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Gracias por el fuego

por · Marzo de 2017

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No conocía personalmente a Camila Vallejo. Por supuesto que he visto su fotografía miles de veces y es evidente que ello se debe a varios factores: es bellísima, inteligentísima, dice las cosas claras sin andarse con rodeos, fue una notable y valerosa dirigente estudiantil y ahora es diputada, un lujo de diputada, de modo que es prácticamente imposible no saber quién es. El encuentro directo entre ella y yo se produjo el pasado martes 21 de marzo, durante el lanzamiento de La historia fue otra, el libro de memorias de Carmen Hertz. Tuvo la gentileza de decir que me ubicaba, tal vez por alguna entrevista, tal vez porque algo mío había leído; como sea, me sentí como un pavorreal. Estuve junto a la autora cuando ella le pidió que presentara esta obra y la reacción instantánea de Camila fue decir: pero claro que sí, es un honor. Su participación fue breve, emotiva y acertada en todo lo que dijo. Ella no había nacido cuando ocurrieron los hechos narrados en La historia fue otra; sin embargo, su comprensión del texto, la compenetración con el pasado reciente de Chile, la sensibilidad, que se manifestó de forma espontánea en unas pocas lágrimas que vertió y que se me contagiaron, la calidez que demostró, en suma, su admirable discurso lo recordaré por largo tiempo, quizá por el tiempo que me reste de vida. Hija de padres comunistas, comunista ella misma, conocedora de la trayectoria de su partido y del rol que en él jugó Carmen, era ineludible que se refiriera a esa organización con orgullo y que resaltara la importancia que ha tenido en el movimiento obrero y cultural de nuestro país. No obstante, repito que lo asombroso de su intervención residió en la segura intuición que mostró, en el aplomo y la madurez de una mujer tan joven, aparentemente inexperta, pero tan conocedora de la realidad, tal vez mucho más que lo que se desprende de esas nociones reflejadas en los fragmentos incoherentes que exponen la mayoría de sus colegas. Camila Vallejo es, en realidad, alguien de quien todos debemos sentirnos orgullosos, sean cuales sean nuestras inclinaciones políticas.

La historia fue otra es difícil, por no decir imposible de comentar con una mínima objetividad. Bueno, al menos para mí resulta una tarea impracticable debido a la estrecha amistad que me ha unido con Carmen por medio siglo. Además, ¿existe eso que se llama objetividad y detrás de la cual suelen esconderse los ignorantes y los que nunca se atreven a manifestar sus ideas? Como todos los libros importantes, puede leerse en varios niveles y solo mencionaré dos formas de leerlo. Carmen es una persona muy conocida en Chile y en el extranjero por su incesante, inagotable, tesonero y esencial trabajo en pro de los derechos humanos.

Con todo, La historia fue otra, que indudablemente narra esa fase de su existencia, también nos cuenta otra historia, una historia que está bajo la superficie del texto, que resulta poco evidente al abordarlo por primera vez. Esta historia subterránea, visible para quien quiera verla, es una historia de amor, de lealtad, de inquebrantable fidelidad que ya lleva unos 50 años. Es la historia de amor entre ella y Carlos Berger que, lejos de haberse atenuado con el correr de las décadas, se ha incrementado y hecho cada vez más sólida. Esto no se ve a cada rato ni es frecuente en estos tiempos, quiero decir que es rarísima una relación de amistad, complicidad y amor que nunca ha cesado ni cesará, con el espíritu de Carlos siempre vivo gracias a La historia fue otra. Y también es la historia de amor entre Carmen y su hijo Germán, que se extiende a su nuera y nietas cada vez que la madre y la abuela hablan de ellas. Y hay algo aún más inesperado, pues, como ella lo cuenta en su autobiografía, ha tenido varias parejas y ha seguido siendo amiga de cada uno de ellos después que las relaciones se enfriaron. Por último, La historia fue otra es la crónica del inquebrantable afecto de Carmen hacia sus amigos, con quienes ha mantenido vínculos de años y décadas. En otras palabras, estas páginas no son, como ciertos personajes podrían decirlo, un testimonio de resentimiento, frustración o amargura, sino todo lo contrario.

Desde luego, La historia fue otra nos entrega, como su título lo sugiere, la otra cara de este país, una cara terrible, espantosa e indescriptible. Es el rostro del peor horror que se ha conocido aquí, un horror indecible de crímenes que todavía no se han resuelto y para los que no se divisa solución. El caso “Caravana de la Muerte”, ese genocidio perpetrado por Sergio Arellano Stark y sus esbirros, ocupa un lugar central en el volumen, no solo porque Carlos fue bestialmente asesinado el día antes al que debía salir en libertad, sino debido a que se tradujo en una masacre que se extendió por gran parte del país. El proceso, de una complejidad abismante, es descrito por Carmen con una claridad casi increíble y más increíble aún es que ella se las arregle para injertar notas humanas que, al menos en parte, alivianan esa pesadilla.

Bastaría con ese juicio que Carmen llevó a los tribunales con un coraje inédito, para que ella hubiera merecido la calificación de ser una de las abogadas más tesoneras y luchadoras en el foro nacional. Pero no, eso no le bastaba, tenía que meterse en la boca del lobo e ir mucho más lejos. Muchas veces me he preguntado por qué Carmen hizo todo esto y por qué, hasta el día de hoy, continúa haciéndolo. Indudablemente, pudo haber sido una jurista brillante en numerosos campos –de hecho, lo fue en la Corporación de la Reforma Agraria- y mi intención al decir esto es que nadie podría haberle reprochado presentar una querella, para luego desempeñarse en una compañía de seguros, un banco o en una institución estatal. Evidentemente, Carmen pertenece a la raza de las personas a las que les gusta meterse en las patas de los caballos, pues ahí sigue hasta el día de hoy, habiendo trabajado por largos años en la Vicaría de la Solidaridad, para después tomar parte en el juicio contra Pinochet, en el complejísimo proceso a cargo del ministro Juan Guzmán, los enrevesados trámites a raíz del arresto del dictador en Londres, los laberintos bizantinos del caso del Banco Riggs y suma y sigue.

La historia fue otra contiene, además, con ese humor negro que es la marca registrada de Carmen, sus años en el exilio argentino y venezolano, el nuevo exilio en París tras el homicidio cometido en contra de su empleada Sofía Yáñez, en fin, no puede decirse que haya llevado una vida placentera y las cosas le hayan salido fáciles. Aun así, tampoco puede decirse que estas tragedias la hayan doblegado ni le hayan hecho agachar la cabeza: al revés, parecería que, tras cada golpe devastador, que a cualquiera dejaría paralizado, a ella la han fortalecido. Por si fuera poco, La historia fue otra refleja numerosos otros intereses de Carmen: la literatura, el arte, el cine, la pasión por ciertas ciudades y tantos más.

Tal vez la gracia suprema de este tomo es algo de lo que ya hablé a la pasada: la inconcebible memoria, la capacidad para articular sucesos confusos, a ratos incomprensibles para los legos, no son obstáculo para que Carmen describa, con transparencia y amenidad, una intrincada madeja que se va desenredando para beneficio de los lectores y para, hacia el final, sufrir una catarsis ante tanto sufrimiento; o frente a tanto compañerismo, tanta alegría ante pequeñas victorias, grandes victorias o fracasos que, de nuevo, en lugar de doblegarla, la fortalecen y nos hacen seguir sus pasos hacia la victoria que ha sido su vida.

Nadie sino Carmen pudo haber escrito este libro, nadie sino Carmen pudo habernos proporcionado un testimonio del pasado que, asimismo, mira al futuro. Nadie sino ella podría haber sido capaz de darnos este recuento fascinante, entretenido, a ratos cómico, que se sigue como una novela, hasta el punto en que desearíamos que el libro tuviera muchas más páginas.

La historia fue otra conforma, de este modo, una multiplicidad de relatos concebidos por una mujer que, lejos de pensarse a sí misma como un ser excepcional, se dispuso, inicialmente a regañadientes, a compartir su vida o buena parte de su vida con nosotros, sus lectores, que, pensemos como pensemos o sintamos lo que sintamos, debemos agradecer este libro, ya que lo mínimo que puede hacer alguien bien nacido es darle las gracias por su esfuerzo o, en palabras de Benedetti, gracias por el fuego.


Gracias por el fuego

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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