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Nadie sabe nada nunca

por · Septiembre de 2016

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Comienza con una muchacha «muy pero muy loca» y termina con una mujer que enciende las luces casi al llegar al final de la página. Nos regala paseos por hospitales en los que se espera la muerte o donde, de frentón, ya no se quiere estar. Viajes que cruzan cordilleras o llegan hasta Japón solo para encontrar más muerte. Pasos cansados, y también pasos rápidos, hacia un futuro que se cree luminoso pero que recibe a los personajes con un letrero de clausurado. Una colección de cuentos que, si bien aplasta, no alcanza a quitarte del todo la sonrisa. Porque la amargura inmensa que se concentra en estos relatos —de tantas muertes, de padres y madres que se quitan la vida o mueren por accidente, de hermanas que no se sienten del todo parte de este mundo, de asfixias e incendios— es una amargura como con una ventana bien abierta al fondo, una ventana que deja entrar el aire y hace circular ese lenguaje liviano con el que Costamagna va hilvanando sus historias.

No es tarea fácil: lograr esa amargura que no hunde, conjurar esa luz que se esconde en palabras que brillan a pesar (y a raíz) del naufragio.

Imposible salir de la tierra —volumen de relatos de la escritora chilena Alejandra Costamagna, recientemente publicada por la editorial Estruendomudo— se compone de diez cuentos (o bien nueve cuentos y una novelita corta [“Naturalezas muertas”]). El primero, “La epidemia de Traiguén” trata de Victoria Melis quien «ha llegado a Japón como llegan los desaconsejados, los que andan un poco perdidos: siguiendo un hombre». El viaje —del despecho, de la fascinación que bordea la locura— la lleva desde una fábrica de pollos donde trabaja como secretaria, a Kamakura, persiguiendo a su jefe, con quien sostuvo un affaire de corta duración. Ella tiene una frase atragantada que quiere decirle: «Me has sacado, me has saqueado».

(Imposible salir de la tierra, imposible escapar del corazón roto).

Es el primer cuento pero ya anuncia el tono de este libro. Pone a dar vueltas a esa aguja de brújula algo averiada que nunca marca el norte, o que marca un norte al que se llega como al borde de un camino frente al cual solo queda dar la vuelta. O saltar.

En “Cachipún” dos hermanas se ilusionan con un trabajo que las hará billonarias y para el que tienen que llegar «culiaditas y comiditas».“Imposible salir de la tierra” cuenta la historia de otras dos hermanas que han quedado huérfanas y juegan a tener catalepsia porque, si bien «no sabían bien qué era la catalepsia, …les parecía que no estaban cien por ciento vivas». Julieta está enferma y debe someterse a una operación. No quiere pero su hermana, Raquel, insiste. Y la descripción de esta última es gloriosa: «Raquel no es una mala persona: se come las uñas, estornuda igual que un gato, anda dando las gracias todo el tiempo. Hasta cuando la ignoran dice oh, muchas gracias».

La muerte se contempla en primera persona, como una posibilidad, como una lista de las últimas cosas, pero también como testigo. En “Are you ready?” una mujer viaja a Argentina, en lugar de su madre, para ver morir a uno de sus tíos. Nuevamente llega la muerte y la observamos desde las palabras. Así, comenta la narradora: «Les dicen restos, como si fueran las sobras de un pan desmigajado». Y también: «Les dicen cuerpos. De un minuto a otro dejan de ser personas y pasan a ser cuerpos». Pero es también la atención al lenguaje la que trae esos momentos de frescura, que se agradecen en medio de tanta muerte: «Entonces ella era una niña y confundía las palabras. Solsticio con solcito (no entendía que hubiera un día preciso que marcara el inicio del solcito de verano, si el sol estaba siempre ahí en los meses calurosos). O súbdito con hábito. Ella tenía dos malos súbditos: se comía las uñas y odiaba los aviones».

Hay historias de malentendidos más cotidianos como “Gorilas en el congo” o “El olor de los claveles”. En este último, la historia arranca con esa belleza despeinada de Costamagna: «Tenía cerca de veinte años, pero no aparentaba más de dieciséis. A Gómez, de buenas a primeras, no le pareció linda. Véanla: una cicatriz en el mentón, los pómulos hundidos como calavera, el pelo negro colgando disparejo, la mirada perdida…».

El narrador insiste («véanla»), nos agarra de un brazo. Nos hace tambalear por los pensamientos de Gómez y sus cambios de opinión respecto de la muchacha: «Quiso que fuera su hija, su hermana, su amiga. Para qué nos engañamos: quiso que fuera su amante. Quiso tenerla muy cerca; esa muchacha lo había encandilado».

Siguen tres cuentos como chispazos, relatos breves —a veces demasiado breves— que juegan con imágenes más cercanas a la poesía. En “Agujas de reloj” se muestra la instantánea de la celebración de un padre y su hija («Estarán solos: eso y nada más será la felicidad»). “Cielo raso” conjura una extraña dinámica entre una niña y su profesora y, nuevamente, las palabras se escapan, no son lo suficientemente precisas («Se siente tan pequeña, tan poca cosa. Aunque pequeña en realidad no es la palabra»).Por último, “Cuadrar las cosas” cierra este tríptico de un lenguaje más onírico con una mujer que se quita la cabeza para tener un hijo (y luego el cuello no vuelve a encajar en su lugar).

El último cuento, “Naturalezas muertas”, un relato largo, de ritmo pausado, en el que se va acumulando la decepción y la violencia, trae de regreso a la muerte y también a esos personajes «desaconsejados, un poco perdidos» de los que se habla al comienzo de la colección.

Ahora quien persigue es un hombre (Martín) a una mujer más joven (Alia) que trabaja en un cine.
Y el viaje no es a Japón sino a Retiro.

La relación pasa de las primeras ilusiones a los malos entendidos (Martín tiene celos, tiene sospechas, siente agujas en la cabeza y el corazón) y, en un momento, un personaje le recitará que «nadie sabe nada nunca».

Imposible salir de la tierra, imposible soltar estos cuentos. De muertes y pasos cansados pero también de ojos y oídos llenos de maravilla frente a las palabras alborotadas, los detalles que conmueven (o traen de vuelta la sonrisa) y que configuran ese paisaje tan único de Alejandra Costamagna.

(Sí: véanla).

imposible

Imposible salir de la tierra
Alejandra Costamagna
Estruendomudo, 2016
110 p. — Ref. $10.000

Nadie sabe nada nunca

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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