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Las amantes de Pinochet

por · Marzo de 2016

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En este extracto de Doña Lucía (Ediciones B), la biografía no autorizada de Lucía Hiriart de Pinochet, la periodista Alejandra Matus escarba en la relación de las mujeres con el dictador.

Mientras Lucía se ocupaba de las acciones de su voluntariado en un ala de La Moneda, en la otra Pinochet se encerraba por hasta cuatro horas con «periodistas que iban a entrevistarlo, pero que no publicaban nada», cuenta uno de los ministros que formó parte del gabinete en la década de los 80. «Nosotros sabíamos que en esos momentos no debíamos pasarle llamadas, ni interrumpirlo».

Después del golpe, Pinochet descubrió que las mujeres se sentían atraídas por su poder y lo disfrutó. No solo reinició contacto con su amada Piedad Noé, la ecuatoriana, sino que desarrolló una amplia red de conquistas, en especial cuando salía a regiones, lejos de la siempre vigilante Lucía. «Recuerdo un viaje a La Ligua», añade el exministro. «Tuvimos que pasar por una cuadra atiborrada de mujeres queriendo acercarse. Algunas al estrecharle la mano le pasaban papelitos con mensajes, números de teléfono».

«Era desordenado mi general», cuenta uno de los exintegrantes de la unidad de 12 comandos que lo custodiaba día y noche. «De repente nos decía: ‘Voy a salir a relajarme un poco’. Entonces sabíamos que tendríamos que montar una operación en el más absoluto sigilo. El objetivo principal era impedir que la señora Lucía se diera cuenta del objetivo final del trámite. Él se cuidaba, además, de compartimentar los equipos: a Iquique iba con unos, siempre los mismos. A Punta Arenas, con otros».

Este militar retirado relata que en Iquique Pinochet tenía tres amantes estables. «Hacía un viaje de cuatro días y en ese plazo las atendía a todas. A veces recurría a prostitutas. Parte de mis tareas era llamarlas y darles instrucciones sobre las actividades que debían realizar para encontrarse con él. Nos valíamos, por ejemplo, de algún acto de CEMA o de Digeder y se les decía a estas señoras que llegaran con una donación en medicamentos que, por supuesto, nunca se entregaba y de la cual después teníamos que deshacernos. También les daba instrucciones destinadas a despistar a doña Lucía: no podían usar maquillaje, y se tenían que poner perfume de hombre. Cuando llegaban, las teníamos que chequear, por si sucedía que eran extremistas y querían atacarlo», dice. Según lo que a él le consta, Pinochet tenía otra amante estable en Antofagasta y una más en Concepción. El equipo del sur se hacía cargo de otras mujeres con quienes se relacionaba en Punta Arenas.

Al regreso de estos viajes en solitario, Lucía intentaba interrogar a los escoltas. Se daba cuenta de que algo extraordinario había pasado porque su marido llegaba exhausto y se acostaba a dormir. «Preguntaba, haciéndose la lesa: ‘¿Y cómo les fue en Iquique? ¿Qué hicieron?’ Yo, para que dejara de preguntar, le contestaba cosas como: ‘No le puedo decir, señora Lucía. Temas institucionales. Está complicada la situación con Perú. No sabemos qué podría pasar’. Ella se asustaba y me dejaba tranquilo».

Una integrante femenina del equipo de seguridad de Pinochet que lo acompañaba a Punta Arenas afirma que uno de sus mayores temores era regresar a Santiago y recibir el llamado de la cónyuge del general, para que le explicara cómo había estado el viaje. «Ella toda la vida trató de sonsacarme cosas del caballero. Era muy hábil. Tenía sus propias informantes y una no se podía equivocar y dar una respuesta incorrecta, porque la comparaba con las cosas que ya sabía. Me hacía regalos. Me pasaba un sobre con plata y me decía: ‘¡Vaya! Cómprese algo!’ Y después de un viaje me llamaba y me preguntaba, ‘¿Cómo les fue? ¿había alguien?’. ‘Noooo’, respondía yo. Yo nunca veía a nadie y cuando terminaba el interrogatorio, partía a contarle a él la versión que yo había dado’», recuerda a carcajadas la testigo.

Pero Lucía no se rendía ni bajaba la guardia. El excomando que custodiaba a Pinochet recuerda que en una ocasión una de sus mujeres usó una sombra con polvo dorado y ninguno de los escoltas se percató de que aquel brillo se había adherido a la solapa de su abrigo. «Cuando llegamos a Santiago, la señora Lucía lo miró atentamente y detectó el brillo. Quedó la cagá. Tuvimos que echarle la culpa a la mujer de la tintorería. Hablamos con ella y la hicimos inculparse de haber mezclado la ropa del general con otra que no era de él, al planchar. La echaron, pero nos hicimos cargo de que quedara bien. Después de eso, en estos viajes, le revisábamos la ropa al regreso».

Los escoltas que custodiaban al general vivían su peor pesadilla cuando, en un arrebato de galán, decidía salir a caminar de noche, por alguna playa solitaria, con alguna de sus amigas, tomados de la mano. Los militares se veían obligados a despejarle el lugar escogido de potenciales curiosos y testigos.

Según datos que publiqué en 2004 en la revista Plan B y que no fueron desmentidos, en esa ciudad Pinochet contaba con la amistad de una gerente de la Zofri, una de las alcaldesas, y de una ejecutiva de Codelco. Una gerente del Automóvil Club terminó como agregada cultural en Australia tras un ataque de celos de Lucía. Otras dos connotadas periodistas fueron nombradas agregadas de prensa en la ONU y en la OEA, porque Lucía, con razón o sin ella, sospechaba de la naturaleza de la amistad que su esposo tenía con ambas.

Además, el general tuvo entre sus amigas cercanas a un par de secretarias de la Contraloría, Elsa Cocco y Adriana Labra. Esta última, en una entrevista telefónica para ese reportaje, negó haber tenido una relación sentimental con el general, pero reveló que habían sido amigos desde los tiempos en que él gobernaba. «A Elsa hace años que no la veo y a él tampoco, pero hubo un tiempo en que él nos acompañaba, junto a otros amigos, en reuniones en mi casa y nos entretenía mucho con sus conversaciones. Era muy simpático», dijo.

Si Pinochet era descubierto en una mínima falta, Lucía le armaba escándalos y no pocas veces encaró directamente a las mujeres que despertaban sus sospechas, sin ahorrar insultos ni garabatos. «Cuando era descubierto portándose mal, el caballero llegaba al despacho de la Señora Lucía con algún regalo caro, una joya, flores», dice una periodista que cubría las actividades de Lucía Hiriart y que una vez lo vio llegar, furtivo, con un regalo para su esposa. «Seguramente había hecho alguna maldad y llegó pidiendo disculpas. ‘Uy, parece que se portó mal el caballero’, le comenté y ella me respondió: ‘Sí, y todavía no lo perdono’». La escena, cuenta la profesional, se repitió varias veces. Para disminuir las posibilidades de error, decía Pinochet a sus escoltas, hay que usar el mismo apelativo con todas las mujeres. Sus favoritos eran: «negrita», «chinita» y «mijita».

Un aliado en los afanes amatorios del general era el mayor Álvaro Corbalán Castilla, un extravagante agente de la CNI que era tan cruel con sus víctimas como farrero en sus tiempos de ocio, amante del guitarreo y efectivo seductor de las más atractivas mujeres que pululaban en el Festival de Viña y en la farándula criolla. Corbalán estaba, en los años 80, a cargo de la informal «Comisión Cantina» en el Ejército y como tal era el responsable de organizar fiestas en los regimientos. A estos eventos acudían normalmente los militares solos y Corbalán los sorprendía con shows artísticos y con despampanantes mujeres, a las que contrataba en países como Colombia y España, desde donde trajo, por ejemplo, a Maripepa Nieto, su polola. Era común verlo en esos años en las bambalinas del Festival de Viña, en el restaurante Casona de Canto, en Los Leones, donde cantaba con Patricia Maldonado y donde nació el partido Avanzada Nacional. También era un habitué del club nocturno Platinium.

«A él le pedíamos que le organizara alguna fiesta a mi general en sus viajes a provincia. Él pedía que le llevara mujeres con el cuerpo de la Viviana Nunes», relata el excomando. «Corbalán era muy entrador y buena onda. Recuerdo que siempre nos pedía que le regaláramos municiones, pero nosotros le decíamos que no se podía. Estaba siempre dispuesto para la farra y cuando se empezaba a emborrachar, se iba al baño, se daba unos jales de cocaína, se echaba un sorbo del enjuague bucal que siempre andaba trayendo, se peinaba y volvía a la fiesta entero, como si nada».

Corbalán no solo consiguió las simpatías de Pinochet, sino que se las arregló para conquistar la amistad de Lucía Hiriart y de sus hijas. «Él las hacía sentir como reinas. Las halagaba diciéndoles que se consideraba el último de los lacayos y que no podía mirarlas de frente porque lo enceguecía el fulgor de su resplandor», afirma una exintegrante femenina del equipo de seguridad de Pinochet. Se hizo un habitué en la casa de La Dehesa y era común verlo en los almuerzos y cenas que organizaba la familia, incluso después de 1990. Ahí lo divisó en una ocasión un exministro de Pinochet. «Cantaba boleros, cosas de Los Quincheros y era muy desafinado. No parecía a la altura de las circunstancias, pero ahí estaba», revela.

«Nosotros teníamos prohibido entrar al dormitorio de la señora Lucía, pero un día ella estaba ahí y me mandó a llamar. Retozaba en un costado de la cama y en el otro, estaba echado Corbalán, como un hijo con su madre, contándole historias», relata el excomando.

matus

Doña Lucía. La biografía no autorizada
Alejandra Matus
Ediciones B, 2013
275 p. — Ref. $10.000

Las amantes de Pinochet

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

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