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Todo lo que se pudre forma una familia

por · Marzo de 2017

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El arco biológico de una década de narrativa está plasmado en el último volumen de cuentos de la escritora argentina Selva Almada, El desapego es una manera de querernos (2015, Literatura Random House), que funciona como una especie de balance, un compendio de relatos desperdigados en libros, revistas y antologías, escritos entre 2004 y 2014.

En el libro, que acaba de ser publicado en Chile, están las marcas, las pistas que deja una escritora que está en plena construcción, que en paralelo publicaba las trascendentales novelas El viento que arrasa (2012, Mardulce) y Ladrilleros (2013, Mardulce). Ahí, en los cuentos de la recopilación, se lee la arquitectura de su narrativa, los trazos que denotan la construcción de una obra.

—Fue raro. Al principio me daba un poco de vértigo volver sobre ellos. Nunca releo un libro una vez publicado y de la publicación de muchos de estos relatos habían pasado diez años. Pensaba que tendría que reescribirlos enteros, que no me reconocería en esos textos. Finalmente tomé una decisión: corregiría lo menos posible, sólo detalles groseros. Decidí que si el libro era una antología de cuentos escritos en el transcurso de una década sería interesante para el lector poder percibir ese arco, reconocer una escritura más torpe, los titubeos de la principiante, el exceso en algunas frases o construcciones. Que si además de leer una serie de historias, algún lector quería rastrear esas otras cosas, que eso estuviera allí. Porque también la de esos relatos de hace diez años, soy yo—dice Selva Almada desde Buenos Aires.

—¿Cómo crees que cambió tu escritura entre 2004 y 2014, periodo en que fueron escritos los cuentos que reúnes en este libro?

—Creo que mucho de lo que me interesó trabajar más conscientemente en Ladrilleros, por ejemplo, ya estaba ahí, de manera espontánea, el uso de la oralidad, el intento de transformar esa oralidad en una poética. Creo que la escritura cambió en el sentido de que fui volviéndome más clara, más económica, más austera.

—Alejandro Zambra decía que los escritores siempre escriben el mismo libro, que el que va cambiando eres tú, ¿qué te pasa a ti?

—Creo que siempre estamos escribiendo sobre lo mismo. Yo no me había dado cuenta, aunque ahora me parezca tan evidente, de que siempre estaba escribiendo sobre las relaciones familiares. Y es que la familia es una institución muy cuestionable para mí. La familia como cosa sagrada, como aquello que está antes que el resto del mundo, me resulta de una mezquindad despreciable. La idea clase media de familia, la idea católica de familia, escribo contra eso y pienso y milito también en mi vida personal.

«Parece una ley: todo lo que se pudre forma una familia», anota el escritor argentino Fabián Casas en el poema «Hace algún tiempo». Esa frase, misteriosa y feroz, podría ser el epígrafe de El desapego es una manera de querernos. En los relatos se repite la familia como objeto disfuncional por excelencia. Asistimos a intimidades crudas, incómodas: en «Niños» la narradora rememora su infancia en un pueblo y su crianza en una familia en que los parentescos son difusos; en «Intemec» una niña tiene un vínculo tenso con su madre, la que a su vez, mantiene la misma relación con su abuela; o en el increíble «El incendio», en que una mujer no logra recuperarse de la pérdida de su hijo mientras su marido, con intenciones ocultas, desea llevarse a Buenos Aires al hijo adolescente del capataz de la estancia.

—Todo aquello que tiene que ver con lo injusto, con lo doloroso, con lo traumático, con lo abusivo, lo experimentamos en primera instancia en la familia. Por eso combato la idea de la familia como núcleo protector. Por eso prefiero las familias disfuncionales, a las que siempre le falta una pata. Me parecen mucho más honestas que aquellas donde «lo primero es la familia», como se dice en Argentina —asegura Almada.

—En ese sentido, ¿qué tan importante es para ti la experiencia al momento de escribir?

—Para mí es muy importante. No te digo que toda mi escritura se base en la experiencia, por supuesto (aunque en este libro en particular hay una buena cantidad de relatos autobiográficos); también, cuenta la imaginación para construir un universo y los personajes que lo habitan; también, puedo escribir sobre cosas que no he experimentado en mi vida, de eso se trata, creo, la escritura: de poder ponerse en los zapatos de otro y comprenderlo. Pero creo que esa comprensión o esa mirada del mundo que es la —llamémosle— «voz de un escritor», tiene siempre que ver con su propia experiencia en el mundo.



Simpatía por la muerte

Planeando sobre los relatos de El desapego es una manera de querernos se va desprendiendo el mundo único y propio de Almada, las atmósferas inquietantes en pueblos de la provincia de Entre Ríos, tan solitarios como calurosos. Ante todo, incómodos. Por ahí pasan las fiestas familiares, la inocencia infantil, el desencanto, las conversaciones llenas de silencios, la enfermedad y la convivencia natural con la muerte, desde los animales a las personas. «No se encariñen con el animal —había dicho la Abuela cuando lo trajo el hombre del campo—: lo compramos para carnearlo y van a llorar cuando se muera», cuenta la niña que protagoniza «Niños».

También, está la intensidad de sus descripciones, las imágenes poéticas. En «La muerta en su cama», escribe: «Pasaron veinte años y nunca se supo nada ni se resolvió el crimen. Probablemente el asesino de Andrea siga respirando el olor a tierra mojada que precede a las lluvias y sintiendo el sol sobre su cara. Mientras ella mira crecer las flores desde abajo».

—En varios relatos de este volumen aparecen los velorios como escenario, ¿cuánto de la vida de un pueblo se reproduce en ellos?

—Bueno, hay muchas escenas de la vida pueblerina de los años ochenta, que fue el período que yo pasé en un pueblo muy pequeño del interior de Argentina, y muchas de esas cosas ya no existen, por ejemplo los velorios en las casas particulares. Hoy en día a nadie se le ocurriría y en esa época, cuando yo era chica, era muy habitual. Había una relación distinta con la muerte, más cotidiana, más afectuosa. Hoy causa horror pensar que nos vamos a morir. Creo que había una relación más relajada, menos escandalosa, hace treinta años atrás.

—Literariamente, ¿qué te parece más interesante de la muerte?

—Bueno, un poco hablaba de eso antes, de la relación más descontracturada que teníamos con la muerte cuando yo era niña. Me crié en un pueblo rural: mientras con mis hermanos y primos jugábamos en el patio, al lado nuestro la abuela podía estar torciéndole el pescuezo a la gallina que después pondría en nuestro plato. Una ruta pasaba a cien metros, nuestras mascotas morían aplastadas por los camiones enormes que venían de Brasil. Convivíamos con todo eso. Sabíamos que la muerte era dolorosa para los vivos, pero que era así, que era algo natural de algún modo. No nos protegían a los niños de la muerte, si no que nos incorporaban naturalmente a esa idea. Y literariamente no se me ocurre un tema más atractivo ni más estimulante que la muerte.

—En tus cuentos los personajes muestran sólo trazos, no te detienes a perfilarlos exhaustivamente. Quedan abiertos a la interpretación. ¿Cuánto sabes de tus personajes antes de escribir?

—Sé muchísimo. Tal vez no sepa qué color de ojos tienen, no me interesa, pero sé lo que piensan, lo que pueden hacer, qué desean. Y también hay cosas que no sé, y me parece que eso está bien, que tengan sus secretos incluso para mí. De todos modos no diría que lo sé todo antes de empezar. Mi escritura ocurre siempre mientras está ocurriendo, es decir, se va construyendo en el camino, voy descubriendo cosas en el transcurso. Eso también ocurre con los personajes, se van develando a medida que trabajo.

—La parte «En familia» está compuesta por siete cuentos que se relacionan entre sí, mostrando las diferentes perspectivas en torno al suicidio de Denis. Funcionan como un puzzle o una especie de micronovela, ¿lo concebiste así desde un principio?

—Sí, quería contar un episodio que ocurrió en mi familia, a partir de las reacciones que vi o que me contaron de distintos miembros de la familia. Y creo que puede leerse como una nouvelle, sí. En realidad, creo que las tres primeras partes del libro pueden leerse de ese modo.

—El relato «La muerta en su cama» es una reescritura —la única de este libro— de «La chica muerta», donde narras el asesinato de Andrea Danne, que también es una de las tres historias que cruzan Chicas muertas (2014, Literatura Random House). ¿Cómo fue reescribir este cuento con todos los datos que surgieron tras la investigación de Chicas muertas?

—A ese relato lo iba a sacar de la antología justamente porque estaba plagado de errores respecto al caso que luego investigué para Chicas muertas. Pero justo me lo pidieron para integrar un programa del Estado que me parecía muy bueno, se llamaba Libros y Casas: a personas sin recursos para tener una casa propia, el Estado le daba su casa con una biblioteca con libros de escritores argentinos. Este relato iba a integrar una antología de cuento policial, algo así [Bajo sospecha. Relatos policiales]. Entonces, lo reescribí con ese propósito y luego lo incluí en el libro.

—En algunos meses Literatura Random House publicará tu libro El mono en el remolino, apuntes sobre el rodaje de Zama, la adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto. ¿Cómo fue volver a la no ficción luego de Chicas muertas?

—A mí me gusta mucho la no ficción y me parece que cada vez hay que reinventarla, como me pasa con la ficción. No me interesa escribir un libro igual a otro. Así que esta vez también tuve que buscar la manera de escribir no ficción y separarme de Chicas muertas. La primera decisión fue que los textos tendrían un narrador en tercera persona. Fue un libro arduo porque no daba con el tono, me costó mucho encontrarle la forma. Finalmente me gusta mucho cómo quedó, son textos muy breves, impresiones personales del rodaje, de las personas que trabajaron en la película o de los sitios donde se filmó.

—Compartes rituales al momento de escribir ficción o no ficción?

—No. No tengo rituales en general, para nada en la vida.

Todo lo que se pudre forma una familia

Sobre el autor:

Javier Correa (@javiercorreaM) es periodista.

 
 

 

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