Publicidad

La transgresión y la plétora en Pascua, de Marcelo Leonart

por · Diciembre de 2015

Publicidad

La escena es la siguiente: un sacerdote, «con sus manos de cura, abre su piel de cura, rompe sus huesos de cura (por su pecho chorrea sangre de cura) y lo que saca de entre su esternón de cura y sus tejidos adiposos de cura, es un músculo palpitante»; luego, le ofrece su corazón sangrante al jefe operativo de la CNI, Álvaro Corbalán Castilla, mientras dice: «¿Quién dijo que todo está perdido?… Yo vengo a ofrecer mi corazón».

Más señas: el cura se llama Cristián y estuvo en la Vicaría de la Solidaridad en dictadura y luego, ya en nuestra fallida democracia, fue involucrado —como tantos otros sacerdotes— en un escándalo sexual. Por otro lado, Álvaro Corbalán Castilla, uno de los más despiadados esbirros de Pinochet, está acompañado de otros 40 efectivos de la CNI tan feroces como él, pero sin su mismo poder. Todos se encuentran frente a una capilla de la población La Bandera donde se esconde un «extremista» perseguido por la dictadura.

Todavía más señas: el cura —que obviamente es Cristián Precht— habla en femenino pues con los años se ha convertido en una vieja. Es, de algún modo, una vieja donosiana, con olor a vieja, con prácticas y costumbres de vieja, con lascivia de vieja por los jóvenes seminaristas que se pasean cerca de él en ropa interior, con sus miembros viriles casi a la vista, cosa que al ex vicario enloquece.

El fragmento y sus señas pertenecen a la última novela de Marcelo Leonart, Pascua (Tajamar, 2015), y viene a refrendar el epígrafe que abre el libro: «Cada blasfemia es una palabra sagrada». El paratexto es de Pier Paolo Pasolini, quien no solo confiere la contundencia de la cita: además es uno de sus personajes y atraviesa con su discurso ético y estético toda la obra.

El epígrafe, como decíamos, resume de un modo ejemplar el espíritu de la novela. En ella, Leonart se burla con violencia de lo más sagrado para la moral mayoritaria chilena: la fe cristiana. Pero también, en el personaje de Precht, blasfema contra la gran reserva moral de esa fe y su Iglesia y, acaso, de todo un país: el prestigio, el honor y la memoria de los curas que defendieron los derechos humanos en los años más oscuros de Pinochet.

Lo cierto es que resulta difícil, cuando no imposible, pretender abarcar razonablemente esta novela en el espacio reducido de una columna. Y no porque sea larga (que lo es: 464 páginas, un exceso en tiempos de novelas minúsculas) y compleja (que también lo es por la coralidad de su estructura y los planos ontológicos que mezcla), sino por la plétora como signo distintivo de la escritura de Leonart.

Porque la clave de lectura imprescindible en Pascua es el desborde permanente, el exceso, lo inconmensurable. Esto, naturalmente, tiene que ver con los materiales que el autor ha decidido trabajar, en especial la relación entre homoerotismo y fe. Sobre el particular, el gran Georges Bataille señala en El erotismo, que «sin la evidencia de una transgresión, ya no experimentamos ese sentimiento de libertad que exige la plenitud de la realización sexual».

Recuerdo que el filósofo Cristóbal Holzapfel decía que la misma eyaculación masculina era la mejor manera de ejemplificar la plétora como un estallido y un desborde. Lo seguro es que ese lugar transgresivo es al que recurre Leonart en su novela, y siempre en clave homoerótica (la única excepción es una relación que envuelve pedofilia y comercio sexual).

De esta forma, homosexualidad y fe católica se imbrican en escenas de sexo gay como precisos correlatos de escenas religiosas, sagradas. O en la contradictoria muestra de religiosidad que hubo al prender velas y hacer cadenas de oración para que Daniel Zamudio no muriera, a lo que se sumó que se lo elevara a categoría de mártir y se transformara así, desde su posición de víctima de la intolerancia, en una imagen tangible de la fe secular de los creyentes en lo minoritario.

En ese mismo contexto, en el libro regresa cada tanto la alegoría que sanciona que creer en el Viejo Pascuero representa una ingenuidad idéntica a la de creer en Cristo o la Virgen o Mahoma; un Viejo Pascuero que, al mismo tiempo, es en la novela un violento corruptor de menores y prisionero del mal de Diógenes.

«Siete círculos para una genealogía de la violencia» es la atingente bajada del título principal, Pascua, y el concepto remite a Nietzsche, por un lado, quien aseguró que quien escapa de la metafísica (que fue la gran lucha del filósofo) puede lindar con el desborde; y a Foucault, por otro, quien acomete la tarea analítica de historizar la sexualidad con el fin de neutralizar su poder normativo.

Estos siete círculos dantescos —en toda la expresión del término— presentan una serie de personajes fantasmagóricos (algunos son tomados de la realidad y otros ficticios, de ahí la mezcla de planos ontológicos que antes mencionábamos) que aparecen y desaparecen de un relato serpenteante que guía un narrador pertinaz, obstinado y antojadizo.

Por supuesto, un narrado híperconsciente origina juegos metaficcionales y desemboca en una novela autorreferencial. En ese sentido, leemos: «Mi primer personaje, el primero que apareció en mi cabeza como una imagen y un concepto», o «Imaginariamente, a este personaje que para mí es demasiado real porque fue mi amigo, le pongo un nombre». Y, también, hace que la novela sea autorreflexiva: «Vuelvo a Gustavo. Trato, mientras sigo escribiendo este relato desbocado, de no olvidarme de él» o «Ya no sé si es el protagonista de este relato deforme». Es decir, la novela reflexiona acerca de sí misma y sentencia que es desbocada, malhablada, blasfema, amorfa, irregular.

Ese narrador es, desde luego, el mismo Marcelo Leonart que se impone como un personaje rotundo y protagónico. Esto aparece de distintas maneras, como en ciertas marcas textuales voluntariosas (poner con minúsculas a Dios o cualquier otra deidad occidental u oriental); en la reiteración de sus obsesiones y sesgos políticos (juicios arbitrarios permanentes, donde el autor es el árbitro); o en una escritura alejada de toda pulcritud para privilegiar, en sus antípodas, un estilo arrebatado, cuasi oral, continuamente desesperado, vehemente.

Es más: el autor se encuentra incluso en muchos pasajes donde son los personajes quienes hablan o piensan. Eso, que en otras obras sería una debilidad, cuando no un error, acá parece ser la única opción: el pacto de verosimilitud con el lector se ha roto y por decisión expresa del autor; así las cosas, todo está permitido si se logra la única finalidad que se persigue: remecer la conciencia aletargada, estúpida y burguesa del lector.

Pascua hace desfilar a un sinnúmero de personajes cuya principal amalgama es el avasallante deseo erótico y la fe: una pechoña mujer que trabaja en el café Haití y acaba de descubrir los goces del lesbianismo junto a su hermosa colega; Ojitos azules (que no es otro que Juan Hamilton, uno de los denunciantes de Karadima) que sucumbe a los encantos de una chica joven como antes lo hizo frente a su guía espiritual en la parroquia de El Bosque; Gustavo, recluido en su departamento de soltero presa del terror a golpizas y abusos por su condición sexual, ve o sueña o alucina con la figura esbelta de El Jaguar, un putito del que ha disfrutado en demasiadas ocasiones; un prodigioso maestro chasquilla que en su derruida vivienda del barrio Franklin ha construido un Santiago a escala donde pueda manejar la vida de La Canalla, una putita adolescente que lo seduce hasta la locura.

Estos personajes se unen a la voz del narrador —una especie de marca registrada en las novelas de Leonart— para hacer de Pascua una historia intensa y nítida en su propósito: escandalizar y transgredir para develar la absurda carga de los valores católicos y metafísicos que siguen guiando, y con el mismo insano autoritarismo que siglos atrás, el presente de nuestra sociedad.

Pascua

Pascua
Marcelo Leonart
Tajamar Editores, 2015
464 p. — Ref. $16.000

La transgresión y la plétora en Pascua, de Marcelo Leonart

Sobre el autor:

José Rivera Soto (@jbodhishavuot) es sociólogo y doctor en literatura. Como narrador ha publicado las novelas Siete Judas (2008) y La liberación (2013). Es director literario del sello independiente Luna de Sangre Ediciones.

Comentarios