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La normalidad de un poema

por · Febrero de 2017

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En Esto es (Hueders, 2016) Milagros Abalo (1982) ensaya una voz crítica y a ratos hasta dramática sobre el Chile actual, no obstante lo hace en un tono tranquilo, casi dulce, aún cuando nos esté advirtiendo el desastre. Ya en su primer libro, La normalidad de una familia (Las cortaderas libros, 2012), había probado una modulación poética similar: sin juicios ni valoraciones describe el hastío frente al fracaso de los proyectos colectivos. La familia funciona allí como una metáfora de la comunidad que calla secretos inconfesables, que olvida, que se olvida a sí misma y que termina por desaparecer. En Esto es, el “Albergue” del poema homónimo parece ser la metáfora del lugar que acoge a la misma comunidad de su primer poemario, condenada ahora aquí a la transformación permanente, el desgaste y, finalmente, la desaparición o, al menos, el congelamiento en un tiempo lineal que sólo es progreso: “(…) en un ay ahí donde el fuego incitado por el viento / y por el sol, como se queman los recuerdos / todo quemó y una página en blanco ahora somos / en el tiempo detenido una vez más”. La imagen del incendio en el citado poema cobra especial intensidad en la agenda noticiosa nacional en los momentos en que escribo esta reseña y resulta -más que una fantasía premonitoria- una crónica trágica de la realidad: “Y de repente todo desaparece ahí / donde había una pequeña casa a orillas / de lo que fue tiempo atrás un río cristalino…” (El albergue, p. 12). Un Esto es literal, porque Chile entero es un permanente gran albergue-provisorio, y el oxímoron aquí se llena tristemente de sentido.

Milagros Abalo elabora textos sin complejos por incorporar variados registros y voces, porque así precisamente es la realidad que intenta reproducir. Sin embargo, subyace una voz compasiva y delicada cuya ciudadanía podríamos identificar como femenina: “pero nunca a un hombre he visto llorar en la calle (…) // caían lágrimas de sus ojos, lágrimas hasta su boca / y le habría tomado la mano, / su mejilla con la mía / y lo habría besado” / sin decirle nada lo habría besado” (También he llorado, p. 49). Una angustia sentida, sensual, que explora los intersticios por donde se cuela la tragedia, lo fantasmal, la locura y hasta la superstición. La hablante de estos textos percibe y experimenta el dolor ajeno como propio, pero lo hace sin auto conmiseración, ya que se trata aquí –como en toda buena literatura- de una exploración en el “más allá” del sentido. El poema, entonces, abre esa posibilidad y la escritura se convierte en la indagación sobre la lucidez y la capacidad de la poesía por darle expresión a aquello que parece inefable. De ese esfuerzo emergen las imágenes, cuyos sentidos están más allá de la palabra. Y es que la visualidad juega un papel importante en la elaboración de esta poética en la que las palabras son “velas en silencio”. Es decir, discretas formas de iluminar lo oculto, lo que está debajo de las cosas. Formas que dibujan el texto del poema con versos que son cuadros pictóricos: “un largo poema como un largo atardecer / lleno de nubes blancas corriéndose lejanas”.

Mención aparte merece la idea del poema como oración o plegaria. Sobre todo como oración asociada a la gracia del asombro. En el poema Ir a la catedral se recuerda la importancia de ese espacio en donde se suspende el orden y el tiempo tradicional de la modernidad y su tráfico sin sentido. El poema es el templo y los poetas rezamos “de otra manera / pero rezamos escribiendo también”. Allí dentro los poetas-viajeros, por ejemplo, intentan capturar el instante y fijarlo, aún cuando saben que éste es fugaz y condenado a desaparecer. Sin embargo, en eso consiste justamente el poema: en obtener la visión a través de contemplación. Ese detención, entonces, tiene la virtud de recomponer la comunidad perdida o dispersa: asisten el oficinista, el jubilado, el adolescente y hasta el inmigrante. Porque allí comulgan la lucidez, el asombro y la pureza; y es por esa razón que “hay que ir a la Catedral de vez en cuando / Un día cualquiera en mitad de la semana / A rezar, a dormir, a mirar, estar ahí”. Porque allí se va a despedir o a saludar la inocencia, aquella que perderemos una vez fuera, en el mundo, en la calle y su pulso secular. La poesía nos anima así a ir a la Catedral como van todos,

“ (…) los que entran persignándose de rodillas
las que entran persignando a los niños primero
que van de la mano sin emitir sonidos/solemnes
por los pasillos como en el último pasillo de su infancia,
hay que ir a la Catedral como en el último día de infancia
o como en el primero”.

(Ir a la Catedral, p. 13)


La normalidad de un poema

Sobre el autor:

Antonia Torres

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