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Un eco de heridas y fogatas

por · Junio de 2017

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Imaginen la primera fila de un concierto de rock (o pop). Los saltos, los gritos, la histeria. Imaginen a esas fans que se tatúan las letras de sus canciones favoritas, que pasan horas en foros y redes sociales posteando fotos y comentarios, haciendo crecer ese grito. Ahora imaginen a unos seres que se alimentan de ese fanatismo, que circulan por recitales, que fingen ser humanas mientras conjuran ese delirio del que luego se alimentan.

Imagínenlo, sí, y ya tienen la nueva novela de Mariana Enríquez: Éste es el mar.

En ella, la autora argentina vuelve a uno de los temas de sus siempre geniales cuentos: el del amor fanático, ese capaz de devorar al objeto de su adoración, solo que aquí esa voracidad adquiere ribetes fantásticos.

La protagonista es Helena, alguien que se ve como una adolescente pero en realidad es parte del Enjambre, una entidad que se encarga de circular por recitales de música y potenciar el delirio (que llega incluso al suicidio) de los fans del grupo Fallen, también llamadas «angelinos». Su misión es generar tal descontrol para así poder ascender al status de Luminosa, algo que le garantizará vivir frente al mar y convertir a un cantante de su elección en leyenda.

El comienzo de la novela atrapa: «Levantó la cabeza para buscar el olor a desesperación que necesitaba. Tenía que hacer un sacrificio. Jamás la verían si no se arriesgaba. ¿Desde cuándo era la mejor del Enjambre?». Helena elige a su víctima. Una chica algo gordita a la que sus padres no la dejan tatuarse y que dibuja en sus brazos el logo de la banda con marcadores. La narración avanza: «Helena también era una fan pero no era humana. Eso lo sabía y no sabía mucho más porque la vida dentro del Enjambre era frenética y no había tiempo de saber ni de escuchar. Toda su especie vivía en perpetuo movimiento y nunca dormía, como los tiburones. Cada noche iban a gritar a algún show, generalmente en diferentes países».

Helena logra ir al mar y compartir residencia con quienes hicieron leyendas de Elvis, Kurt Cobain, Sid Vicious o John Lennon. Y entonces empieza el trabajo serio. Como luminosa, Helena debe asegurarse de que James, el vocalista de Fallen se convierta también en estrella. Para ello comienza a trabajar como su asistente y busca diversas formas para contagiarlo. Así, nos enteramos de que: «Ella lo había pensado bastante y había decidido que convertirlo en adicto era aburrido; en cambio, el asma era sexy».

Y es que las Luminosas deben encargarse de las muertes de antología, del destino terrible. Como se lee en la novela, un poco más adelante: «¿Qué hacía John Lennon caminando solo sin un guardaespaldas? ¿Por qué nadie había visto a Jim Morrison después de su muerte, por qué alguien tan famoso estaba en tanta soledad? ¿Por qué nadie había buscado a Kurt Cobain en su propia casa y quiénes eran esos amigos que habían entrado y salido los días anteriores, furtivos y misteriosos? ¿Cómo nadie se dio cuenta de que Brian Jones se ahogaba en la piscina? ¿Por qué nadie supo quién había matado a Nancy y, luego, quién le dio la heroína a Sid? ¿Por qué nadie había acompañado a Elvis la última noche si sabían lo frágil que estaba? Todas las muertes parecían fragmentos de un sueño olvidado, sin una explicación verdadera. Porque la explicación era la presencia de las Luminosas: ellas provocaban ese estado latente, intermedio, suspendido».

Por culpa de Helena, James va empeorando cada vez más: apenas puede cantar, y sus fans se descontrolan («A las chicas les encantaba. Era asombroso lo mucho que querían verlo enfermo o muerto, teniendo en cuenta que, se suponía, lo amaban por sobre todas las cosas».). Y Helena sigue nutriéndose de esa fascinación: «Ese amor bestial le llenaba el cuerpo de fuerza. La banda se quejaba porque las chicas cada noche gritaban más y ya apenas se escuchaba la música. En cada noche de aullidos, Helena sentía que le ardían las puntas de los dedos y tenía miedo de tocar a alguien, se creía capaz de quemar».

Mariana Enríquez, además de ser una escritora de ficción talentosísima, ha hecho también una importante carrera escribiendo de música para Radar. Incluso, en una entrevista con Leila Guerriero para la revista chilena Dossier, afirmó que ella, cuando escucha una canción perfecta, le parece mejor que cualquier novela. Aquí conviven esos dos mundos. Se unen en el grito y en la forma en que el amor puede acercarse también peligrosamente a la violencia. Solo que, en Este es el mar, la verdadera canción permanece escondida. Está ahí latiendo como un corazón delator, que vibra bajo la anécdota y las descripciones más banales de la gira de Fallen (que, a ratos, pueden parecer excesivas). Nosotros, como lectores, quedamos algo apartados de la figura del cantante; los guardaespaldas que lo rodean también nos impiden el paso. Pero cuando sí podemos acceder a él, cuando al fin nos acercamos a ese misterio, la canción resuena con una fuerza enorme, cambiando todo a su paso.

Y el momento es terrible. Hermoso. Perfecto.

Porque dentro de James se esconde una historia. Porque dentro de James hay un niño que enciende la radio y se aprende canciones de memoria, esperando que su madre regrese. Porque dentro de James hay otras alas y también otros terrores.

Éste es el mar es una novela rara que habla de gritos que nacen del deseo y no del miedo. Gritos que encienden a otros gritos. Gritos que que nunca se apagan. Como se lee en un momento: «…cuando las adolescentes gritan tanto y durante tanto tiempo, el sonido queda en el aire incluso después de que ellas volvieron a sus casas y a sus habitaciones, el aire vibra en una nota aguda, un eco de heridas y fogatas».

La historia, si bien tiene un pie plantado bien firme en el terreno de la fantasía, describe con maestría ese amor furioso de los fanáticos, esa colectividad invisible, y ese intento desgarrado de ir a refugiarse en canciones cuando las cosas pegan fuerte: «Donde encontraban un dolor, una rabia, un vacío, una oscuridad, una tiniebla, un horror, lo aliviaban con la imagen de James y cada noche alguien se iba a dormir besando los ojos de James en una foto y salvo otros fans nadie los entendía pero los fans amaban y sobrevivían y vivían más intensamente que la mayoría de los humanos, con excepción de los religiosos. Pero los religiosos solían ser infelices. Y los fans no».

Mariana Enríquez, en ésta, su más reciente novela, vuelve a deslumbrar y a conmover. Es cierto que tarda un poco en revelar el corazón de su historia, esa canción del fin del verano que tiene el poder de cambiar la superficie de las cosas, pero, cuando lo hace, el mundo tiembla.

Y grita, sí, furioso.


Un eco de heridas y fogatas

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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