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Un congreso con la amante de Bolaño

por · Marzo de 2016

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Tres organizadores frenan la entrada de la prensa. Un fotógrafo acerca el lente de su cámara para intentar filmar a través de la puerta de vidrio. Dentro, solo logra percibir a varios profesores universitarios vestidos con elegantes abrigos de invierno, y a decenas de jóvenes con gafas de botella y chaquetas con amplios bolsillos en espera de ser llenados con libros hurtados. El enfrentamiento imaginario entre estos dos grupos habría sido agradable para el autor homenajeado esta noche. Es Viña del Mar, 17 de julio de 2013, y las puertas han cerrado porque Carmen Pérez de Vega, la amante del fallecido escritor Roberto Bolaño, está a punto de hablar.

¿Cómo llegué hasta ese instante en que estaba por escuchar a la persona que vivió a diario con el hombre enfermo y moribundo que dejó en mil páginas una de las novelas más importantes de las últimas décadas? Me refiero, claro está, a 2666, obra póstuma del escritor chileno y que fue publicada en el año 2004.

Mi viaje hasta este momento empezó mucho antes, en 2008, a los diecinueve años, edad en la que estaba convencido de que la literatura era la labor más valiosa, el tesoro de una élite, aquello que a unos pocos nos hacía superiores al resto de los hombres. Fue en ese momento en que leí Los detectives salvajes, novela que recibió el Premio Herralde y el Rómulo Gallegos, y en la que, también, se narra un viaje (o varios) de dos aspirantes a escritores en busca de una figura mítica pertenecientes al llamado «infrarrealismo». Asimismo, mi viaje a Chile para el Congreso Literario “Estrella Distante a diez años de la muerte de Roberto Bolaño”, que se llevó a cabo entre el 15 y 18 de julio en tres ciudades de Chile, fue mi propio ritual iniciático no con el objeto de convertirme en poeta o novelista, sino en una tarea igual de noble pero, todavía, infravalorada o desconocida por la mayoría: crítico literario. Más de noventa ponentes —yo incluido— compartieron sus investigaciones críticas sobre la obra del autor. Predominaron, claro está, los trabajos sobre sus más conocidas novelas (2666 y Los detectives salvajes), aunque también hubo sorpresas como ponencias sobre novelas poco estudiadas (como Monseiur Pain, que fue el tema del profesor Luis Alfredo Álvarez de la UCAB), la cuentística (de la que yo leí una breve ponencia), como también de un área un poco olvidada aunque para el propio Bolaño tuvo importante valor: su poesía. Fue en la mesa sobre ese tema donde se vivió el mayor debate entre fanáticos bolañenses y críticos más «objetivos». Allí, uno de los ponentes afirmó, de manera tajante, que la poesía de Bolaño era «mala». Aunque la sesión de preguntas después de cada mesa de ponencias era de cinco minutos, la de esta se extendió. Insultos intelectuales («No hay poesía malo sino malos lectores»), voces confusas entre gritos de los asistentes; y el organizador, cerca de mí, sonriendo por lo sucedido. «Esto es lo que Bolaño esperaría de un congreso sobre él», me dijo.

También tuvimos el placer de escuchar a la profesora Celina Manzoni, una de las primeras académicas en abordar críticamente la obra de Bolaño (antes de su fama). Desde su humildad, y su apariencia de abuela consentidora aconsejó a los nuevos investigadores del área que leyeron sus ponencias.

Pero quizá el verdadero Congreso, o el Congreso que Bolaño hubiese disfrutado, se dio fuera del evento. Como en cualquier acontecimiento de esta índole, existen profesores cuyo interés no radica tanto en compartir sus investigaciones como en conseguir algún «discípulo» con quien disfrutar el final de cada jornada. Ya Roberto Bolaño nos da un pequeño atisbo de esto en las dos primeras partes de su novela 2666, en la cual los críticos de otra figura mítica (Benno Von Archimboldi) se acuestan entre ellos. No es de extrañar que en un evento de esta índole, los críticos «perfomatizaran» las obras ficticias de su homenajeado. Aunque yo no me acosté con ninguna experta en Bolaño, sí fui invitado, en varias ocasiones, a cenar e ir al teatro con alguien cuyo nombre me reservo porque, por suerte, me envía libros que en Caracas no puedo conseguir. Eso también lo aprendí de Bolaño.

Vuelvo a Viña del Mar. Es el segundo día del evento. Todavía no me ha tocado leer mi ponencia. Esta noche, solo escucho a Carmen Pérez de Vega hablar. ¿Qué papel cumple ella dentro de un evento crítico donde profesores con más doctorados que amores debaten utilizando las últimas teorías de vocabulario exquisito pero de utilidad ridícula? De manera calmada, empezó a hablar. A escondidas, varios grabamos sus palabras. Entre anécdotas y, de manera disimulada atacando a la esposa de Bolaño (las peleas de amores y herencias que deja un escritor luego de morir son temas de combustión lenta, tal vez demasiada), hizo lo que pocos invitados (solo, quizá, el que desvalorizó la poesía de Bolaño) se atrevieron: desmitificar la figura de Roberto Bolaño. Además de borrar su imagen como drogadicto, recordó que se ha dicho, tanto en prensa como en textos académicos, que hasta el último minuto de su vida, el escritor chileno trabajó en su gran novela 2666. Pues no. Semanas antes había dejado de escribir. Decidió pasar el tiempo con sus hijos y con ella. Cierto o no, algo en él ya le hacía presentir que iba a morir. ¿Y qué decisión tomar? Se habrá preguntado. Dedicarse a la literatura —y quizá haber dejado un poco más completa su última novela—, o disfrutar de las últimas semanas con la mujer que amó. Aparentemente, fue esta última su escogencia. Por supuesto, Carmen podría estar mintiéndole a la audiencia, buscando mayor reconocimiento a su persona (y codiciando la herencia que pasó a manos de la esposa legal de Bolaño). Pero prefiero creer en su palabra, necesito creer que Bolaño escogió a su amada sobre la literatura. Así yo, cada noche después del Congreso, cansado de escuchar tanta teoría, crítica, análisis y palabras rimbombantes, llegaba a mi habitación en el hotel, encendía mi laptop y me quedaba, hasta tarde, skypeando con mi ahora ex. Así terminaba cada una de mis noches después del coloquio sobre la obra del escritor chileno. Y así terminó su vida Bolaño. Tras años de enfocarse en ampliar su corpus literario decidió que sus últimos días debía dedicárselos a su mayor obra: él mismo. Y después de estar tres días en este agotador Congreso, y luego de conocer más la obra y a la persona que fue Bolaño, sé que quiero dedicarme a la literatura. Pero también quiero dedicarme a mí. A los diecinueve años pensaba que no había nada más grande que la palabra poética, que solo de ella podría vivir.

Ahora, lo dejo en duda. Bolaño, en apariencia, hizo lo mismo.

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Un congreso con la amante de Bolaño

Sobre el autor:

Alejandro Arturo Martínez (@alexm) es licenciado en Letras (UCAB, Venezuela), magíster en Ética (UAH, Chile) y actualmente estudiante de doctorado en el departamento de Español y Portugués de Princeton University. Ha colaborado para distintas revistas en América Latina y Estados Unidos.

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