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Dibujos en la nieve

por · Marzo de 2017

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Siempre me ha llamado la atención el momento en que Lou Reed, en “Perfect day” canta eso de «feed animals in the zoo». Su día perfecto incluye un paseo por las jaulas («then later, a movie, too, and then home») en una canción que habla de amor pero también de cosas que se terminan. En eso pensaba, eso tarareaba, mientras leía Ártico, el nuevo libro de Mike Wilson. Un libro que, al igual que Leñador, lleva al límite el lenguaje que lo cuenta. Aquí, las palabras, las frases, se fracturan, y tenemos una lista, un poema, una letanía, en la que coexisten escenas de intensa belleza con simples enumeraciones de cosas por comprar. Eso, en medio de un zoológico deshabitado (donde no hay animales que alimentar, pero del cual el narrador afirma «No quisiera estar en otro lugar/ Que este zoo abandonado».), un paseo por la ciudad bajo la tormenta y la nieve, un dibujo con el corazón roto.

Y el frío.

Así comienza, traspasando la reja del zoológico:

«Invierno
La reja oxidada
Antes esplendorosa
Entro al zoo
Los fierros rechinan
No hay nadie
No hay público
No hay niños»

Un hombre deambula por un zoológico y recuerda a una mujer que alguna vez amó. El recuerdo llega de repente y lo hace tambalear («Pero ahí/ Ante las focas ausentes/Me acuerdo de ti/ Por primera vez en años»). Hace frío y se pone un disfraz de Santa Claus («Soy el Santa/De las jaulas vacías»), que alguien ha dejado abandonado. Rojo sobre blanco. Y las palabras, en lugar de afirmar presencia, marcan lo ausente:

«Voy a la jaula de los osos polares
No hay osos
Pero hay un letrero
Dice oso polar
Es injusto decirle jaula
Es un hábitat
Enjaulado
Glaciares de utilería»

El recuerdo lo impulsa a caminar hacia la casa de esta mujer sin nombre, esa ruta y rutina que alguna vez se supo de memoria. Todo mientras va herido y deja el rastro de su sangre en la nieve. Más blanco. Más rojo.

Y la tormenta.

«Y el trueno me alcanza
Es profundo y paciente
Como un mueble grande
Que se arrastra».

El narrador observa y reflexiona a la vez que pasea por la ciudad: «La ciudad serena/ Muy grande pienso/Para tan poca gente/Los arquitectos/Fueron optimistas/Me acuerdo de Montevideo/Otra ciudad así/Varias tallas de sobra/ Espacio gratuito/Como mi disfraz ártico/ O como el hombre/ Que una vez/ Edificó una gran casa/Para la descendencia/Que jamás tendría».

En el camino, ya con hambre, se detiene en un boliche a comer algo y conversa con una mujer coja, que lo atiende e incluso limpia la sangre de su frente. Ella tiene una teoría sobre el frío: «Me dice/ Que el frío/Es el alfa/ Y el omega/ Que antes del Cosmos/ Había frío/ Y cuando se acabe/ Cuando los astros/ se extingan/ Habrá frío.”. También allí ve a unas mujeres compartir un helado, a un asfaltista y a otro hombre, un hombre sin luz, en quien se reconoce:“Está sentado/ Bajo una ampolleta/Pero no logro verlo bien/Como si la luz/ Huyera de él/ Sé que una pena así/ En un hombre así/ En ruina/ Extinguido/ Es la de un hombre/ Que ama/ Me pregunto/Si la luz/ También huye de mí/ Y si estamos todos/ Circunscritos por el frío».

El hombre sigue caminando y las reflexiones se van a ella, a quien incluso se dirige a ratos: «Me pregunto/ Si aún me piensas/ Es una ignorancia triste/ Y oscura/ No saber».

No nos enteramos de las razones del quiebre, solo su efecto venenoso en la vida del narrador («Dejé de hablarlo/Nadie quería saber/ Ya no más/ Mi cansancio/Era una peste/ En los oídos/ De los ciudadanos/Quise la soledad/ Del Ártico/ Lejos de ti/ Del ruido/De la indiferencia/ De ellos/ Y de los cuervos/Prefiero/ El desinterés/ De los témpanos/Catedrales del frío») Y el mismo gesto de ir hacia ella es también peligroso: «Camino hacia ti/ Cuando sé/ Que encontrarte/ Me aniquila».

Hay flashbacks, chispazos del pasado de esta relación: «Te acuerdas/ De que caminábamos/Juntos/De noche/Por estas calles/Esas veces/Que me contabas cosas/Como si intentaras describir/ Ese algo/De mí/Que no entendías.” Y también: “Siempre te alegrabas/ Al caer la nieve/ Decías que era puro/ Y tangible/ Que un copo/ Recién descendido/ En la mano/ Era sagrado/ Que esos segundos/ En que te tocaba/ Antes de derretirse/ Eran únicos/ Que nunca se repite/ De la misma forma/ En que cada uno/ Cada copo fractal/ Era una religión/Que duraba segundos».

La nieve, en esta novela, y la caminata del hombre por ella, no es olvido, como podría pensarse, sino un ejercicio de memoria. Hacerla, construirla, paso a paso, en medio del asalto de la naturaleza con sus presencias y ausencias. Sus hojas que andan «en manadas» y que el viento hace revolotear, sus animales de plumavit, de cartón, de utilería. Ese zoológico que hace coexistir a pingüinos y osos polares; antárticos y árticos, dos fríos que no deberían nunca mezclarse. Y la memoria se va entrampando a veces en las palabras de ella, que repetía “Ushuaia”, el destino a donde pensaron alguna vez ir a perderse y que era «Más un suspiro/ Que una palabra», y en ese hombre que se va quedando sin luz y que piensa, triste, abandonado: «Trato de mantenerte/ En mi mente/ Eres una luz tenue/ Que huye».

Hace unos años, cuando leí Leñador, su comienzo me recordó el de Moby Dick. Solo que, en este caso, el personaje no se iba al mar cuando empezaba a acercarse mucho a las funerarias, sino que prefería ir a perderse al bosque, a la rutina de los leñadores. Y el lenguaje allí era denso, a veces monótono, gigante. En Ártico, en cambio, me parece que los ecos son modernistas en su relación con la ciudad y los experimentos con las palabras. Un Leopold Bloom o Clarissa Dalloway que se van de paseo al zoológico, un flâneur del apocalipsis zombie, de la ciudad extraña.

[Busco una cita de Lorrie Moore, en Bark: «You could lose someone a little but they would still roam the earth. The end of love was one big zombie movie».]

Acá no hay zombies (eso está en otra de las novelas de Wilson) pero sí un mundo deshabitado, plástico, descuidado. Un mundo en el que ya no están los animales del zoológico y las calles se sienten vacías, sin testigos. Una ciudad varias tallas más grande. Una naturaleza muerta. Otra Tierra Baldía, a la Eliot, otra referencia modernista, ese poema también de fin de mundo y de los límites del lenguaje. Solo que aquí la religión es la de la nieve, la del instante en que un copo se desintegra al contacto humano, el miedo que se concentra, no en un «puñado de polvo» sino de hielo. Un mundo donde la infertilidad y desesperanza se ve en esa animalidad sin vida, en esa casa grande construida para un hombre sin descendencia.

En un momento, comenta el narrador: «Pienso que hace tiempo/Dejamos de entender/ A los animales del zoo/Y que se fueron/No por descuido/ Ni por tedio/ Nos abandonaron/ Por incomprendidos/ Quedan los de utilería/ A esos los entendemos».

Mike Wilson es uno de los escritores más geniales de la escena nacional. Sus propuestas son arriesgadas, sus juegos con el lenguaje llegan a instantes de profunda belleza, conjurando siempre imágenes que a ratos desequilibran, a ratos suspenden el tiempo. La caminata del narrador, por zoológicos vacíos, calles más o menos conocidas, van hilvanando una historia de amor y abandono que llega de a chispazos, hasta un final tremendo que deja al lector conmovido frente al hielo, el rojo, el blanco.

Y tanto frío.

Un libro inolvidable para este 2017.


Dibujos en la nieve

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

 
 

 

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