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Ruinas personales

por · Octubre de 2015

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Avanzar por las páginas de Llamada perdida es tomar un viaje por desprecios personales, despojos, deseos sexuales, obsesiones numerológicas, aprendizajes tiernos —o violentos— sobre las emociones propias y el placer y la incomodidad de ser parte de una especie de limbo emocional y geográfico. Las crónicas de Gabriela Wiener, de una intimidad lacerante, son tan furiosas como entrañables: van desde lo más gonzo a cavilaciones autobiográficas.

Si en Sexografías (2008), Wiener transitaba por cuerpos en una especie de gonzo de la carne, con crónicas en que participaba de intercambios sexuales en clubes swingers, se dejaba flagelar por una dominatrix o se sometía a un complejo proceso de donación de óvulos, en Llamada perdida parece escribir para mantener cierta lucidez, para sobrevivir a ciertas tristezas, como buscando maneras de endurecer el interior.

Existe también, aunque la palabra sea odiosa, algo parecido a la madurez. Si antes miraba los hechos directamente y los enfrentaba hasta fundirse en ellos, ahora los observa a lo lejos, desde un tiempo perdido. Pero hay algo que no cambia: Wiener es siempre protagonista.

En las primeras páginas, la cronista peruana advierte: «Lo cierto es que nunca he podido narrar —ni opinar— desde un lugar discreto, nunca he podido hacerme invisible, y para ser sincera tampoco lo he intentado. Amo la realidad que desenmascaramos en cada uno de nuestros actos. Amo la voluntad de asombro».

Más adelante, en “Un fin de semana con mi muerte”, escribe: «Una noche, como todas las noches, me quito la ropa delante del espejo y veo una leve mancha roja en mi pecho derecho, justo al lado del pezón. La toco. Es una masa. Algo duro. Es algo que, estoy segura, no estaba ahí antes. Entonces grito». Ese es uno de los matices de Llamada perdida, el temor: «La vida adulta es palpar incesantemente con los dedos de la imaginación la Nada. Es lo malo de tener creencias precarias, ser pesimista y mínimamente inteligente».

En “Tres”, un diario de su experiencia en un trío junto a su marido, como en una confesión, escribe: «Nunca pude ser fiel. Desde que descubrí el placer fuera de las cursis paredes del cuarto de baño, no he dejado de violar los pactos de amor más sagrados».

A la altura de “Acerca de lo madre”, calibra su mirada en torno a la relación con su hija: «A veces me preguntan si me da miedo que ella lea las cosas que he publicado, que he ‘confesado’. Nunca he confesado nada. Hay algo perverso en la palabra confesión. Dentro habita la palabra ‘culpa’. Yo suelo contestarles que no tengo miedo, porque sé que mi hija conoce el (verdadero) valor de la verdad».

En “Teléfono malogrado conmigo misma” anota: «Hay episodios en la vida de mi país que hacen que mi relación con el Perú sea como la de una niña rechazada por un padre imbécil».

Llamada perdida es finalmente un puñado de crónicas íntimas, tan incómodas como magistrales. Un ajuste de cuentas con lo perdido y lo ganado, un mix de complejos, pérdidas, delirios y manías. Ante todo: un ejercicio profundo de autoexploración, de mirarse de otra forma y buscar reconocerse en otros. El título lo grafica bien: ¿hay alguien detrás de la línea?

** Gabriela Wiener participará de la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA) en el marco de la quinta versión del encuentro “Diálogos Latinoamericanos”.

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Llamada perdida
Gabriela Wiener
Estruendomudo, 2014
140 p. — Ref. $13.500 (Distribuido en Chile por La Komuna)

Sobre el autor:

Javier Correa (@javiercorreaM) es periodista.

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