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Una mujer es una mujer

por · Marzo de 2016

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Apuntes y subrayados de Susan Sontag. La entrevista de Rolling Stone (Ediciones UDP).

UNO. Por definición, hay un tipo de periodismo que teme o derechamente reprime el uso de la digresión, ese momento en que el ritmo azaroso de la conversación eleva un tema hasta su ramaje, alcanzando una lectura más lúcida de los asuntos en tensión, algo que ya hacía Sócrates en los diálogos de Platón. La buena noticia es que Susan Sontag. La entrevista de Rolling Stone (Ediciones UDP) abusa del mecanismo y el resultado es explosivo.

Su autor, el periodista Jonathan Cott, que recién en 2013 publicó las doce horas de conversación que sostuvieron a finales de los 70, explica en el prólogo que ella y el pianista Glenn Gould son sus únicos entrevistados que no hablan con frases, «sino con párrafos expansivos y mesurados», lo que resulta en una especie de entrevista-río con una pensadora dispuesta a echar abajo convenciones («Una de las primeras cosas que debiera hacer una buena sociedad es permitir que la gente sea marginal») e ideas de todo tipo («Adoro el rock and roll —dice Sontag—. El rock and roll cambió mi vida… Creo que fueron Bill Haley & His Comets y Chuck Berry quienes me llevaron a tomar la decisión de pedir el divorcio, dejar el mundo académico y empezar una nueva vida»).

DOS. Si una novela siembra la rebeldía en sus lectores, digamos, facilitando la idea de concebir otras realidades posibles, como el personaje de Madame Bovary, que lee novelas y comienza a querer vivir más y plenamente; las entrevistas, cuando son hechas con oficio, enseñan al lector que el mundo es más difícil de lo que parece, que las cosas pueden ser de una manera y de otra también. Entonces las palabras muestran lo complejo de la realidad, algo que podríamos llamar el matiz, desmintiendo las respuestas que son siempre absolutas, un tema central en Sontag. En el caso de las entrevistas —insisto: cuando están bien hechas—, plantean un problema y lo representan de una forma esclarecedora para el lector. Muestran que siempre hay elementos que escapan a la racionalización de la experiencia humana, que hay puntos que son distorsionadores de la realidad, y en eso se parecen a la buena literatura. Uno lee a Proust, por ejemplo, y descubre una dimensión de lo humano en la memoria. Uno lee a Tolstói y su descripción de la guerra, y lo que comienza como un conflicto entre buenos y malos, avanza sobre la destrucción de valores hasta convertirse en una serie de injusticias que entendemos solo leyendo a Tolstói, o, para decirlo a la manera de Vargas Llosa, lo entendemos mejor que leyendo a cualquier historiador de las guerras napoleónicas. En esa línea, este libro de paladeo lento y generoso discurrir de ideas pertenece a la casta de lecturas que tocan y emplazan a sus lectores.

TRES. Pienso que lo mejor de las entrevistas, y que Susan Sontag. La entrevista de Rolling Stone tiene de sobra, son los pasajes en que descubrimos al entrevistado pensar. Puede sonar de sentido común, pero no es algo usual en un género donde predomina la autopromoción y la flojera. Hacer pensar a un entrevistado se consigue recién cuando le preguntan algo, aparentemente, por primera vez. Lo que, en el caso de Sontag, viene a configurar una especie de autobiografía (así entendemos que este libro figure en la colección “Vidas ajenas”):

—¿Qué piensas de la tesis de Nietzsche de que la verdad no es más que la solidificación de viejas metáforas? Lo dice cuando habla de cómo los estereotipos y los clichés se convierten en la verdad del mundo.

—Bueno, esa es la verdad en un sentido irónico. Tal vez sea una limitación mía, pero no puedo entender la verdad sino como la negación de la falsedad. Siempre descubro lo que creo que es verdadero viendo alguna otra cosa que es falsa. El mundo está básicamente lleno de falsedad, y la verdad es algo que surge del rechazo de la falsedad. En cierto sentido, la verdad es algo bastante vacío, pero ya es una liberación fantástica poder deshacerse de la falsedad. Tomemos la cuestión de las mujeres. La verdad acerca de las mujeres es que todo el sistema de valores patriarcal, o como quieras llamarlo, es falso y opresivo. La verdad es que eso es falso.

—El ethos patriarcal planteó durante siglos que las mujeres eran la negación de los hombres.

—Planteó que eran inferiores. La idea básica es que las mujeres son mejores que los niños y menos que los hombres. Son niños mayores con el encanto y el atractivo de los niños.

—Siempre me impresionó que el mundo que se les asignó a las mujeres fue el mundo de los gritos y susurros —para usar el título de la película de Ingmar Bergman—, no el del pensamiento dialéctico.

—Nuestra cultura les asignó el mundo de los sentimientos, porque el mundo de los hombres se define por la acción, la fuerza, la habilidad ejecutiva y la capacidad para el desapego. Por lo tanto, las mujeres se convierten en depósitos de sentimiento y sensibilidad. Esta sociedad concibe las artes como actividades básicamente femeninas, cosa que sin duda no ocurrió en el pasado, y eso porque los hombres, antes, no se definían tanto a sí mismos por la represión de las mujeres. Una de mis cruzadas más antiguas apunta contra la distinción entre pensamiento y sentimiento, que en realidad es la base de toda visión antiintelectual: el corazón y la cabeza, pensar y sentir, fantasía y juicio… Yo no creo que eso sea cierto. Tenemos más o menos el mismo cuerpo, pero tipos de pensamiento muy diferentes. Creo que pensamos mucho más con los instrumentos que nos proporciona la cultura que con nuestros cuerpos; de ahí la gran diversidad de pensamientos que hay en el mundo. Tengo la impresión de que pensar es una forma de sentir y sentir una forma de pensar.

CUATRO. Sabemos algunas cosas de Susan Sontag, que entendía el presente con la lucidez de una lectora adelantada y desde una capacidad de observación bien calibrada («Eso es lo que hacen los escritores —dice Sontag—: prestar atención al mundo»). Sabemos que previamente había publicado Sobre la fotografía y que le preocupaba profundamente la forma en que la imagen consume el espacio que el público tiene para pensar. David Rieff, su hijo y compilador de sus diarios, contaba que escribía más cuando estaba descontenta que cuando se sentía bien. Pero Susan Sontag era, por sobre todo, alguien que no se cansaba nunca de pensar, alguien que encarnó la esencia del intelectual, alguien capaz de escribir sobre distintas áreas del saber y guiar esas mismas discusiones hasta la esfera pública («Me gusta el diálogo —explica Sontag— y sé que mucho de lo que pienso es producto de conversaciones. De cierto modo, lo más duro de escribir es que estás solo y debes entablar una conversación contigo mismo, una actividad que es fundamentalmente antinatural. Conversar me da la posibilidad de saber qué pienso»).

Otro tema que llama la atención en la conversación con Sontag es su rechazo constante al conformismo y una punzante sensibilidad y fuerza para sabotearse a sí misma: «Lo más terrible —explica Sontag— sería sentir que estoy de acuerdo con las cosas que ya he dicho y escrito; eso me haría sentir muy incómoda porque significaría que he dejado de pensar».

CINCO. Entre medio, descubrimos algo gravitante: cómo la autora de Contra la interpretación se desplaza por la alta y baja cultura aplanando conceptos áridos con naturalidad: «Cuando voy a un concierto de Patti Smith —dice Sontag— me gusta, participo, lo disfruto y lo experimento más intensamente porque he leído a Nietzsche».

SEIS. En el libro de Jonathan Cott, que fue traducido al español por el escritor argentino Alan Pauls, hay una escena muy notable de profesoras de pensar progresista y actuar machista, que condensan lo que llamaremos el feminismo en Sontag:

La otra noche viví una situación con David [Rieff, su hijo]; fuimos a la Universidad de Vincennes, donde me habían invitado a asistir a un seminario, y después del seminario David, yo y otras cuatro personas fuimos a tomar café, y resultó que las cuatro personas del seminario eran mujeres. Nos sentamos a la mesa, y una de las mujeres le dijo a David en francés: «¡Pobre de usted, sentado a una mesa con cinco mujeres!». Y todo el mundo se rió. Y yo les dije a las mujeres, que eran todas profesoras en Vincennes: «¿Se dan cuenta de lo que están diciendo, de la baja opinión que tienen de ustedes mismas?». Quiero decir: ¿se imagina usted una situación en la que una mujer estuviera sentada con cinco hombres y uno de los hombres dijera: «¡Pobre de usted, sentada con cinco hombres, sin otra mujer que le haga compañía!». La mujer se sentiría honrada.

SIETE. A la manera de Richard Rorty, y ya para cerrar estos apuntes, el logro de este libro se debe a la coincidencia entre las obsesiones personales del entrevistador y de Rolling Stone, que encargó la entrevista y supo mezclar el ideario político de fines de los 60 con la música que hizo explotar las mentes y corazones de los jóvenes, lo que la convirtió en el lugar para retratar a los protagonistas de los cambios. Todo eso impactó de lleno con las obsesiones de una sociedad atravesada por las críticas de Sontag, y el perfil exacto de una articuladora de teorías en primera persona, una pensadora pop que supo capturar los signos de los tiempos.

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Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone
Jonathan Cott (traducción de Alan Pauls)
Ediciones UDP, 2014
138 p. — Ref. $10.000

Una mujer es una mujer

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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