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Cuando las instituciones violan a las naciones

por · Abril de 2016

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Dos mundos colisionan en una suite de lujo. Algunas reflexiones sobre el FMI, la injusticia mundial, y un extraño en un tren.

¿Cómo puedo contar una historia que ya conocemos demasiado bien? Ella se llamaba África. Él, Francia. Él la colonizó, la explotó, la calló, e incluso, décadas después de que se suponía que habían terminado, él aún se entrometía en la resolución de los asuntos de ella en lugares como Costa de Marfil, un nombre que le habían dado por sus productos de exportación, no por su propia identidad.

Su nombre era Asia. El suyo, Europa. Ella se llamaba Silencio. Él, Poder. El nombre de ella era Pobreza. El de él, Riqueza. Su nombre era Ella, pero ¿qué era suyo? El nombre de él era suyo, y presumía de que todo era suyo, incluyendo Ella, y pensaba que podía poseerla sin preguntar y sin consecuencias. Era una historia muy antigua, aunque sus resultados han ido cambiando un poco en las últimas décadas. Y esta vez las consecuencias están remeciendo una gran cantidad de cimientos, que claramente debían ser sacudidos.

¿Quién escribiría una fábula tan obvia, tan torpe como la historia que acabamos de presentar? La cabeza extraordinariamente poderosa del Fondo Monetario Internacional (FMI), una organización global que ha creado pobreza masiva e injusticia económica, supuestamente asaltó a una camarera de hotel, inmigrante africana, en la lujosa suite de un hotel en Nueva York.

Dos mundos colisionaron. En otra época, la palabra de ella habría sido nula en contra de la de él y ella no habría podido ni presentar cargos, y la policía no habría investigado y habría escoltado a Dominique Strauss-Kahn hasta su avión a París. Pero lo hizo, y lo hicieron, y ahora él está bajo custodia, y la economía de Europa ha recibido un fuerte golpe, y la política francesa está patas arriba, y esa nación se tambalea mientras hace un examen de conciencia.

¿En qué estaban pensando, quienes decidieron darle esta posición singular de poder [a DSK], a pesar de todas las historias y las pruebas de tanta perversidad? ¿Qué estaba pensando él cuando decidió que podía salirse con la suya? ¿Acaso pensó que estaba en Francia, donde al parecer lo hizo, salirse con la suya? Ahora, una joven dice que él la asaltó en 2002 y que presentó cargos, pero su madre la convenció de retirarlos, y ella estaba preocupada por el impacto que podría tener en su carrera periodística (mientras que su propia madre aparentemente estaba más preocupada por la carrera de él).

Y el periódico The Guardian informa que estas historias, «han añadido peso a las acusaciones de Piroska Nagy, una economista de origen húngaro, quien acusa que el director del fondo la sometió a un acoso sostenido cuando ella trabajaba en el FMI, y que la dejó con la sensación de que no tenía más remedio que aceptar dormir con él en el Foro Económico Mundial de Davos en enero de 2008. Ella alegó que él la llamaba y le escribía persistentemente con el pretexto de hacerle preguntas sobre [su área de especialidad,] la economía de Ghana, pero que pasaba a un lenguaje sexual y la invitaba a salir».

En algunas versiones, la mujer que acusó a Strauss-Kahn en Nueva York es de Ghana, en otras es una musulmana de la vecina Guinea. Un titular de la generalmente afable BBC decía: «Ghana – Prisionera del FMI», en un informe que documenta la manera en la que las políticas del FMI habían destruido la seguridad alimentaria de esa nación productora de arroz, al forzarla a abrir su mercado al arroz barato de los Estados Unidos, lo que mandó a la mayor parte del país a la pobreza extrema: todo se había convertido en productos por los que había que pagar, desde el uso de un baño hasta conseguir un balde de agua, y muchos no podían pagar. Tal vez hubiera sudo demasiado perfecto, si ella fuera una refugiada de las políticas del FMI en Ghana. Guinea, en cambio, se liberó de la garra del FMI gracias al descubrimiento de grandes reservas de petróleo, pero sigue siendo un país sumamente corrupto y de gran disparidad económica.

Proxenetas del Norte

A los biólogos evolucionistas solía gustarles el axioma: «La ontogenia recapitula la filogenia», o que el desarrollo del individuo embriónico repite el desarrollo de la evolución de su especie. ¿La ontogenia de este supuesto asalto refleja la filogenia del Fondo Monetario Internacional? Después de todo, la organización fue fundada a finales de la Segunda Guerra Mundial como parte de la famosa conferencia de Bretton Woods, que impondría las visiones económicas de los Estados Unidos al resto del mundo.

El FMI estaba destinado a ser una institución de préstamos para ayudar a los países en desarrollo, pero para la década de 1980 se había convertido en una organización con una ideología: el libre comercio y el fundamentalismo del libre mercado. Sus préstamos se utilizarían para obtener un enorme poder sobre las economías y las políticas de las naciones de todo el sur global.

Sin embargo, si el FMI ganó poder a lo largo de la década de 1990, ha empezado a perder ese poder en el siglo XXI, gracias a una fuerte resistencia popular a las políticas económicas que encarna y el colapso económico que ocasionan esas políticas. Strauss-Kahn fue contratado para rescatar los restos de una organización que, en 2008, tuvo que vender sus reservas de oro y reinventar su misión.

Ella se llamaba África. Él, FMI. Él la preparó para ser saqueada, para no recibir atención de salud, para morir de hambre. Él la arrasó para enriquecer a sus amigos. Ella se llamaba Sur Global. Él, Consenso de Washington. Pero la racha de victorias de él se estaba acabando y la estrella de ella empezaba a vislumbrarse.

Fue el FMI quien creó las condiciones económicas que destruyeron la economía de Argentina en 2001, y fue la revuelta contra el FMI (entre otras fuerzas neoliberales) lo que impulsó el renacimiento de América Latina en la última década. Se piense lo que se piense de Hugo Chávez, fueron los préstamos de Venezuela lo que le permitió a Argentina pagar sus préstamos al FMI para que pudiera establecer sus propias políticas económicas.

El FMI es una fuerza depredadora, abriendo las economías de los países en desarrollo a las agresiones económicas de las corporaciones transnacionales del rico y poderoso Norte. Es su proxeneta. Tal vez lo sigue siendo. Sin embargo, desde que las manifestaciones anticorporaciones de Seattle de 1999 encendieran el movimiento global, ha habido una rebelión en contra del Fondo, y esas fuerzas han ganado en América Latina, han cambiado el marco lógico de todos los debates económicos para venir a enriquecer nuestra imaginación cuando se trata de economías y posibilidades.

Hoy, el FMI es un desastre, la Organización Mundial del Comercio está opacada, el TLCAN casi universalmente vilipendiado, el Área de Libre Comercio de las Américas cancelado (aunque los acuerdos bilaterales de libre comercio siguen), y gran parte del mundo ha aprendido mucho del curso intensivo en Política Económica de la década [de 1990].

Extraños en un tren

El New York Times informó así: «A medida que entendemos el impacto de la situación del Sr. Strauss-Kahn, los medios de comunicación comenzaron a revelar historias durante mucho tiempo reprimidas o anónimas, de lo que llamaron el comportamiento previo depredador del Sr. Strauss-Kahn hacia las mujeres y su persecución sexual de ellas, desde estudiantes y periodistas hasta subordinadas».

En otras palabras, él había creado una atmósfera que era incómoda o peligrosa para las mujeres, lo que hubiera sido algo distinto de haberse tratado de una pequeña oficina. Pero que un hombre que controla una parte de la suerte del mundo, aparentemente se dedicara de forma activa a generar miedo, miseria e injusticia a su alrededor, dice algo sobre nuestra especie y los valores de las naciones e instituciones que toleraron su comportamiento y el de hombres como él.

En los Estados Unidos tampoco escasean los escándalos sexuales y el olor de la arrogancia; pero por lo menos son consensuados (por lo que sabemos). El director del FMI es acusado de asalto sexual. Si este término lo confunde a usted, olvídese de la palabra «sexual» y concéntrese en «asalto», en la violencia, en la negativa a tratar a alguien como ser humano, en la negación de los más básicos derechos humanos, el derecho a la integridad corporal y la seguridad personal. «Los derechos del hombre» era una de las grandes frases de la Revolución Francesa, pero siempre ha sido cuestionable si incluye los derechos de las mujeres.

Los Estados Unidos tienen cien millones de defectos, pero me siento orgullosa de que la policía le haya creído a esta mujer y de que ella tendrá su día en la corte. Me complace no estar esta vez en un país que decide que la carrera de un hombre poderoso o el destino de una institución internacional sean más importantes que esta mujer y sus derechos y su bienestar. Esto es lo que entendemos por democracia: que todos tienen una voz, que nadie se sale con las suyas sólo por su riqueza, su poder, su raza o su género.

Dos días antes de su arresto, Strauss-Kahn, al parecer, salió desnudo de su cuarto de baño de hotel; había una gran manifestación en la ciudad de Nueva York. «Hagamos que Wall Street pague» era el lema y los trabajadores sindicalizados, los radicales, los parados, y otros —20.000 personas— se reunieron para protestar por el asalto económico en este país, que está creando tanto sufrimiento y privación para muchos, y riqueza obscena para unos pocos.

Yo estaba ahí. En el vagón de regreso a Brooklyn, un hombre de la edad de Strauss-Kahn le había metido mano a la más joven de mis tres compañeras. Al principio, ella pensó que se habían golpeado accidentalmente. Eso fue antes de que ella sintiera la mano de él en las nalgas, y me dijo algo, como lo hacen las mujeres jóvenes a menudo, tentativamente, en silencio, como si tal vez no estuviera sucediendo eso o que no fuera del todo un problema.

Finalmente, ella lo miró con rabia y le dijo que se detuviera. Por un momento, recordé mis años de joven de diecisiete años en París y cuando algún imbécil me agarró el culo. Tal vez fue mi momento más americano en Francia, cuando era un país de agarraculos; y digo americano porque llevaba tres toronjas, una compra preciosa si tomamos en cuenta la pequeñez de mis fondos, y se las arrojé, una tras otra, al sinvergüenza, como pelotas de béisbol, por la satisfacción de verlo escabullirse en la noche.

Su acción, como tanta violencia sexual contra la mujer, estaba destinada sin duda a ser un recordatorio de que este mundo no era mío, que mis derechos —mi Libertad, mi Igualdad y mi Fraternidad, si se quiere— no importaban. Excepto que yo lo había hecho correr bajo un aluvión de fruta. Y a Dominique Strauss-Kahn lo bajaron de un avión para hacerlo responder a la justicia. Sin embargo, que una amiga mía fuera manoseada de camino a casa después de una marcha por la justicia deja en claro lo mucho que todavía hay por hacer.

Los pobres mueren de hambre mientras los ricos se tragan sus palabras

Lo que hace tan resonante el escándalo sexual que estallara la semana pasada es la forma en que el presunto agresor y la víctima representan relaciones mayores alrededor del mundo, comenzando con el asalto del FMI sobre los pobres. Ese asalto es parte de la lucha de clases de nuestra era, en la que los ricos, y sus representantes en los gobiernos, han tratado de engrandecer sus propiedades a expensas del resto de nosotros. Los países pobres y en desarrollo del mundo pagaron primero, pero el resto de nosotros estamos pagando ahora, a medida que las políticas y el sufrimiento que imponen llegan a nosotros a través de medidas económicas de derecha que avasallan a los sindicatos, los sistemas de educación, el medio ambiente y los programas sociales para discapacitados y adultos mayores, en el nombre de la privatización, el libre mercado y los recortes de impuestos.

En una de las apologías más notables de nuestra época, Bill Clinton —quien tuvo su propio escándalo sexual alguna vez— dijo ante las Naciones Unidas en el Día Mundial de la Alimentación en octubre de 2008, cuando la economía mundial se desmoronaba: «Necesitamos que el Banco Mundial, el FMI, todas las grandes fundaciones y todos los gobiernos admitan que, desde hace 30 años hemos estado metiendo la pata, incluyéndome a mí cuando yo era presidente. Nos equivocamos al creer que los alimentos eran otro producto para el comercio internacional, y todos tenemos que volver a una forma más responsable y sostenible de agricultura».

Y lo dijo aún más duramente el año pasado: «Desde 1981, los Estados Unidos han seguido una política, hasta el año pasado, más o menos, cuando empezamos a repensarlo, por la que los países ricos que producimos una gran cantidad de alimentos debemos vendérselos a los países pobres y liberarlos de la carga de producir sus propios alimentos, para que, gracias a la bondad, puedan saltar directamente a la era industrial. No ha funcionado. Puede que haya sido bueno para algunos de mis agricultores de Arkansas, pero no ha funcionado. Fue un error. Fue un error en el que yo participé. No estoy señalando con el dedo a nadie. Lo hice. Tengo que vivir cada día con las consecuencias de la pérdida de capacidad de los agricultores en Haití de producir una cosecha de arroz para alimentar a sus familias, a causa de lo que hice».

La admisión de Clinton estaba a la altura de la que hiciera en 2008 el ex presidente del Banco Reserva Federal, Alan Greenspan, en el sentido de que la premisa de su política económica estaba equivocada. Las mencionadas políticas y las del FMI, del Banco Mundial, y las de los fundamentalistas del libre comercio han creado pobreza, sufrimiento, hambre y muerte. Hemos aprendido, la mayoría de nosotros; y el mundo ha cambiado notablemente desde los días en que los que se oponían el fundamentalismo del libre mercado eran etiquetados como «retrógradas analfabetos, sindicatos proteccionistas o yuppies queriendo volver a 1960», en las mortales palabras de Thomas Friedman, que después debieron comerse.

Algo notable ocurrió luego del devastador terremoto de Haití el año pasado: el FMI bajo Strauss-Kahn intentó utilizar la vulnerabilidad de ese país para obligarlo a aceptar nuevos préstamos con las condiciones habituales. Los activistas reaccionaron a un plan que estaba garantizado que aumentaría el endeudamiento de un país ya en crisis por el tipo de políticas neoliberales por las que Clinton se disculpó tardíamente. El FMI parpadeó, dio un paso atrás, y accedió a cancelar la deuda existente de Haití con la organización. Fue una victoria extraordinaria para el activismo informado.

Poderes de los sin poder

Parece como si una camarera de hotel podría acabar con la carrera de uno de los hombres más poderosos del mundo, o mejor dicho, que podría acabarla él mismo por dar por descontados los derechos y la humanidad de esa trabajadora. Más o menos lo mismo le pasó a Meg Whitman, la multimillonaria de E-Bay que se postuló para gobernadora de California el año pasado. Ella se subió al tren de los conservadores atacando a los inmigrantes indocumentados, hasta que se descubrió que ella misma había empleado a una, Nicky Díaz, como ama de llaves.

Cuando, después de nueve años, tener a una inmigrante se había convertido en algo políticamente inconveniente, despidió a la mujer abruptamente, afirmando que ella no sabía que su empleada fuera indocumentada, y se negó a pagarle su salario final. En otras palabras, Whitman estaba dispuesta a gastar 140 millones de dólares en su campaña, ¡pero tiró por la borda su carrera política, en parte, por una deuda de 6.210 dólares en salarios no pagados!

Díaz dijo: «Sentí que me estaba tirando como un pedazo de basura». La basura tenía una voz, y el Sindicato de Enfermeras de California se encargó de amplificarla, y California se libró de la dominación de una multimillonaria, cuyas políticas han brutalizado aún más a los pobres y a la empobrecida clase media.

La búsqueda de la justicia para un ama de llaves indocumentada y una camarera de hotel inmigrante son los microcosmos de la guerra mundial de nuestro tiempo. Si Nickie Díaz y la batalla sobre los préstamos del FMI del año pasado a Haití demuestran algo, es que el resultado es aún incierto. Podremos haber ganado algunas escaramuzas, pero la guerra continúa. Todavía queda mucho por saber acerca de lo que sucedió en esa suite de hotel en Manhattan la semana pasada, pero lo que sí sabemos es esto: se está librando una verdadera guerra de clases en nuestro tiempo, y la semana pasada, un así llamado socialista se puso en el lado equivocado de la misma.

Él se llamaba Privilegio, pero ella era Posibilidad. La de él era la misma historia de siempre, pero la de ella era nueva, y hablaba de la posibilidad de cambiar una historia aún inconclusa, que nos incluye a todos nosotros, que es sumamente importante, y que vamos a ver, a hacer y a comentar por muchos años.

Cuando las instituciones violan a las naciones

Sobre el autor:

Rebecca Solnit es escritora, ensayista y autora, entre otros libros, de Wanderlust: a history of walking, A field guide to getting lost y A California bestiary.

 
 

 

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