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Violencia de género en primera persona (la columna que nadie quiere escribir)

por · Marzo de 2017

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No puede ser que tenga tanto miedo en mi propia casa, que, a esta hora, mi vecina esté instalando una cadena con pestillo, que tenga que alertar a mis otros vecinos, que un hombre, por tener más fuerza, se aproveche para agredirme.

Tengo rabia conmigo, rabia de verme tan afectada por el ataque machista y violento de un hombre, tanto que escribo esto y tirito. El día miércoles marché y habían muchos, muchísimos letreros: «Vivas nos queremos», «ni una menos» y, aunque soy lo que se podría definir como «feminista», editora de Braga, una revista en la que precisamente luchamos contra la violencia de género, es hasta hoy que todos esos letreros se manifestaron con toda su magnitud, recién hoy, cuando sentí miedo, los entendí a cabalidad. Nunca piensas «me puede pasar a mí» hasta que te pasa y hoy me pasó y tengo rabia de tener rabia conmigo porque no es mi culpa. Y me da pena que, a pesar de todo los esfuerzos, este Chile del «patrón de fundo» aún esté tan presente.

Hoy al mediodía, cuando justo pensaba que estaba «contenta», sentí a alguien golpear mi puerta con prepotencia. Era mi ex arrendatario que fue a llevarme unas «cuentas pendientes» a mi departamento nuevo, que está en el mismo edificio. Con él siempre tuve problemas, siempre me inventaba un cobro de más, hasta que recibí por whatsapp un aviso de que vendería a mi depto., así de la nada, un día cualquiera a las 21 horas. Fue cuando comprendí que debía cambiarme de allí.

Él es un misógino tan grande, que en las pocas oportunidades que lo vi, no paró de mirarme las piernas, hablar de mi vestido y recomendarme que me consiguiera un marido para que me pagara el departamento. En una oportunidad, me acusó de tapar las cañerías con «toallas higiénicas», y cosas así de incómodas. Las mujeres no tienen que trabajar, me dijo, la mujer tiene que estar en su casa, esperando a su hombre y me relató que, mientras él se iba a su fundo, su mujer lo esperaba dispuesta para cuando volviera. En ese momento, cuando salí de su oficina —también es dueño de una agencia de viajes y de una exportadora de frutas—, vi que trabajaba con mujeres y me fui angustiada.

Cuando lo vi hoy por la mira de la puerta, venía con su hijastro. Después de tocar mi puerta y forzar una conversación, me pasó las cuentas de manera violenta y dijo: «Te vengo a avisar que me vas a pulir el piso y me vas a pagar un mes de arriendo». Entonces repasó en voz alta una serie de cobros más que —a mi juicio— son indebidos. Le digo a todo que sí, que lo veamos la próxima semana, que me tengo que ir a tomar un avión. Entonces me grita que «vamos a hablar ahora». Es en ese instante cuando trato de cerrar la puerta y él la empuja y sostiene con fuerza. Le digo que no entre a mi casa, que salga, pero él se niega. Frustrada, me devuelvo a mi pieza para terminar la maleta —porque efectivamente estaba a minutos de perder el avión— y el tipo comienza a gritar ya desde el pasillo del departamento. Vuelvo a decirle que se vaya, pero ahora afirma la puerta y sigue gritando. Luego, asegura la puerta con el brazo extendido, ya instalado en el hall de acceso, y me grita de nuevo que no conversará después, que «vamos a hablar ahora». Intento cerrar la puerta una vez más y sigue el forcejeo hasta que lo logro. Vuelvo llorando a hacer la maleta. Mi compañera de departamento sale en medio de su ducha para ver qué pasa, le explicó a la pasada, le cuento que fue violento, que en un momento tuve miedo de que me agrediera.

Miedo, en mi propia casa, en el lugar donde nunca una mujer debiese sentir miedo.

Lloro de rabia.

Unos minutos después, atrasadísima, bajo con la maleta y me encuentro con el tipo tomando un café, ahí mismo, en una mesa, como si nada, hablando por teléfono. Alterada, camino en dirección contraria y entonces aparece el ex de mi roomie. Ahí le cuento lo que pasó y él avanzó hasta donde estaba el tipo para enfrentarlo. Resulta que a él sí, porque es hombre y más alto, el tipo de la puerta lo escucha y no le grita. A mí no me mira, no existo. Entonces me trata de mentirosa, le dice que fue «a lo amigo», que nunca entró a la casa, que yo soy muy «histriónica». De repente se le sale un «zorra» que seguro tenía contenido desde el episodio de la puerta. Tengo que tomar el taxi, así que me alejo, me subo y lloro, y entonces, mientras escribo esto en una sala de espera, me doy cuenta de que sigo llorando de rabia.

No puedo publicar su nombre, porque junto con mi abogada decidimos iniciar una acción penal —sobre todo para crear jurisprudencia en este tipo de casos de violencia—, pero estoy segura que son muchas más las mujeres agredidas por este hombre: un tipo repulsivo, de unos 60 años, atlético, alto, que te tira el cuerpo encima al hablarte —antecedido por un pecho exuberante seguramente cultivado por el caminar con el «culo parado» de los chilenos de su especie—, ese tipo de patrón de fundo que «te avisa» lo que vas a hacer. No te lo pide, ni lo pregunta: avisa. Y su hijastro, de unos 40 años, que vio todo y no hizo nada, que no lo paró, ni me defendió, porque de seguro cree que esa forma de tratar a las mujeres es lo normal, porque es su madre la que espera a mi agresor «dispuesta» para cuando él vuelva del campo.

Violencia de género en primera persona (la columna que nadie quiere escribir)

Sobre el autor:

Laura Quintana

(@nenanerd) es periodista y directora de Bravo/Quintana Comunicación Estratégica.

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