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Solo los amantes sobreviven: una aproximación a la poética de Jim Jarmusch

por · Abril de 2016

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1. Cinestesia

Desde los primeros días del cine, la música ha operado como un componente esencial que, junto con el trabajo subterráneo de directores fotografía y actores, vestuario, escenografía, luces, tramoyas y otros, articulan esa compleja filigrana cuyo resultado son imágenes en movimiento que, de un tiempo a esta parte, transformaron nuestra forma de mirar el mundo y las cosas. Si la literatura moderna, con el monólogo de la conciencia, introduciría la idea del desorden esencial de la vida, la dificultad de las palabras para articular una narración coherente frente a un pensamiento que se nos presenta como un remolino o una tromba marina, el cine —me arriesgaría a decir— instalaría, y en plena coherencia con el proyecto de la modernidad, la noción de imagen móvil, la posibilidad de experimentar la vida como pequeñas cápsulas.

Con la transformación de la industria cultural, la aparición de Hollywood, entre otros, a los viejos «scores» o música incidental emergieron los «soundtracks»: ahí tenemos el ejemplo de Mogwai, cuya discografía se abulta —a veces, creo, de forma inútil— a punta de creaciones realizadas para documentales o películas. O Bernard Hermann, que trabajó con pesos pesados como Hitchcock o Scorsese, con resultados que cualquier fanático de la música podría apreciar como objetos con un valor en sí mismo: las suaves trompetas que acompañan el tedio del exconvicto en una Nueva York podrida o los violines pánicos que comandan la tensión de Psicosis, por nombrar algunos. El punto, en fin, es que esas creaciones funcionan, en algunos casos, como piezas independientes del conjunto total para el que originalmente fueron concebidos

2. Jarmusch: patchwork pop y la comunicación imposible

Jim Jarmusch, director ícono del cine independiente norteamericano, un maníaco de cada uno de los detalles que componen esas películas tan extrañas y adorables como Mistery train, Ghost dog: the way of the Samurai o su más reciente Only lovers left alive, ha procurado, con el fervor de un melómano, que cada una de sus cintas tengan un sello musical identificable. Y así, tenemos el jazz en esa oda al lo-fi que es Permanten vacation, el hip-hop a cargo de uno de los miembros de Wu-Tang Clan en Ghost dog, las guitarras desérticas de Neil Young en Dead man o esa colaboración, al parecer trascendental en su carrera creativa, con Josef van Wissem, en su lectura en clave pop del cine de vampiros. Sumémosle a esto las colaboraciones que distintos músicos le han prestado en papeles tanto principales como secundarios en sus cintas: Tom Waits, Screamin’ Jay Hawkins, Joe Strummer o Iggy Pop, por nombrar a los más conocidos.

Jarmusch, sabemos, estudió literatura inglesa y formó parte de algunas publicaciones independientes durante sus años de universitario. De ahí que, a lo anterior, nos encontremos con una serie de títulos de las culturas más diversas en la mayoría de las películas: desde Los cantos de Maldoror hasta La broma infinita, pasando Rashomon o los códigos de ética samurái. Lo que el director hace a través de toda su filmografía es, me parece, un gran patchwork pop que se esfuerza, de forma muchas veces exitosa, diluir esa vieja frontera entre alta y baja cultura, a través de narraciones sencillas, llenas de diálogos inteligentes e irónicos al mismo tiempo, como si en cada conversación se solaparan distintos textos en una gran parodia. Esto, creo, lo emparenta un poco a directores como los hermanos Coen o los delirantes documentales de Werner Herzog, pero también con las primeras incursiones de Kevin Parker (estoy pensando en Clerks) o Richard Linklater, cuya Slacker, sospecho, dialoga directamente con la poética de Jarmusch: podemos leerla como una simple deriva en torno a un pequeño pueblo norteamericano o densificar la lectura para encontrarnos con citas a las estrategias oblicuas de Brian Eno.

«Lo que me molesta de Tarantino», dice en una entrevista, «aunque algunas cosas de su cine me gusten, es que siempre le ha faltado el respeto tanto a los films como a los hombres en los que se ha inspirado». Kapuscinski, otro que entiende que la formación de cualquier tipo es necesariamente un diálogo entre lo que la academia coloca en las altas cimas de un canon como los titulares de un diario, dice: «Si uno desea conferir a su escritura una cualidad cubista, ha de enriquecerse. Incorporo citas para dejar que resuenen otras voces, invito a otros a hablar en mis textos. A veces uno cree haber hecho un descubrimiento». De ahí que las referencias aparecen de forma más que explícita en sus películas, sin miedo al remake sino más bien incorporándolo como un mecanismo que posibilite la generación de nuevos textos e imágenes. Tal como se ha dicho que Buckley hizo completamente suya la canción “Alleluyah” y Johnny Cash transformó “Hurt” en su propia elegía, Jarmusch va y toma de la gran biblioteca de la cultura, en su más amplio sentido, las herramientas con las que armar sus films.

Podemos, entonces, adivinar la presencia de cierta fórmula: cada película lleva en la narración un sello particular en donde parece abrirse un espacio para una comunicación imposible. En otra entrevista el director contaría una anécdota que nos puede permitir entender esa clave: fanático total de Yasujiru Ozu, Jarmusch decía que a veces veía sus películas sin subtítulos para dejar que la cadencia de las imágenes, la potencia de los gestos, los encuadres, se enredaran en un tipo de lenguaje único que está al margen del guión. No es casualidad, por lo tanto, que en su obra desfile un sinfín de extranjeros que traspasan la barrera del idioma, como si el mito de Babel quedara completamente inútil: en una escena de Ghost dog, el protagonista, interpretado por Forest Whitaker, se encuentra en la azotea de un edificio con su amigo haitiano, un vendedor de helados que, a pesar de vivir en Estados Unidos, no habla una pizca de inglés. Allí se encuentran a un latino construyendo un barco en su terraza. Como en esos malos chistes a los que nos ha acostumbrado el humor nacional —había una vez un gringo, un francés y un latino, etc.—, los personajes establecen un diálogo de mudos que, sin embargo, desecha la lengua como vaso comunicante para dejar que los gestos, el sonido y la prosodia articulen otra forma de hablar. O las ciudades: Memphis, Chicago, París, Roma —¿aló, Fellini?—, Helsinki, Tánger. Desplazadas las barreras idiomáticas, el ojo del director se pasea por todo el globo mostrando las particularidades y mixturas de un mundo en donde los flujos migratorios se masifican, donde la conectividad y la masificación de la cultura van haciendo del planeta un lugar cada vez más estrecho.

3. Sqürl o una poética del ruido

Desde The limits of control, Jarmusch asumió además la tarea de musicalizar sus películas. La formación, que en un comienzo se llamó Bad Rabbit, contaba con la compañía de Cart Logan y Shane Stoneback. El sonido flirteaba con tradiciones musicales como el drone y el doom: pesadas texturas de guitarras, ritmos lentos y sostenidos. Pero ya para el estreno de su último largo daría el paso definitivo. Ahora, bajo el nombre de SQÜRL, Jarmusch y compañía vienen grabando algunos EP que solamente han numerado como #1, #2 y #3. Tributario de bandas como Earth, ciertos discos de los japoneses Boris y esa larga tradición que comienza con los riffs de Black Sabbath, SQÜRL es el soundtrack perfecto para un accidente automovilístico, una tormenta solar o la filmación saturada de una estación espacial siendo devorada por un agujero negro. Una poética de ruido, el fuzz e incluso lo glitch.

Así, no cuesta imaginarse que la obra de Jarmusch vaya hacia una especie de obra total, suerte de re-lectura del delirio wagneriano de poner todas las artes al servicio de una gran idea. En este caso, sin embargo, con todos los sentidos puestos en el presente como una acumulación de citas. Contra ese diagnóstico muchos veces lapidario de ciertos autores a la tendencia creciente a dejar la historia en un segundo plano, su poética, sin perder nunca de vista lo que está pasando aquí-y-ahora, indaga en las imágenes, y en la cultura diría, como si fuese un espejo que, al mirarnos en él, revelara en nuestro rostro la cara de nuestros ancestros, sus huellas. Lo suyo es, usando un recurso manoseado, un palimpsesto: capas que podemos rasgar para ir avanzando como en una exploración arqueológica.

4. Solo los amantes sobreviven

Ad portas de una nueva edición de Cannes, me entero que Jarmusch reaparece con dos nuevas producciones: un documental sobre Iggy Pop —Gimme danger– y Paterson. El primero vendría ser una confirmación sobre algo que ya veníamos diciendo: una pasión melómana por la música en su sentido más amplio, que en parte me recuerda a David Byrne o a Bowie: camaleones que han hecho de sus creaciones un dispositivo para ampliar los límites de lo posible al interior de sus campos específicos, sin temer a las veces rígidas cláusulas que ciertos formatos imponen. Un savoir faire que es al mismo tiempo una especie de goce insaciable, un movimiento perpetuo que podría asemejarse al de los cazadores furtivos.

En uno de los diálogos finales de Only lovers left alive, los protagonistas hablan sobre un concepto tomado de la física, the spooky action at a distance, algo así como acción fantasmal a distancia, que remite a un fenómeno en donde dos partículas que en condiciones iniciales se encontraban entrelazadas son separadas. La modificación de una de esas partículas, independiente de la distancia, provocará efectos similares en la otra. Eso, que en parte es el leitmotiv del film, podría explicar, retomando lo que comenté más arriba, la poética de Jarmusch: como si, en una lectura que se apega a aquellos siglos en donde ciencia, alquimia y poesía formaban parte de una sola sustancia, de un solo saber, intentase una suerte de nueva refundación, a contrapelo de la creciente tendencia hacia la parcelación del conocimiento, en donde un experimento científico pueda iluminar algo tan cotidiano como una relación amorosa. Pero también como operación epistemológica: como Pierre Menard, sus lecturas sobre el género vampiresco, el western o el noir son llaves que nos permiten acercarnos de otra forma a esos géneros, porque la repetición, en un contexto determinado, no es un plagio si sabemos leerlo con las claves del momento histórico en el que nos encontramos.

Diálogo abierto entre pasado y presente, relectura o parodia, eso da más o menos lo mismo. En la gran biblioteca de la cultura, de infinitas estanterías, polvo y moho, solo los amantes sobreviven.

Solo los amantes sobreviven: una aproximación a la poética de Jim Jarmusch

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández (@ensayo_error) es autor de Junkopia (Bifurcaciones), colaborador del sitio Loqueleimos.com y mantiene el blog lacitadeunacita.

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