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Absorbiendo a James Joyce

por · Julio de 2016

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Reconozco que escribo el nombre de James Joyce con cierta aprensión, con un vago temor alimentado por la colosal edición del Ulises (Lumen), traducida por José María Valverde, donde, entre otros asuntos, nos enfrentamos al poderío musical y ambiental de su palabra.

Lo relatado en Ulises es sencillo: cuenta lo que les ocurre a dos personajes de Joyce —Stephen Dedalus y Leopold Bloom— en Dublín, desde las ocho de la mañana del jueves 1 de junio de 1904 hasta las dos de la madrugada siguiente.

«La dificultad del libro radica en que su autor, como gran poeta que es, aunque en prosa, tiene una viva memoria verbal —incluso auditiva, como explica Valverde—, y no solo incorpora las innumerables asociaciones lingüísticas que hay en su mente —citas literarias, trozos de óperas, canciones, palabras extranjeras, chistes y juegos de palabras, términos teológicos y científicos, etc.—, sino que supone que el lector cuenta con la misma buena memoria y el mismo archivo de recuerdos sonoros».

Además, en cualquier momento Joyce puede estar citando o caricaturizando un texto previo, por lo que conviene conocer una parte de su obra anterior, es decir, Dublineses, como estampas de ambiente y presentación de algunas de las figuras de Ulises, y, sobre todo, Retrato del artista adolescente, especie de primer volumen de Ulises; su protagonista, Stephen Dedalus, contrafigura del autor (en su juventud), será protagonista de los tres primeros capítulos y del noveno de Ulises y especie de co-protagonista (deuteragonista) de algunos de los restantes, en contrapunto con Leopold Bloom, «autorretrato» de un posible y malogrado «artista ya no joven» y ya no artista —autocaricatura, en realidad, del Joyce maduro.

Si bien es injusto reducir un mastodonte a tan pocos párrafos, es tanto lo que se ha escrito de Ulises que conviene reproducir algunas de esas voces. Argumentando que Joyce intenta hablar al mundo sobre la gente con la que se ha cruzado en cuarenta años de existencia consciente, Joseph Collins dijo que el autor: «Intenta describir su conducta y su forma de hablar, analizar sus motivos y referir el efecto que el ‘mundo’, sórdido, turbulento, caótico, con una atmósfera mefítica engendrada por el alcohol y el clericalismo dominantes en su país, tuvo sobre él, un celta emotivo, un genio egocéntrico cuya principal diversión, su más profundo placer, deriva del autoanálisis, y cuya ocupación más importante a lo largo de la vida ha consistido en llevar un cuaderno en el que ha estado registrando las incidencias vividas y las palabras oídas, con precisión fotográfica y boswelliana fidelidad».

En Ulises, da la impresión de que Joyce no se propone hacer novela social: sin ánimo especial de exponer luchas por el dinero y el poder, como los clásicos de la novela decimonónica, nos sumerge directamente en la sensación de las estrecheces de la pequeña clase media dublinesa, con el alcohol, la música —y, tal vez, la mujer— como únicas aperturas de evasión y olvido. Quizás así se entiende la crítica de Virginia Woolf, quien calificó a Ulises de libro underbred («ineducado», «de clase baja»), el libro de «un trabajador que se ha instruido a sí mismo», el entretenimiento de un estudiantillo (undergraduate) «que se rasca con grima sus sarpullidos».

T. S. Eliot anotó que: «Este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar», mientras que Yvan Goll escribió de Joyce: «Se divierte sobre todo parodiando a Dios» y que definió exactamente a Ulises «no novela, sino más bien un poema escrito en prosa».

Ezra Pound, por su lado, escribió un elogioso ensayo donde sostiene que «todos los hombres deberían ‘unirse para honrar a Ulises‘; los que así no lo hicieren, que se contenten con ocupar un rango inferior en las órdenes intelectuales».

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Joyce silencioso

«Joyce no era un buen conversador», advierte casi de entrada el pintor irlandés Arthur Power en Conversaciones con James Joyce (Ediciones UDP), especie de memorias y biografía solapada —con más Power que Joyce—, donde escribe del tiempo que vivió en París luego de la Primera Guerra Mundial, cuando conoció al autor de Ulises.

De su relación de amistad con Joyce, quien solía rechazar entrevistas y era tremendamente hermético con sus colegas, Power comenzó a tomar apuntes de cada una de sus conversaciones y sobremesas, hasta retratar al autor de Dublineses en una edición abundante en notas y hallazgos.

«La importancia del libro es directamente proporcional a la cantidad de opiniones que Joyce no se ahorró con Power», advierte el traductor Juan Antonio Montiel. Así es como la ingenuidad y vehemencia de Power terminan por cifrar a un personaje tan complejo como Joyce: un tipo taciturno, retraído y de pocas palabras, según el pintor. Pero Power lo provoca a tal punto que opina de Swift, Dostoievski y hasta levanta una especie de poética del Ulises, una novela clave que puso a Dublín a la altura del Londres de Dickens y el París de Balzac o el de Zola.

«Se dice que cuando H. G. Wells terminó de leer la primera edición de Ulises, cuyas hojas se desprendían y acababan esparcidas por el suelo, pensó que ese libro dejaba de lado la revolución para concentrarse en los sentimientos —escribe Power—; yo, en cambio, tenía claro que ese era el inicio de una revolución auténtica».

Tomando como tema su ciudad natal, Joyce estaba dando origen a una nueva clase de realismo en el que convivían, a partes iguales, los hechos y los ensueños: «Nuestro objetivo —dice Joyce— es crear una fusión nueva entre el mundo exterior y el ser contemporáneo, además de ampliar el vocabulario para dar cuenta de lo inconsciente, como hizo Proust».

«Cuando estaba escribiendo Ulises —cuenta Joyce— procuraba siempre que mis palabras dieran el tono y el color de Dublín, de su atmósfera gris y sin embargo brillante, de sus vapores alucinógenos, de su miserable confusión, del ambiente de sus bares y su inmovilismo social».

Abundante en datos satélites de la etapa parisina de Joyce, el libro es un lugar donde espiar sus personales puntos de vista y sus ideas, cuando Power va filtrando, quizá sin darse cuenta, los complejos coloridos de su carácter, algo que ya había notado el neurólogo Joseph Collins en el New York Times: «De él he aprendido más psicología y psiquiatría de la que aprendí después de diez años en el Instituto Neurológico».

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Conversaciones con James Joyce
Arthur Power (traducción de Juan Antonio Montiel)
Ediciones UDP, 2016
192 p. — Ref. $15.500

Joyce crítico

Escritos críticos y afines (Eterna Cadencia Editora) reúne en un solo libro el pensamiento de Joyce, a partir de sus ensayos y primeros ejercicios de escritura, compilados originalmente en 1959 por Ellsworth Mason y Richard Ellmann, en un volumen que con los años fue engordando gracias a nuevos hallazgos y textos antes omitidos, como una composición sobre Dickens y una conferencia sobre Defoe y Blake, tal vez los mejores ensayos literarios de Joyce.

Una de las conclusiones importantes del volumen es que Joyce era una esponja. Como anota Pablo Ingberg, a cargo de la traducción y edición, Joyce decía no tener mucha imaginación para inventar historias, «y se pasó la vida robándolas de otros libros, del diario de su hermano, de anécdotas de personas cercanas y de cualquier frente que él pudiera acomodar a sus propios objetivos; algo similar ocurría con recursos y procedimientos, pensamientos, ideas».

Su originalidad, al parecer, no estaba en la invención, sino en lo que seleccionaba y absorbía de otros y procesaba y construía a su manera en función de sus objetivos y puntos de vista.

«¿Has notado alguna vez cuando tienes una idea cuánto puedo hacer yo con ella?», cuentan que Joyce le dijo al pintor inglés Frank Budgen.

Cargado de influencias de Ibsen, Shakespeare y Blake, la acumulación de experiencia parece ser clave en sus escritos. Este pasaje de Conversaciones con James Joyce parece confirmar el punto: «¿Qué es literatura —pregunta Power—: hechos o arte?». «Es vida», responde Joyce.

De reciente edición en Chile, Escritos críticos y afines nos sitúa lo más cerca del Joyce lector, organizando de manera cronológica sus primeros experimentos escolares, para luego indagar en la etapa universitaria, sus cartas, reseñas, apuntes y artículos periodísticos, como una entrevista a un campeón francés de automovilismo que más tarde dará pie al cuento “Después de la carrera”, o una carta abierta a la prensa británica a propósito de la censura editorial por la publicación de Dublineses.

Como ocurre con las conversaciones de camaradería, sus escritos —los temas en los que insistió, sus inquietudes principales y aledañas, los puntos de vista que lo obsesionaron, la terquedad con que asumió su carrera como escritor— configuran una especie de autobiografía colateral del pensamiento de Joyce, de quien Anthony Burgess dijo: «Una vez leído y absorbido un solo ápice de la esencia de este autor, ni la literatura ni la vida vuelven a ser las mismas de nuevo».

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Escritos críticos y afines
James Joyce (edición y traducción de Pablo Ingberg)
Eterna Cadencia Editora, 2016
476 p. — Ref. $21.000

Absorbiendo a James Joyce

Sobre el autor:

Felipe Ojeda

(@paniko).

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