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Los migrantes que no importan

por · Marzo de 2016

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Una chica colombiana fue asesinada y descuartizada por su pareja, que después metió sus partes en una maleta para lanzarlas en dos viajes consecutivos al río Mapocho. ¿Qué hay detrás de ese femicidio?

Llueve en la frontera, en un paso clandestino más cerca de Arica que de Tacna, cuando Jesús David y un grupo de colombianos deciden cruzar. Pagaron 900 dólares para entrar a Chile. Luego de cuatro días en bus atravesando Ecuador y Perú, después de rebotar en Migraciones por un papel imposible: una constancia de trabajo. Es un jueves de finales de marzo y las inundaciones preocupan a los coyotes peruanos que guían el viaje. La frontera chilena está llena de minas antipersonales, instaladas durante la dictadura de Pinochet en descampados apenas señalizados. «La lluvia inunda los terrenos y mueve las minas —explica Jesús David—, por eso nadie sabía cuáles son los lugares más peligrosos. Era una lotería de vida o de muerte, pero ya no tenía dinero para regresar».

Jesús David es un colombiano de 33 años, que se ocupa de la limpieza en alguno de los edificios que ensombrecen el centro de Santiago. Es uno de los 28 mil que están legales en Chile. Aunque el Departamento de Extranjería y Migración asegura que, desde el año 2012, han entrado más de 250 mil, lo que es algo así como cinco veces la capacidad del Estadio Nacional. Un número que hizo sentido en los estadios de la última Copa América, cuando los colombianos parecían locales. Jesús David está en Chile desde el año 2012, cuando llegó motivado por un amigo que primero vivió en un cité y ahora arrienda un departamento con su pareja. La primera vez que le pregunté, me dijo que migraba porque quería probar suerte. Porque en Buenaventura, donde nació, no encontraba trabajo. Porque escuchó que en Chile el cambio monetario era conveniente y otras frases hechas. Por supuesto, cuando uno huye, desconfía, y entonces miente. Una noche, varios meses después de saludarnos cada vez que coincidimos en la entrada del edificio, me preguntó si podía regalarle un condón. Así. Sin rodeos. Claramente no había farmacias abiertas y el hombre estaba en aprietos. Con los días, entendí que ese gesto había ablandado su confianza. Entonces Jesús David me contó que en realidad huía por miedo a que lo maten.

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En promedio, un ciudadano colombiano gana mensualmente y de manera legal unos $450 mil, en Santiago, y unos $300 mil en Antofagasta, las dos ciudades con más migrantes junto a Salamanca y Puerto Natales. Una investigación del periodista Sergio Cárdenas, del diario El Colombiano calculó que desde el año 2010 han entrado a Colombia más de US$145 millones en remesas provenientes de Chile.

Estos son otros números explosivos: en Chile, las visas de trabajo para colombianos crecieron en un 1.191% entre 2002 y 2014.

Según los datos del diario colombiano, la primera oleada importante de migrantes fue de mujeres que en 2010 vieron con buenos ojos el conveniente precio del cobre chileno en el extranjero, pero para muchas sus oportunidades fueron otras: prostitutas, vendedoras y empleadas domésticas.

La banda colombiana Letter lo explica de otra forma en la canción “La chilena”: «Esto es pa’ que vacilen porque la que no está aquí está en Chile / haciendo el botín y esperando a que giren a la family para pagar los billes»:

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Llegaron ilesos. En el viaje de dos noches, caminando con sigilo, el grupo de once colombianos y cuatro peruanos consiguió entrar al país. Por tierra, repite Jesús David, porque hay otros coyotes que lo hacen en pequeños botes por la costa. Entre medio, la muerte siempre tiene sus propios sistemas de mensajería: hace solo unas semanas un ciudadano peruano pisó un explosivo y murió desangrado. Lo que recuerda los riesgos de entrar ilegal. La posibilidad de perder un pie, o una pierna, y morir disecado en la tierra de la camanchaca. O ser amputado. O que violen a tus acompañantes y no poder pedir ayuda. O caer en manos de las autoridades y ser deportado. O sea: que te desanden el camino y haya que regresar y volver a empezar como Sísifo: lo que dice mucho del lugar del que huyen.

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Esto lo cuenta alguien que pide algo a cambio: otro nombre. «Lo curioso es que (los migrantes) no suben de Providencia, salvo las putas —dice Javier, nombre ficticio—. No hay migrantes en el barrio alto. El Chile de ‘color’ llega hasta Plaza Italia».

Coincido a medias. De partida, en el barrio alto no les dicen migrantes sino que extranjeros y son, en realidad, un número más bien marginal.

«La colombiana que murió en Providencia es un caso que dice mucho», explica Javier. En abril del año 2013, una prostituta colombiana cayó desde un piso ocho en Providencia muriendo en el pavimento. El empresario que contrató sus servicios le dijo a la policía que la mujer estaba alterada y que lo había amenazado con un cuchillo. «Cuando entre ambos se produjo una discusión que fue escuchada por algunos residentes del apart hotel, por causas que se investigan, la mujer comenzó a descolgarse temerariamente por las terrazas del edificio —dice una nota de La Nación—. Primero pasó al noveno piso y después al octavo. Rompió un ventanal para ingresar al departamento 800, pero no pudo salir por la puerta principal. Se devolvió a la terraza para seguir descolgándose, pero cayó hacia el lado de Francisco Antonio Encina, donde murió instantáneamente».

«A ella la conocí. Rica. Se agarraba a cuicos separados —dice Javier—. La mina tenía clientes fijos, exclusivos. Culeaba con las botas puestas y era seca para los motes. Seguramente hizo esa locura de jalada, murió de jalada. O por esa razón perdía la cabeza. Una vez me la presentó un amigo que se la culeaba y consumía con ella. El tema del puterío y la coca es heavy».

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Ahora, ¿de qué viven exactamente los colombianos en Chile? A no generalizar: según Extranjería, un 51.29% son empleados, 15.37% estudiantes, 10.24% amas de casa, 5,78% empleadas domésticas, 5,33% inactivos, 5,28% independientes, 1,45% religiosos, 1,24% obreros y 0,66% empresarios.

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Esto lo cuento porque no todos los migrantes que llegan quieren quedarse. Obligado por un montón de cajas de libros, para mi última mudanza recordé un aviso que vi en un poste de Mac-Iver: «Mudanzas Navarro». Cuento corto: el día del traslado conocí a una familia peruana empleada de un transportista chileno. No hablaban. Solo levantaban los bultos y los subían al camión como robots programados. En lo que duran catorce pisos en ascensor, le pregunté a uno de los hermanos/primos, llamémoslo José, que qué le parecía Santiago. Lo que me dijo lo acompañó de un semblante muy serio y afectado. Me dijo que no se hallaba en esta ciudad. Que ya se quería regresar pero para irse a otro lado. Por qué, le pregunté. Una noche de septiembre, venía por el parque O’Higgins y se le cruzó un tipo que se puso a gritar y a insultar. Peruano conchetumadre. Devuélvete a tu país, indio culiao. A José se le subió a la cabeza esa rabia arborescente que nace del estómago, esa que hace que se crucen los cables allá arriba, pero fue el escupo en la cara lo que apuró el desenlace. Dicen que la rabia se cura mejor si es a puño limpio. Y así, con la fuerza de varias mudanzas y sus nudillos, comenzó a deformarle el rostro. La gracia le costó unos meses en la famosa cárcel de San Miguel: el tipo —esto lo cuenta José— era un militar que le dijo a la policía que el peruano lo estaba asaltando.

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Cuando mira para atrás, Jesús David sabe que huyó, pero no sabe de quién. En realidad, solo sabe de qué. Sabe que escapó de dos palabras sacadas de cualquier campaña electoral tercermundista: violencia y pobreza. Sabe que lo que ha dejado atrás pertenece al inventario de la vergüenza del género humano. De repente, en su pequeño mundo, comenzaron a caer cadáveres. Sabe que huye de los enfrentamientos entre bandas rivales y sus muertos. Entre paramilitares y guerrilleros. Sabe que no quiere más amenazas. Ni extorsiones. Ni saber de la muerte soplándole la cabeza, encima, cada vez más cerca: un vecino, un amigo, un familiar. Sabe que huye del abandono del Estado en los países que funcionan como una carretera para llevar cocaína hacia Estados Unidos. El narcotráfico, para cualquiera que no haya visto Narcos o algún documental sobre Pablo Escobar, es una industria que genera el 1,5% del PIB mundial. O sea el costo de cuatro estaciones espaciales. Ese puente continental que une Colombia y México, el istmo centroamericano, es el mayor corredor humano del planeta desde que Nixon criminalizó el polvo blanco. Escribo esto porque vivo a cinco cuadras del lugar donde mataron y descuartizaron a Giuliana Acevedo, y más o menos a la misma distancia del puente donde encontraron sus partes. Muchas veces he pasado por la esquina de ese edificio que da a Amunátegui, donde se mezcla un café con piernas con los juzgados civiles, y otras tantas por ese puente con olor a fritanga. Escribo, también, porque conozco a muchos migrantes. En la universidad. En alguna redacción. En el hall de algún edificio más bien modesto donde he vivido. Por eso recuerdo estas historias de otros migrantes, para quien quiera ver la complejidad del horror que hay más allá del horror.

Los migrantes que no importan

Sobre el autor:

Alejandro Jofré (@rebobinars) es periodista y editor de paniko.cl.

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