de Pinochet comienza con un crimen pasional contra otro militar.

Para ensayar el carácter del dictador chileno, Peña examina la relación entre Pinochet y Carlos Prats, el jefe del Ejército durante Allende que discutía en sus clases las estrategias de Hitler, Napoleón y Baquedano.

«Pinochet recelaba de los contactos y las aptitudes de su antecesor no necesariamente porque pusieran en riesgo su posición de poder, sino porque acusaban sus propias limitaciones intelectuales», escribe Peña.

Una idea que resuena en la biografía del dictador a cargo del historiador Gonzalo Vial, donde explica que Pinochet era consciente del menosprecio intelectual que Allende y otros políticos de la Unidad Popular sentían por él.

Esa inferioridad y una obsesiva desconfianza lo convencieron de hacerse de una nueva imagen como académico y escritor de libros —que resultaron ser compilados de otros autores que nunca citó.

Es que mientras Prats tuvo una carrera militar brillante, según la investigación de Peña, la de Pinochet estuvo marcada por los claroscuros: «Prats egresó de cadete como primera antigüedad y más tarde, en la Academia de Guerra, volvió a ser el alumno más destacado de su generación. Pinochet, en cambio, fue un estudiante del montón: nunca entre los primeros».

Con Pinochet en el poder, un 30 de septiembre de 1974, no fue extraño que la suma de ingredientes discurriera en la instalación de una bomba en el Fiat 125 del general Prats.

Bum.

DOS Un hombre de letras. En las horas posteriores al golpe de 1973, Pinochet no quiso sumarse a los festejos de sus subalternos.

Por el contrario, según la reconstrucción de Peña, el dictador se retiró a su despacho y ordenó la visita del columnista de La Segunda, Álvaro Puga —fallecido hace semanas—, para conversar de literatura.

Doce días más tarde, La Tercera dio cuenta de una «hoguera hecha de libros y panfletos que ardió todo el tiempo», ininterrumpidamente durante catorce horas.

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Como sacada de Fahrenheit 451, la operación iniciada en las Torres San Borja de Santiago quemó todo lo que oliera a marxismo y revolución, a criterio de los militares que revisaron casa por casa, fusilando a seis residentes de las torres.

La idea era clara: enviar una señal de escarmiento a quienes guardaban material prohibido.

El hombre al que le gustaba ocupar lentes oscuros para que nadie pudiera leerlo a él, destruyó la Editora Nacional Quimantú y encarceló, asesinó o forzó al exilio a decenas de escritores.

«Como el emperador Shih Huang Ti, que junto con levantar la Gran Muralla China dispone la quema de todos los libros publicados anteriormente —escribe Peña—, Pinochet ejecuta lo que Borges llamó la abolición de la historia».

Varios años más tarde, en 1990, Pinochet publicó el primer tomo de sus memorias, sin adelanto millonario por derechos de autor ni lanzamiento internacional.

Se trató de una autoedición que el poeta Armando Uribe reseñó en la revista Análisis: «el autor privilegia en sus momentos más literarios la palabra hermoso: seis veces en la misma página para referirse a los objetos más diversos, desde el paisaje hasta un obsequio que recibe, culminando en la frase célebre sobre la ciudad de Arequipa: ‘Una gran visión de belleza, tal como si fuera una ciudad de leyenda espolvoreada de azúcar flor’».

TRES Una obsesión. Pinochet quería que todos creyeran que leía mucho.

El hombre que prohibió y quemó libros, se convirtió en uno de los más grandes coleccionistas de volúmenes de las ideas que combatió. La misma portada de esta investigación lo muestra hojeando una copia de La nueva forma de penetración marxista del teórico italiano Antonio Gramsci.

No fue lo único: cuando se supo que usaba el seudónimo de Daniel López para esconder cuentas en el banco Riggs, el juez Carlos Cerda pidió bucear en su patrimonio con el antecedente del expolio de arte realizado en Europa por los nazis.

Así llegó a sus casas en La Dehesa y El Melocotón, además de las bibliotecas de la Academia de Guerra del Ejército y de la Escuela Militar, a las que Pinochet donó miles de libros.

¿Qué había exactamente en sus bibliotecas? Según la investigación del juez, que contempló 194 horas en terreno y otras 200 dedicadas a pesquisas de los expertos bibliográficos, se trataba por lo bajo de una colección valuada en más de dos millones de dólares.

Primeras ediciones, rarezas y antigüedades que Pinochet compró con dineros públicos o que simplemente tomó desde instituciones gubernamentales cuando se autoproclamó presidente.

Libros sobre estrategia militar. Libros de un enorme valor patrimonial, como los dos ejemplares de La Araucana de Alonso de Ercilla, escritos en 1722 y 1776, o el volumen Histórica relación del Reyno de Chile, impreso a mediados del siglo XVII por Alonso de Ovalle y tasado en seis mil dólares. Libros que ni siquiera están en la Biblioteca Nacional.

Una colección completa de Ortega y Gasset. Una copia de Relación del viaje por el mar del sur, de Amédée François Frézier, impreso en 1717. Y dos libros de Juan Ignacio Molina, Compendio de la geografía natural y civil y Compendio de la historia civil, impresos en 1788 y 1795.

Viaje a Magallanes, de Pedro Sarmiento de Gamboa, publicado en 1788 y tasado en unos cinco mil dólares. Y libros de Napoleón escritos en el siglo XIX por autores como Henry Beyle, Arthur Chuquet, Marcellin Pellet o Imbert de Saint-Amand, completan la colección de Pinochet.

Nada de ficción, menos poesía.

«Es una biblioteca muy poco organizada, sin un gran orden, con un afán por atesorar por atesorar —anotó una de los peritos en la investigación—. Hay una cantidad de obras de referencia, enciclopedias casi escolares, que revelan un escaso conocimiento y una escenografía del poder. Después de leer al personaje a través de su biblioteca, mi conclusión es que este señor miraba con mucha fascinación, temor y avidez el conocimiento ajeno a través de los libros. Quien mandó a quemar libros forma la biblioteca más completa del país».

Según el libro Caso Riggs. La persecución final a Pinochet, firmado por su nieto Rodrigo García, las visitas del equipo de expertos trastornó al dictador. Ahí se lee: «la impotencia de ver a pelafustanes entrar y salir de su escritorio, con sus libros entre sus manos, le hizo caer en cama por algunos días».

En cifras, los muertos que dejó la dictadura de Pinochet suman más de tres mil, mientras que las víctimas, según el informe Valech, son más de cuarenta mil. Según los peritos que revisaron sus bibliotecas, los libros de Pinochet se cuentan entre más de cincuenta y cinco mil.

CUATRO La incertidumbre. Actualmente, el caso Riggs sigue abierto y está a cargo de un juez distinto a Carlos Cerda, que ha logrado escasísimos avances.

Según Peña, «de los libros que permanecen en poder de la familia no se ha vuelto a tener noticias. Supuestamente siguen donde mismo, reunidos en una biblioteca fantasma, a la deriva, como un tesoro al cuidado de piratas amotinados».

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La secreta vida literaria de Augusto Pinochet
Juan Cristóbal Peña
Debolsillo, 2015 (reedición)
220 p. — Ref. $8.000

El viejo que no leía novelas de amor

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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