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Las chicas del cable: mucha azúcar, poco feminismo

por · Mayo de 2017

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Casi todos los que nos criamos en el Chile de los noventa vimos teleseries. La guerra entre “el trece” y “el siete” llenaban las páginas de la TV Grama. Como en un rito tribal, los adultos se sentaban a las ocho de la tarde en el living y ahí se convocaba a todos. Es mi infancia en Osorno con seis hermanos y lluvia, nueve de doce meses. Quizás se parece a la de alguno, quizás no, pero en la mayoría de las casas la televisión estaba prendida a esa hora. Sucede ahora también, aunque menos porque Netflix reemplazó la convocatoria por una libertad sin límite de horario.

Las chicas del cable es una serie que entretiene y funciona perfecto para ver de fondo mientras haces algo realmente importante, aunque recomiendo poner atención en el maravilloso vestuario y algunas —no todas— locaciones muy bien logradas que muestran la preciosa ciudad de Madrid.

Son los locos años 20 y la trama tiene como centro La Compañía Nacional de Teléfonos de España.

Allí, cuatro amigas —Carlota (Ana Fernández), Marga (Nadia de Santiago), Lidia (Blanca Suárez) y Ángeles (Maggie Civantos)—, todas descubriendo la libertad de tener un trabajo y soñando con ser “mujeres independientes”, entran a trabajar como telefonistas en el marco de la expansión del servicio telefónico español.

Lidia, aka Alba, lleva la batuta y, como en toda teleserie que “Dios mande”, está en medio del amor de dos hombres guapísimos: Francisco, serio y resuelto, interpretado por Yon González, y Carlos, un tipo encantador y bohemio a cargo de Martiño Rivas.

El guión de la primera serie de Netflix producida y rodada íntegramente en España se da muchas licencias, aunque las grandes situaciones son solo un pretexto para lo realmente importante en la realización: el amor, ese dulce y pegajoso como los turros de azúcar que se hacen en las cucharas que los pelotudos meten al azucarero luego de revolver el café.

De fondo, borroso, se ven los albores de la lucha por la igualdad de género con sufragistas arrestadas por pedir su derecho a voto y practicar la libertad sexual negada en ese entonces a las mujeres (y también ahora, debo decir), representada en una relación amorosa de tres.

En los 8 capítulos de su primera temporada Las chicas del cable nos muestra —de pasada— problemas que también han trascendido en el tiempo: la violencia intrafamiliar y el machismo —con hijos de por medio y un tirano como marido. Una hija presa de su conservador padre, una provinciana enamorada y una secretaria que es una arpía, pero que en realidad no es su culpa, sino que tiene problemas de autoestima y luego se arrepiente y encuentra el amor. Esto último es una suposición, pero si hablamos de una teleserie hecha y derecha, así será.

¿Y es que acaso no todos queremos encontrar ese amor que nos redima y nos haga seres humanos dignos de admiración?

Esa ensoñación atraviesa la serie llena de lugares comunes donde reflejarse, y es que el amor es un lugar común, algo que nos transforma en seres básicos y presos de las pasiones más constituyentes, como los celos, la intriga y la neurosis de Carolina, esposa de Francisco, personaje secundario muy bien logrado por la actriz Irina del Río.

Por último, dos cosas que no puedo dejar de advertir de LCDC (suena cool): la primera y más importante, la música no es de época, sino que un popurrí de tecno-dance en inglés que es imposible incorporar a cada escena.

La segunda no es tan grave pero da algo de pudor: la protagonista actúa como narradora —al final o principio de cada capítulo—, con unos análisis pilarsordistas leídos como la última revelación de los estudios de Freud. Mal.


Las chicas del cable: mucha azúcar, poco feminismo

Sobre el autor:

Laura Quintana (@nenanerd) es periodista y directora de Bravo/Quintana Comunicación Estratégica.

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