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Santísimo pop

por · Enero de 2017

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Gilda (Natalia Oreiro) antes de Gilda es Myriam Bianchi, madre, esposa y maestra de párvulos. Myriam rescata de un cuarto polvoriento la guitarra heredada de su padre, siente el deseo en carne viva de insistir en lo que viene haciendo en silencio hace años: componer y cantar. Pero esta vez quiere ser vista o al menos evaluada por alguien externo. Lo logra, llega hasta una audición en la oficina del productor y músico Toti Jiménez (Javier Drolas) y el resto ya es historia.

Entonces la cándida parvularia debe enfrentarse a los celos de Raúl, su marido (Lautaro Delgado) y a la sorda indiferencia de su madre, Tita (Susana Pampín). Serán días difíciles, de agotadores trasnoches y de socios corruptos que acaparan el dinero ganado. Gilda quiere bajar los brazos, pero a pesar de tener todo en contra, insiste. Empujada por un frenesí que no encuentra en las palabras la voluntad que la reviste.

Cuando se alcanza la fama y los estadios desbordan con su sola presencia, Gilda, casi en una epifanía compone de manera premonitoria “No es mi despedida”. Porque dedicarse a vivir de los géneros masivos tiene un precio que el establishment intelectual no perdona.

No es azaroso que Oreiro sea quien encarne a Gilda, independiente de la arrebatadora clonación que logra, se trata de una actriz de teleseries y cantante de éxitos de pop chicloso y dulzón —ambos géneros satanizados hasta el cansancio por los policías de la cultura de masas—. Ahí es cuando la actriz y la mártir se conectan entre dimensiones temporales para abrazar el mismo discurso.

Gilda se auto propuso su trazado aún más difícil, dejando atrás y para siempre su vida normada y tradicional, vistiendo de colores intensos, presentándose con su banda en bailantas y entonando sus visiones en torno al amor entre el público más marginado. En su consumación, es la fidelidad por lo popular (entiéndase lo popular como un ente tan inabarcable y misterioso que une a Andy Warhol con Madonna y a las series de tv con los drag queens) lo que termina pagando con la vida el costo al justo reconocimiento. Una fractura expuesta en la que el pop se envuelve en sus mortajas en un terreno indistinto, donde no se mira por encima del hombro lo melodramático, lo estridente, lo grotesco, lo corriente o lo ingenuo. Mismas voces de un réquiem que parecen chocar contra un camión por orden de la academia, la misma que luego recogerá los restos y los beatificará conmovido por su legado sin pretensiones de arte, como la música de Gilda.

Santísimo pop

Sobre el autor:

Fernando Delgado es comunicador audiovisual y guionista de series y teleseries en TVN, MEGA y CHV.

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