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En reversa, el «país de mierda»

por · Noviembre de 2015

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Unos chicos de actitud despreocupada, casi rebelde, serios cuando había que ponerse serios y sueltos cuando había que soltarse, desfilan, en la primera parte de Chicago boys, el documental de Carola Fuentes y Rafael Valdeavellano, ante una cámara 8 mm de fines de los cincuenta (hay otra cámara que graba a la que los graba, esa nos informa), cuyo ojo los registra dentro del auto compartido, on-the-road cortando rutas entre ciudades norteamericanas, en la biblioteca universitaria, en distendidas sesiones en el salón común, en fiestas y asados al aire libre, entrando y saliendo del tradicional edificio de la Escuela de Economía en medio del frío invierno de Chicago. Siempre sonrientes, siempre juguetones, siempre juntos pasan por las escenas que algún ojo tras esa cámara está registrando in situ, paso a paso, en 1958 ó 1959, como si filmara a rockstars, a jóvenes promesas del cine. Quién es ese ojo, qué pretende ese ojo. ¿Qué les dice a ellos y qué quiere decir al futuro ese ojo fílmico en el cual los jóvenes economistas de Chicago posan sus miradas, seducidos y seductores, por entre las solapas levantadas de sus abrigos largos?

«Vamos a cambiar la economía de Chile, y luego, de toda América Latina», dicen que se prometieron. «Nos decían la mafia… y éramos una mafia. Nosotros no fuimos discípulos de Harberger, fuimos sus ahijados», afirma uno de ellos haciendo recuento, ya en 2014, en la misa en honor de una «buenamoza» chilena que desfilará también en las filmaciones de Chicago.

En este hoy de la misa —vuelve a este hoy el documental—, en este hoy está también Sergio de Castro, líder de los Chicago, ministro de Economía y de Hacienda de Pinochet (1975-1982), afirmando que no, que ellos no sabían nada-nada, ni antes ni después, es decir, nada de ninguna preparación de golpe, ni nada-nada de ninguna violación a los derechos humanos. Y que sí, que le dio pena cuando supo, después, mucho después, que esas cosas habían pasado, y que claro, que se había sentido súuuper triste (lo dice así, haciendo tres u). En este hoy también Rolf Lüders, otro ex chico Chicago, dice que: antes de ellos aquí habían ¡puras rucas!, que era cosa de observar Santiago antes y ahora; y que no, que tampoco, que nunca supo nada-nada, y que además, que, en todo caso, cuando él estuvo [de ministro] entre 1982-1983, ya no pasaban esas cosas, que todo eso había pasado al principio, que ya a esas alturas no pasaba (el documental muestra recortes de diario: el asesinato de Tucapel Jiménez y del carpintero Juan Alegría Mundaca. Febrero, 1982; el secuestro y asesinato de Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero. Marzo, 1985). Y finalmente, la voz de la periodista de vuelta al mismo De Castro: ¿y qué hubiese hecho usted si hubiese sabido de las violaciones a los derechos humanos?, él: que bueno, que en todo caso, que si hubiese sabido, igual hubiese apoyado —casi inaudible— [la dictadura].

«País de mierda», tres veces. Tres «país de mierda» conté que profirió Ernesto Fontaine, otro ex Chicago, ya viejo también, en el hoy del documental. Lo pronunció sin ocultar su frustración, antipatía y un poquito de asco, diría, cada una de las veces.

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Entre el gesto seductor de los jóvenes de Chicago haciendo guiños a la cámara testigo de su aventura, y la expresión de Fontaine años después —hoy— crece un hiato, o mejor, una mancha roja que en el documental prolifera imperceptible pero tenaz, un plasma que en nuestra percepción termina por deglutirlo todo: fotos, cintas de video, edificios, libros, coqueterías, mechones rebeldes: «País de mierda», repetido una, dos, tres veces, la afirmación resignifica el sentido y la trayectoria de todas esas imágenes. La expresión amarga del ex Chicago tiñe irremisiblemente, así, de vuelta, las imágenes naíf de la estancia en la Escuela de Negocios. Se pregunta uno, entonces: ¿qué sueño era el movilizaba a los jóvenes economistas neoconservadores?, ¿qué país pensaron?, ¿cómo se pensaron ellos en ese país, en ese «país de mierda»? o más allá: ¿pensaron alguna vez algún país o fue más bien la suya una autorrepresentación in extremis de su ya extremista teoría individualista económica, esto es, los eclipsó el sueño de su propia imagen reflejada en la cámara triunfadores, dueños y señores —joviales y encantadores eso sí— de ese país, de cualquier «país de mierda»?

¿Sueño aquél a cuya consecución los tigres —con ese animal se identificaban, confiesan— estaban dispuestos a sacrificar qué detalle moral? Porque el país de mierda, cualquier país de mierda requería no solo la reducción radical de lo público, no solo Estados mínimos rendidos al mercado, sino sobre todo morales mínimas. ¿Cuáles eran las delicadezas que ellos estaban y no estaban dispuestos a transar?, ¿Cuál era el límite, su límite? Me viene a la mente aquí una de las escenas que recoge el documental: Sergio de Castro instituido como ministro de economía de Pinochet, entre varios uniformes militares, destaca y posa en un riguroso traje frac coronado con gran rosetón blanco de príncipe asturiano. Menos que la propia humanidad de ese país, «daño colateral» de esa política extremista que fue el autoritarismo vestido de frac en ellos, menos que esa humanidad, estaba, me tiento a colegir, entonces, su autoimagen: tigres, triunfadores, de frac.

«Había ganado Allende y decidí salir del país. En el aeropuerto me revisaron por todas partes, y al sentarme en el avión pensé ‘país de mierda’», confiesa Fontaine y a mí me viene ahora la imagen de otro viaje, del viaje en dirección exactamente contraria que realizaría, por la misma época otro chileno, el veinteañero Roberto Bolaño, que sabiendo del gobierno popular se embarcaba desde México para sumarse al proceso democrático de su país. El viaje de Bolaño era el viaje en reversa que hacían los jóvenes poetas y los viejos economistas críticos, los periodistas y los cineastas, los sociólogos de distintos países, los militantes, los obreros y los campesinos de esa época, un viaje hacia otro Chile que soñaron común, colectivo, amoroso, imagen que les serviría después, en sueños —como poetizó Gonzalo Millán, su ciudad recomponiéndose en reversa— para volver a vivir a pesar del castigo que el poder les infligió por intentar esa otra dirección. Imagino cabezas agachadas, cientos, en las esquinas de un Santiago callado, obreros trasladando piedras, esclavizados por un tercio del mínimo, y todo Chile en silencio —como sugirió Diamela Eltit.

Al frente de ellos, imagino los guantes blancos de unos que se prestan un podio de misa católica para nombrarse, orgullosos, una mafia: «somos una mafia, fuimos una mafia», somos los guantes blancos que nunca pudieron tener los que desataron la tormenta de mierda, para que nosotros domináramos este país de mierda –se me ocurre que piensa desde el podio consagrado el ex chico Chicago. Extremistas con guantes, tigres de a de veras…

Sigue uno entonces dando vueltas a las trayectorias y a las direcciones, gracias al documental de Fuentes y Valdeavellano. Para eso deberían existir los documentales, pienso, para pasar y pensar sobre el documento, y releerlo, en reversa.

En reversa, el «país de mierda»

Sobre el autor:

Alejandra Bottinelli

(@alebottinelli).

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