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Las fortunas de Megan Boyle

por · Mayo de 2017

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Megan Boyle (1985) es una escritora estadounidense considerada parte de la comunidad Alt-Lit. Hace unos años publicó el libro de poemas Antología de entradas inéditas del blog de un empleado mexicano de Panda Express y este jueves presenta su nuevo libro en Santiago, Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido, en Merced 116 bajo el sello editorial Libros de la Mujer Rota.


En Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido, Megan Boyle da instrucciones para estar sola. Desde probar frutas que nunca has probado, poner un aviso en Craigslist y no responder preguntas, a buscar en Internet subarriendos en distintos lugares del mundo, sus recomendaciones mezclan el humor con una soledad triste. También hace listas: de las personas con las que ha tenido sexo, de sus momentos incómodos, de sus mentiras. Pasamos de un texto breve a otro y se va dibujando un universo de espacios pequeños y pantallas, uno que le presta atención a las formas de evadirse e interactuar con el mundo, a la relación que tenemos con internet, a los libros que nos definen o repelen. Su estilo recuerda a la Miranda July de It chooses you, libro que July escribe mientras procastina y evita avanzar en su próxima película, un libro que recopila sus encuentros con personas que venden sus cosas en una revista llamada Penny Saver. Hay en Boyle también esa mezcla de propósito y absurdo, esa curiosa inteligencia, esa voluntad de exponerse, de analizarse a ella misma y sus relaciones con otros, de pensarse también.

La colección de textos, que Boyle presenta en Santiago este jueves a las 8 PM, recopila momentos de su genial libro de poemas – o así ha sido catalogado por la crítica – selected unpublished blog posts of a mexican panda express employee (2011), así como otros inéditos. En éste, una estudiante universitaria va repasando episodios de su vida en un blog del que a ratos se avergüenza (y se preocupa de que, en la sala de computadores donde está, la gente no pueda ver que está escribiendo un blog). Cada entrada tiene fecha y va soltando de a poco sus reflexiones. Cosas como: «Estar enfermo se siente como andar con los anteojos de otra persona», «Soy una persona introvertida pero me gusta la aprobación» o «Mi gato siempre me está mirando como si yo estuviera olvidando algo crucial de lo que depende su existencia». También comenta que le gustaría ser dueña de una bodega que guarde todos los tanques de delfines y colillas de cigarro del mundo y que, si no hubiese tenido Internet, «sería un poco más gorda y me habría graduado a tiempo» o «tendría más autoestima pero me sentiría menos inclinada a cuestionar el propósito de mi vida».

Hay aquí una mente inquieta. Una mente insomne o desvelada que salta sin parar de un pensamiento a otro. A veces cuesta seguirle el ritmo. A veces te sorprende pasando de un pensamiento sobre las ganas de escribirle un poema épico a los snacks a confesiones sobre lo inadecuada que se siente en su cuerpo (dice, por ejemplo: «Vivo en constante miedo de la obesidad») o lo Lorrie Moore-esco que le parecen ciertas cosas de la vida. La narradora, la hablante, trata de recordarse, en tono de sedante, que «Internet está allí para ayudarla» y reconoce que deja de pensar en el propósito de su vida cuando tiene una lista llena de cosas por hacer. Se compara con los personajes del escritor Richard Yates (otro fetiche de su ex marido, Tao Lin, que incluso titula uno de sus libros con su nombre), especialmente con las hermanas Grimes de The Easter Parade o la pareja de Revolutionary Road.

De la distracción a la urgencia de mantenerse ocupada, a la angustia de sentir que se está perdiendo algo, las palabras de Boyle van marcando la lectura, juegan, se ríen. Como cuando habla de cumplir años, diciendo: «Voy a cumplir 24 en octubre./ 24/ Protagonizado por Kiefer Sutherland», o cuando confiesa que en la ducha canta «Damn, I don’t want to shower» con la melodía de “Girl, I feel like a Woman” de Shania Twain. Su voz es engañosamente simple, engañosamente frívola, va mezclando momentos de risa y ridículo con algunos de enorme belleza y lucidez. Piensa así que «algunos momentos existen para ser oraciones simples que no necesariamente tienen un mayor propósito que ser exactamente lo que son» y que tal vez los animales piensen en oraciones simples mientras los humanos piensan con otro tipo de oraciones. O también confiesa: «Todavía no estoy segura de qué significaría ‘vivir la vida al máximo para mí’, pero, en rasgos generales, sería algo como ser querida en situaciones sociales y no morir».

Cuando uno va al Panda Express, el restaurante chino de comida rápida en Estados Unidos que menciona Boyle en su libro de poemas, junto con tu pedido te regalan una galleta de la fortuna. Algunos versos de la autora recuerdan la brevedad de esos mensajes, su carácter de recomendación, tal vez ese intento de «dar sentido a una vida sin sentido»: como las listas de cosas por hacer, las búsquedas en internet (dice: «todo el mundo se encuentra buscando algo», para agregar «en petfinder o en Craigslist») o los propósitos de año nuevo. Sobre esto último, escribe la narradora: «Propósito de año nuevo: no tocar a nadie».

Boyle retrata, en sus dos libros, una realidad de proyectos sin sentido, investiga lo que le pasa y lo que siente con paciencia y obsesión. Muestra a la vez la soledad de las pantallas y los chispazos de lucidez que surgen de la interacción con la tecnología, así como también los fantasmas que produce lo virtual.


Las fortunas de Megan Boyle

Sobre el autor:

María José Navia

(@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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