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Gritar sin miedo

por · Mayo de 2017

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Sur de Chile. Tano es enviado a vivir al campo. Fue atrapado robando en un servicentro, por lo que su futuro pasa a manos de la justicia. A modo de prueba, queda a cargo de su padre, a quien apenas conoce, para evitar ser llevado al Servicio Nacional de Menores (Sename). El lugar donde vive su padre está aislado y forma parte de una zona mapuche en constante conflicto con la policía. Los ruidos de disparos y allanamientos son comunes para las familias que viven en ese sector, pero no para Tano. En ese lugar y bajo ese contexto conoce a Cheo, un joven mapuche tímido y retraído, que es acosado por sus compañeros en el colegio. Apenas conversan, pero se vuelven amigos. Son cómplices del silencio. Enemigos de la adolescencia.

Mala junta, dirigida por la realizadora mapuche Claudia Huaiquimilla es una de las mejores películas chilenas del último tiempo. Es atrevida y honesta. Capaz de tratar temas complejos que, muchas veces, parecen intocables: el conflicto mapuche y la violencia por parte de fuerzas policiales a familias y dirigentes sociales del sur de Chile; el miedo que los jóvenes y sus familias le tienen al Sename; el bullying tan naturalizado en los colegios; el abandono, físico o emocional, de padres y madres a sus hijos. No es fácil hablar de todo lo anterior en 89 minutos, pero Huaiquimilla lo hizo con una destreza particular. Permite al espectador sentirse parte de estas historias, porque pareciera que estuvieran contadas desde la suya propia. Su voz es la que conmueve. Nos acerca a una realidad violenta, de la que muchas veces no queremos escuchar.

Además de lo honesto que es el relato, está muy bien hilado. Pareciera que nada sobra y que todo aporta en la construcción de los personajes. Un arco en el que se destaca, sobre todo, la evolución de Tano, personaje interpretado por Andrew Bargsted, joven actor a quien ya habíamos visto en Nunca vas a estar solo, película de Álex Andwandter, en que encarnó a un chico homosexual que es brutalmente golpeado por jóvenes con ideas neonazis que viven en su barrio. En Mala junta su papel es completamente diferente. Tano es irreverente, se muestra despreocupado del mundo que lo rodea. No le importa su padre, sus compañeros, ni los problemas que pueda ocasionar. Es falta de respeto y hace lo que quiere. Al menos eso es lo que quiere demostrar. Que nadie lo manda. Lo interesante es que a medida que avanza la historia algo cambia en él. Puede haber sido Cheo, la relación con su padre o la posibilidad de caer en el Sename. Lo cierto, es que a Tano le cambia la mirada en su proceso de maduración, y es precisamente esa mirada la que hace brillante la actuación de Bargsted. Interpreta el dolor del abandono y el miedo a la soledad con un carisma para no olvidar.

Cheo, joven mapuche encarnado por Eliseo Fernández, tiene un rol más discreto en su familia y colegio, pero a medida que avanza la historia nos iremos dando cuenta de su interés por el conflicto que ocurre en la zona. Participa de asambleas, acciones reivindicatorias, y tiene más personalidad de lo que parece. Su tierra es su vida y por eso está dispuesto a defenderla de las empresas forestales, no sin evitar sufrir el prejuicio y la violencia de la gente. En el colegio se burlan de él y lo tratan de terrorista, una etiqueta que le han puesto solo por tener origen indígena. Esta es una realidad que trata muy bien Huaiquimilla, el cómo se suele hablar de los mapuche en nuestro país. «El terrorismo capitalista es la tragedia de esta época», dice Elicura Chihuailaf en Recado confidencial a los chilenos, refiriéndose precisamente a las empresas forestales o hidroeléctricas, entre otras, que afectan el territorio del sur de Chile. Un lugar ancestral que Cheo y su comunidad están dispuestos a proteger, acción por la que han debido aprender a convivir con los escrúpulos de la gente y la represión policial.

La película de Huaiquimilla es política, pero también muy humana. Retrata la relación de dos jóvenes que parecen muy diferentes, pero que tienen algo en común, vivir con la violencia a sus espaldas, ser compañeros del dolor. Un aspecto que está muy bien trabajado desde lo estético. Los colores nos hacen viajar por días grises y fríos, y la banda sonora construye una atmósfera que nos acerca a la naturaleza, tanto de los escenarios como de los personajes. Recursos muy bien trabajados que hacen que la historia capte mayor tensión y emoción de la que tiene por sí sola.

Mala junta fue premiada en el Festival Internacional de Cine de Valdivia, Festival Cine de Mujeres (FEMCINE) y Festival de Cine Chileno (FECICH), entre otros tantos. Una retribución que el equipo completo de este largometraje se merece. La sinergia del trabajo cinematográfico traspasa la pantalla, emociona, y eso es algo que debemos saber aplaudir.


Gritar sin miedo

Sobre el autor:

Valentina Gilabert

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