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Ulises

por · Mayo de 2016

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El siguiente ensayo fue publicado originalmente bajo el nombre “Carta de París” en The Dial, Nueva York, el 6 de junio de 1922. Este año, casi un siglo después, acaba de ser traducido al español en Ensayos literarios (Tajamar Editores), un volumen con prólogo y selección de T. S. Eliot, que reúne la obra ensayística de Ezra Pound, el poeta y crítico del modernismo.

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Todos los hombres deberían «unirse para honrar a Ulises»; los que así no lo hicieren, que se contenten con ocupar un rango inferior en las órdenes intelectuales. No quiero decir que todo el mundo ha de honrarlo con un criterio uniforme; pero todos los cultores serios de las letras, sin importar si terminan publicando una crítica del libro o no, tendrán que formarse una por su propia conveniencia. Para comenzar con asuntos que están más allá de toda controversia, yo diría que Joyce ha tomado el arte de escribir en el punto en que lo dejó Flaubert. Ni con los Dublineses ni con el Retrato logró superar a Tres cuentos ni a la Educación. Pero con Ulises ha continuado un proceso iniciado en Bouvard y Pécuchet, lo ha llevado hasta un grado de mayor eficiencia, de mayor compactibilidad; se ha tragado completa La tentación de San Antonio, que ahora únicamente podría compararse con un solo episodio de Ulises. Esta obra está mejor estructurada que cualquier novela de Flaubert. Cervantes había parodiado a sus predecesores y puede ser admitido como punto de referencia para cotejar otra de las características de Joyce: su concisión. Pero mientras Cervantes satiriza una particular forma de insania y un género de expresión, rimbombante y pomposo, Joyce satiriza por lo menos setenta, y de paso incluye una reseña completa sobre prosa inglesa.

Los señores Bouvard y Pécuchet constituyen los pilares de la democracia; Bloom también representa la base de la democracia: es el hombre en la calle, el vecino, el público, no nuestro público, sino el público del señor Wells; para Wells, Bloom es el público de Hocking, es el homme moyen sensuel; y es también Shakespeare, y Ulises, y el Judío Errante, y el lector del Daily Mail, es el hombre que se cree en lo que lee en el diario, es Everyman, y el licencioso…

Una vez que hubo estudiado las costumbres provincianas en Bovary y las costumbres urbanas en la Educación, Flaubert se dispuso a completar su crónica sobre la vida en el siglo XIX, presentando una serie de cosas en las que el hombre corriente podía estar pensando. Joyce ha descubierto un sistema más expeditivo para compendiar y analizar. Una vez que Bouvard y su amigo se hubieron retirado al campo, el relato inconcluso de Flaubert decae, se arrastra. En Ulises puede ocurrir cualquier cosa de la manera más imprevisible: Bloom sufre de kata thumon, «todos los tipos alrededor husmeando por su hígado y sus luces»: es un polumetis y un receptor de todas las cosas.

Los personajes de Joyce no solo hablan su propio idioma, sino que piensan en su propio idioma. Así, Dignam se detuvo a contemplar el anuncio: «Dos diablillos en cueros, mostrando sus accesorios…»

«Va a ser un match sensacional, Myler Keogh, el individuo ese con la faja verde mostrando los puños. Las entradas, dos chelines; los soldados, medio. Será fácil escaparme sin que mamá me vea. ¿Cuándo es? El veintidós de mayo. Sí, ese maldito asunto ya se acabó […] Sí, el padre Conmee está fenomenal. Y los chicos, ¿qué tal les va por Belvedere? ¿Ah, sí? El padre Conmee se alegra mucho de saberlo. ¿Y el señor Sheehy? ¿Todavía en Londres? Ah, claro. La Cámara está sesionando. ¡Qué lindo tiempo estamos teniendo! ¿No? ¡Lindo, ya lo creo! Sí, seguro que el padre Bernard Vaughn va a volver a predicar. Oh, sí, todo un éxito. ¡Extraordinario!»

Más adelante el padre Conmee «se puso a reflexionar sobre la Divina Providencia, que puso la turba en lugares pantanosos para que se pudiera cavarla y transportarla a la aldea y al caserío para encender el fuego en los hogares necesitados».

No todos los dialectos son locales. En la página cuatrocientos seis leemos: «Elías llega. Llega lavado en la Sangre del Cordero. ¡Adelante, vengan, borrachos fermentados en vino, hervidos en ginebra, borrachines alcoholizados! ¡Vamos, malditos, cuellos gruesos, ceñudos, hocicos de cerdo, cerebros de maní, zopencos, ojos de comadreja, falsas alarmas y excesos de equipaje! ¡Adelante, extracto triple de la infamia! Alexander J. Christ Dowie, que fue palanqueado a la gloria por la mitad del planeta, desde la playa de San Francisco hasta Vladivostok. La Diosa no vale un cobre. Ya le dije que es un tipo de buena fe. Un negocio de primera, ¡algo grande! No lo olvides. Pude tu salvación a gritos al rey Jesús. Tendrás que levantarte temprano si quieres jugarle sucio al Todopoderoso. Ni medio. Lleva un brebaje para la tos mezclado con un poquito de ponche en el bolsillo trasero del pantalón. ¿Por qué no lo pruebas?»

Esa diversificación de dialectos permite a Joyce presentar el asunto y las características mentales rápidamente. No es más sucinto que el exhaustivo relato de Flaubert sobre Emma y su suegra, o de la descripción del padre Rouault, sintetizada en su última epístola a Emma, pero es más ágil que la reseña de las ideas de segunda mano de Bouvard y Pécuchet.

Presumo que Ulises es tan irrepetible como Tristam Shandy, con lo que quiero decir que no es posible hacerle un duplicado; no se lo puede tomar como modelo como podría hacerse con Madame Bovary; pero continúa algo que fue iniciado con Bouvard, perfeccionándolo, y se anexa de manera definitiva al acervo internacional de tecnología literaria.

Las novelas usuales, convencionales, por excelentes que sean, parecen interminables y sobrecargadas después de ver cómo Joyce se las arregla para sacar hasta la última gota de una situación, de una ciencia, de un estado de ánimo, ocupando para ello media página en «pregunta va, respuesta viene», tipo catecismo, en una diatriba à la Rabelais.

Rabelais está firmemente asentado, perdura, es demasiado sólido para que ningún detractor consiga disminuirlo. Era un peñasco que se alzaba contra las extravagancias de su era, contra la teología eclesiástica, y más enfáticamente aún, contra la ciega idolatría hacia los clásicos que se estaban poniendo de moda. Rechazó todo, completamente todo, dando pruebas de una altura que Joyce no ha podido alcanzar aún; pero no acude a mi memoria el nombre de otro prosista cuyo estatus proporcional en la panliteratura no haya sido afectado con el advenimiento de Ulises.

James (H.) habla con su propia y sonora voz aun cuando, a veces, sus personajes tendrían que estar usando las suyas. Joyce habla, si no la lengua de los hombres y de los ángeles, entonces, por lo menos sí aquel lenguaje de múltiples lenguas de los niños pequeños, de los predicadores callejeros, de los amables, de los groseros, de borrachines, de directores de funerarias, de Gertie McDowell y del señor Deasey.

Leemos a Proust y lo consideramos muy dotado; leemos a H. J. y tenemos la certeza de que lo es. Al comenzar la lectura de Ulises, se piensa, tal vez con justa razón, que Joyce no es tan talentoso, que es, de cualquier modo, menos grácil; y uno luego considera con cuánta maestría James y Proust expresan el ambiente que los rodea. Y sin embargo, la atmósfera en el episodio de Gerty-Nausikaa, con sus ecos de oficio de vísperas, está ciertamente logrado, y se transmite con una pericia y una propiedad que ni James ni Proust han superado jamás.

Y en el trecho final, cuando el autor experimenta el alivio de irse liberando del peso del libro que cargaba sobre sus espaldas, nos encontramos, no diríamos con toques acabados y sutiles, pero sí con tantos giros y volteretas y pruebas de acrobacia, verdaderos alardes de técnica, que sería injusto reducirse a dogmatizar acerca de sus limitaciones. Todo él, por otra parte, su personalidad entera, se halla fuera del compás y de la órbita de H. J., fuera del circuito y de la órbita de Proust.

Si se le culpara de padecer de «ese provincialismo que siempre arrastra alusiones a algún libro o costumbres locales», debería reconocerse, asimismo, que ningún otro autor logra ser tan lúcido o explícito como para presentar las cosas de tal modo que el chino imaginario o el ciudadano del siglo XLI pueda, sin un tejido de referencias, formarse una buena idea del escenario y de las costumbres allí retratadas.

Poynton aun con sus despojos forma una imagen menos vívida que la casa de dos pisos y las dependencias de Bloom, tan largamente anhelada. Las reminiscencias de «In Old Madrid» [N. del E.: canción popular compuesta alrededor de 1910 por H. Trotère y G. Clifton Bingham] no tienen nada de pedantes; la alusión al coche con la capota baja puede ser local. Pero, en la mayor parte, dudo que las alusiones locales interfieran la captación global. Los detalles lugareños existen en todas partes; los entendemos mutatis mutandis y su ausencia incidiría quizás en perjuicio de la descripción. Uno debe equilibrar la oscuridad y la brevedad. La concisión en sí misma resulta oscura para el infradotado.

En esta súper-novela el autor ha incursionado en la epopeya, y, por primera vez desde 1321, ha resucitado las figuras infernales; sus Furias no son figuras de la escena; por un simple proceso de reversión, Joyce ha recapturado a las Furias, sus flagelantes damas del Castillo, Telémaco, Circe y el resto de la compañía odiseana, la bulliciosa caverna de Eolo, todos van paulatinamente tomando ubicación en la mente del lector, con mayor o menor presteza, según sea el alcance de sus conocimientos sobre la producción homérica. Esas reciprocidades forman parte del medievalismo de Joyce y son, principalmente, un asunto propio, un andamiaje, un medio de construcción, justificado por el resultado, y solo justificado por ello.

Y el resultado es el triunfo de la forma, del equilibrio, del esquema principal, con incesantes arabescos y enlazamientos.

La mejor crítica que se le puede formular a una obra de arte, a mi juicio la única que tiene un valor permanente o, por lo menos, moderadamente duradero, deriva del escritor o del artista creador que hace del trabajo subsiguiente; y nunca, jamás, de las mentalidades jóvenes que comentan acerca de las generalidades del autor. Salomé, de Laforgue, es un auténtico juicio crítico de Salambó; Joyce, y tal vez también Henry James, son los críticos de Flaubert. A mi juicio —el juicio de un poeta— las Tentaciones tienen jettatura, son la consecuencia de la época de Flaubert, que recae sobre él. Quiero decir que hay ciertas cosas que suscitaban su interés que ya han perdido su vigencia y han sido superadas porque su vida transcurrió en un periodo determinado. Por fortuna, tuvo la habilidad de reunir ese material en uno o dos volúmenes, sin inmiscuirlos en su producción sobre temas más actuales. Lo dejo de lado, como se deja de lado el tratado de Dante, De Aqua et Terra, como un tópico de interés para el arqueólogo. Trabajando en el mismo medio que Flaubert, Joyce hace esta aguda observación: «Podríamos darle crédito si Flaubert nos hubiera mostrado primero a San Antonio en Alejandría, contemplando a las mujeres y a las vidrieras de las joyerías».

Ulises consta de 732 páginas de doble tamaño, lo que vendría a ser unas cuatro novelas de formato corriente, incluso una lista con los puntos de mayor interés excedería de seguro el espacio que me ha sido asignado. En el episodio de Cíclope, tenemos la medida de la disparidad entre la realidad tal como es y la realidad como se representa en los medios de expresión de alto vuelo; la sátira a los diversos modismos que han caído en desuso culmina en la escena de la ejecución; sangre y azúcar convertidos en lugares comunes y retórica, justo lo que el público se merece, y justo lo que el público recibe cada mañana con el desayuno, en el Daily Mail y en el periodismo retórico-sentimental; es tal vez la sátira más brutal que jamás hayamos tenido desde el día en que Swift sugirió una cura para la hambruna en Irlanda [N. de E.: la solución satírica a la hambruna consistía en que los pobres vendieran a sus hijos como comida para los terratenientes ricos]. Henry James se quejaba de Baudelaire: «Le Mal, se hace usted demasiado honor… Sería lo mismo si en lugar de Flores del bien nos obsequiaran con una rapsodia sobre la tarta de ciruelas, o con agua de colonia». Joyce se dispuso a crear un infierno, y lo ha logrado.

Nos ha mostrado a Irlanda bajo la dominación británica, en un cuadro tan fidedigno que un cobarde de ínfima categoría como Shaw (Geo. B.) no podrá atreverse a mirarlo de frente. Por añadidura, ha presentado a todo occidente bajo el dominio del capitalismo. Los detalles del plano de las calles son locales, pero Leopold Bloom (né Virag) es ubicuo. Su esposa Ge Tellus, símbolo de la tierra, representa el suelo desde donde el intelecto pugna por surgir y bajo el cual se desploma in saeculum saeculorum. al igual que Molly, es una tosca mujerzuela, no una ramera, pero sí una adúltera, il y en a. Sus reflexiones íntimas se salvaron de la censura (agradezcámoslo al psicoanálisis). el censor, en el sentido freudiano, ha sido apartado, los sueños nocturnos de Molly, que difieren de los que Young versificó en su poema ubicuo, son revelados, dice que su cuerpo es una flor. Su última palabra es afirmativa. Los buenos modales de la afable sociedad, en cuyo seno habita, no han logrado infiltrarse bajo su caparazón, ella puede existir en la Patagonia como también lo podría hacer en la ciudad de Jersey o en Camden.

Y ese libro fue proscripto en los Estados Unidos, donde un niño de siete años tiene amplia oportunidad de enterarse hasta del más ínfimo detalle del caso Arbuckle [N. del E.: juicio contra la estrella de cine mudo, Roscoe Arbuckle, acusado de violación y homicidio] o de dos centenares de otros escandalosos affairs por intermedio de los doscientos setenta millones de ejemplares de los trescientos mil periódicos que nos ilustran. Y recordamos la pregunta Goncourt: «¿Es que hemos de permanecer bajo un edicto literario? ¿Es que existen clases tan bajas, infortunios tan sórdidos, dramas tan escabrosos, catástrofes, horrores tan radicalmente desprovistos de nobleza? En estos momentos en que la producción de la novela está tomando incremento, en estos momentos en que se la distingue como el género literario por excelencia, como una encuesta social, como un medio para la investigación y el análisis psicológico, exigiendo a su creador estudios específicos, los deberes de la ciencia… la investigación de hechos… ¿no es acaso lógico que el novelista pueda dar curso a su expresión con la misma fidelidad y, por ende, con la misma libertad que el sabio, el historiador o el físico?»

¿Por qué motivo la única clase social norteamericana que se esfuerza por pensar ha de verse obstaculizada por unos cuantos maniáticos que no pueden, o no se atreven, a poner reparos al vulgar espectáculo de Broadway? ¿Acaso el lector, a causa de dos o tres palabras que cualquier chicuelo ha visto escritas en las paredes de los retretes, tiene que estar obligado a vadear doscientas páginas sobre la consubstanciación o los conflictos de conducta de Hamlet? ¿Y acaso es posible que una crónica de época sobre el estado de la mente humana en el siglo XX (el primero de la nueva era) sea falsificada a través de la omisión de esa media docena de términos, o por una fingida ignorancia de actos extremadamente sencillos? La época de Bloom no está censurada. Perfecto. El análisis fecal del hospital de la vuelta tampoco está censurado. Nadie, salvo un presbiteriano, se pondrá a rebatir el hecho de que el citado análisis puede ser útil y provechoso. Una gran obra de arte se realiza para mentalidades tan elevadas como las que se consagran a la ciencia de la medicina. Tanto el antropólogo como el psicólogo tienen derecho a la misma documentación, a idénticos comentarios y a generalizaciones sucintas, que rara vez consiguen, teniendo en consideración la complejidad del tema en estudio y la insensatez de los prejuicios corrientes.

El resultado de los análisis de una marca determinada de leche reporta menos beneficios a un legislador que la lectura de La educación sentimental o de Bovary. Se supone que un legislador tiene que arreglar asuntos humanos, tiene que preocuparse de todo lo referente al bienestar de las aglomeraciones humanas. Le beau monde gouverne —o alguna vez lo hizo— porque era dueño de un caudal condensado de conocimientos; la Edad Media no estaba gobernada por analfabetos, y la aristocracia leía el tratado de Maquiavelo antes que sus siervos. En la época actual es privilegio de una plutocracia muy limitada enterarse de las últimas noticias, de las cuales solo una parte —no sea que perjudique al mercado— se publica en los diarios. Jefferson fue tal vez el último funcionario americano en tener un sentido general de civilización. Molly Bloom juzga irónicamente a Griffith «por la sinceridad de sus pantalones», y la edición parisina de Tribune nos cuenta que el congreso de sastres ha proclamado al Presidente Harding como el Primer Magistrado más elegante.

Mis intenciones están lejos de subestimar las ventajas de tener un presidente que pueda equipararse en términos pantalonescos con parangones sartorios tales como Balfour y Lord (antes señor) Lee de Fareham; pero igualmente lejos debe estar desacreditar la utilidad pública de un lenguaje apropiado que solo puede adquirirse por intermedio de la literatura y al cual el sucinto Julio César o el brillante Maquiavelo, o el autor del Código Napoléon, o Tomás Jefferson, por citar un ejemplo local, de ninguna manera habrían menospreciado. Naturalmente, es demasiado prematuro pretender enterarse si a nuestro gobernante actual le interesan estos temas; sabemos que no le importaban al pseudointelectual de Wilson, ni al tampoco ostentoso Teddy, ni a Taft, ni a McKinley, ni a Cleveland. Tan remotamente como nuestra memoria pueda transportarnos, ni un solo presidente americano ha expresado una sola palabra que sugiriera el más mínimo interés o la conciencia de la necesidad de una actividad intelectual o literaria en Norteamérica. Un sentido del estilo pudo haber salvado de Wilson a los Estados Unidos y a Europa, y pudo haber sido de gran utilidad para nuestros diplomáticos. El mot juste es un servicio público. No puedo remediarlo. No formulo este aserto para granjearme la simpatía de los estetas que sostienen que todos los autores son unos inútiles. Las palabras nos gobiernan; las leyes están promulgadas con palabras, y la literatura constituye el único vehículo por medio del cual se conservan vivas y pertinentes. El tipo de hongo al que me he referido en mi carta de febrero comprueba qué es lo que acontece cuando el idioma cae en manos de especialistas analfabetos.

Ulises suministra material para un simposio, más que para una mera carta, un ensayo o una reseña.

pound tajamar

Ensayos literarios
Ezra Pound (selección y prólogo de T. S. Eliot)
Tajamar Editores, 2016
645 p. — Ref. $30.000

Ulises

Sobre el autor:

Ezra Pound fue un poeta, ensayista y crítico, con un lugar protagónico en la creación y promoción del modernismo en la poesía inglesa.

 
 

 

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