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Un mundo de cosas pequeñas

por · Marzo de 2017

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Los personajes de Kramp, la primera novela de María José Ferrada, no tienen nombre. D, M, E o S circulan por sus páginas marcados solo por las iniciales. Este gesto, que es una forma de cuidado, de proteger identidades, me hizo imaginar a la novela como una suerte de juego de tablero. Cada letra una ficha, una posibilidad de movimiento. Cada casilla una nueva ciudad de provincia donde se venden los productos y tarjetas que marcan caídas en la fiebre o apariciones de fantasmas.

Uno siempre lee desde una particular orilla. Vivimos con la ilusión de que todos leemos lo mismo. Alguien nos dice: leí tal o cual novela y nosotros contestamos alegres o sorprendidos: «Yo también». Pero no es cierto. Como tampoco es cierto tantas veces que respondemos a un «¿cómo estás?» con un «bien ¿y tú?». Ya solo en esta mesa hay tres versiones de Kramp. La que lee la autora, la que lee Juan, la que leí yo. Todos tenemos las piezas en el tablero. Pero se mueven diferente según el juego, los ojos, las asociaciones, que hace cada cual.

Mi lectura de Kramp, mi Kramp, si se me permite la patudez, es una novela de objetos. Un mundo en el que los seres humanos conviven y son afectados por los objetos. Un mundo que se explica según las cosas que se tienen cerca. O, como comenta la narradora: «De tanto escuchar hablar sobre los productos Kramp, comencé a utilizarlos para entender el funcionamiento del mundo y así, mientras mis compañeros hacían poemas a los árboles y al sol del verano, yo homenajeaba ojos mágicos, alicates y serruchos». Para luego agregar: «Lo que quiero decir, es que cada persona intenta explicarse el mecanismo de las cosas con lo que encuentra a mano. Yo, a los siete años, había estirado la mía y había dado con el catálogo de Kramp».

M, una niña, viaja con su padre, D, a vender productos Kramp e interactúa con algunos viajeros, que venden otras cosas. («Una familia flotante. Una familia sin parientes y, por lo mismo, más soportable que cualquier otra».) Mientras esto pasa, la madre está como perdida. Rota. Ausente. Como dice M: «No porque saliera mucho de casa, sino porque una parte de ella había abandonado su cuerpo y se resistía a volver».

Son pesonajes que hablan poco, una niña sin amigas que disfruta más de la compañía de los adultos. Personajes que se leen a través de los objetos que cargan. Como los zapatos siempre lustrados de los viajeros, como la cámara de fotos de E, para atrapar fantasmas, como la libreta de notas, duplicada, en la que el padre le escribe justificativos a la hija para que no vaya a clases, como los mensajes que padre e hija se dejan dentro de un maletín.

Les comparto ese capítulo, el número 10 (es breve, no se asusten): «Los días pasaban y yo dejaba en el maletín de D cartas del tipo: “Me gusta ser tu ayudante.” Y a modo de firma ponía flores e “insectos de la suerte”. D respondía las cartas con frases como: Me alegro!. Y a modo de firma ponía peces y ballenas».

En esta novela, la vida, la familia, la historia, se explora en forma de inventario, de catálogo. Como el zapatero alemán que llega a la conclusión de que, si el tiempo no avanza, entonces el enemigo nunca nos podrá alcanzar. Y entonces se dedica a fabricar zapatos «de finales de los cuarenta, tiempos de paz», para que el tiempo así no pase, para que la vida duela menos. O la niña que, luego de mucho acompañar y ayudar en las ventas, empieza a pedir objetos a manera de comisión. Lo primero que pide: un maletín como el de su padre. Y luego, y cito: «Al maletín se sumó un conjunto de muñecas vestidas con el traje típico de sus países, un abrigo verde con un prendedor, un termo amarillo de Mickey Mouse, una visera reversible, un chaleco inflable, y una decena de cosas que fui anotando, bajo el concepto “PAGOS”, en la libreta que siempre llevaba conmigo».

La compañía de M se vuelve fundamental. La niña dice: «Si el encargado se detenía en mis pupilas, en lugar de encontrarse conmigo, se encontraba con todas las posibles formas de la fragilidad: el hambre en el mundo; las esculturas de hielo que, luego de tanto esfuerzo, terminaban volviéndose agua; la perra Laika que daba vueltas, vueltas y más vueltas en una noche infinita».

María José Ferrada hasta ahora era conocida por sus libros infantiles y, en esta, su primera novela, la exploración en la infancia es valiente. Se trata de una niña que crece en estas páginas. Que se pregunta por el funcionamiento del mundo. Pero que también pasa de ver fantasmas en el humito que sale de la sopa a trizarse luego de la decepción frente a su padre y trata, en un momento terrible, de aguantar la respiración para así dejar de existir.

Se trata de una novela donde, a diferencia de lo que intenta hacer el zapatero alemán, el tiempo sí pasa y el tiempo sí duele. Un mundo de desapariciones, de desvanecimientos. De un oficio como el de viajero ambulante que ya casi no vemos, más acostumbrados (y distraídos) por otros sistemas de consumo y compra/venta, que son también otros lenguajes. De los fantasmas que hay que fotografiar, volver a la luz; de las desapariciones que no se pueden nombrar y que están ahí de trasfondo de esta novela breve y engañosamente simple. Como dice la narradora: «No, fotografiar fantasmas no era como fotografiar personas. A los fantasmas tardabas mucho tiempo en encontrarlos. Tenías que hacer preguntas, llamadas desde teléfonos públicos y hablar con personas que tenían miedo de decirte lo que sabían».

Hay un libro de cuentos de A. M. Homes que me gusta mucho y se llama The safety of objects. El título es brutal porque los objetos, en esta obra, se muestran seguros en tanto todo lo demás, todo lo humano, se desmorona a su alrededor. Parejas van y vienen, personajes mueren, irrumpe la violencia pero ahí siguen los autos, las pelotas de básquetbol, las muñecas. Testigos. Tal vez incluso cómplices. Por su parte, Paul Connerton en su libro How societies remember dice que, si no fuera porque los objetos se mantienen más o menos en su lugar, nos volveríamos todos locos. Ok, exagero, pero dice sí que nuestro equilibrio mental depende de que las cosas se mantengan más o menos en su lugar. Visto así, todo está interconectado, y ese diálogo en esta novela es atractivo y permanente. Como dice el padre, D: «Un solo tornillo puede precipitar el fin del mundo». Y también: «El funcionamiento de los ecosistemas, la ley de causa y efecto, la relatividad, ‘todo se puede entender mirando los cajones de una ferretería».

Uno de mis poemas favoritos de la poeta polaca Wislawa Szymborska se llama “Bajo una pequeña estrella” y en un momento dice: «Que me disculpen las grandes preguntas, por mis pequeñas respuestas». En Kramp, las preguntas nunca terminan y se las enfrenta, con más o menos valentía, con más o menos desesperación, pero siempre desde una honestidad brutal. Como la niña, que ya crecida, reflexiona: «Habíamos existido hacía mucho tiempo y, al contrario de lo que me había imaginado, la propia desaparición no era en absoluto dolorosa. Te vuelves humo. Con los restos, los del futuro hacen lo que pueden».

Y si bien esa última cita queda flotando, aquí, pesada, hay en Kramp tanta, muchísima luz. De esa que, como explica la narradora, puede hacer aparecer o desaparecer a los objetos. De esa que acompaña y que, sí, ilumina, trayendo algo de felicidad.

Me quedo entonces con una última cita de esta historia.

(y me callo)

Acá va:

«Los trayectos que más me gustaban eran los de vuelta. Y no era porque al terminar la carretera quedara mi casa, sino por el efecto lumínico que se producía al final de las tardes y que lo simplificaba todo. A esa hora, el mundo se parecía a la maqueta que había visto en una de las tantas ferreterías que visitábamos».


Un mundo de cosas pequeñas

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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