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Desde el tercer mundo para el tercer mundo

por · Agosto de 2017

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Hace un par de años participé en un dizque proyecto cuyo fin era documentar la historia del under talquino. La idea era recorrer algunos hitos, lugares clave, personajes relevantes de eso que algunos gustan llamar la escena. El proyecto quedó en pausa indefinida o derechamente fracasó antes de existir. Los plazos fueron anotaciones con plumón al agua en una pizarra blanca y de esa misma forma se borraron. Pero la pequeña, a ratos desdichada y anoréxica historia de esa escena sigue su curso aunque nadie tenga tiempo de tomarle una radiografía.

En ese cuerpo exhausto, Katapulpo es uno de esos huesos que tarda más en descomponerse.

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El pasado viernes 28, Katapulpo lanzó su tercer disco, Siento el sueño, junto a los curicanos Nuestros Mejores Días y Tenemos Explosivos en Fin Ombligo Jazz, una sala para tocatas al interior de una típica casa provincia que funciona como hostal, cerca del extinto barrio rojo de la ciudad. Producido por Arturo Rodríguez (Rodriguistas, Jirafa Ardiendo), que además se incorporó como segunda guitarra a la banda el 2015, cuenta con seis tracks que suman alrededor de 30 minutos de ritmos que le deben tanto a Fugazi como Mogwai.

Pero la historia de la banda empieza con otros músicos y en otra parte.

«El creador original de Katapulpo es Mario Álvarez. El Flaco Mario» me cuenta Roly Rojas, vocalista de la banda, mientras escuchamos música en su casa un par de días antes del lanzamiento. «La primera banda que formé con él se llamaba Asurancetúrix Noise. Asurancetúrix por un personaje de Ásterix que era un bardo que cantaba mal. Esa banda dura un año y se acaba. Luego de tres meses, el Mario arma una banda en Linares que se llama Katapulpo y me invita a cantar porque le gustaban mis letras. Entonces empecé a viajar para ensayar con ellos, que ya tenían seis canciones listas sobre las que iba componiendo. Ahí aparecieron los primeros temas, que son las que hasta hoy seguimos tocando: “Beso negro”, “Lastimoso es recordar” que está en el nuevo disco, “Ecológica Reacción”, etc. Esto fue el año 98. Katapulpo nace el 8 de agosto de 1998».

De esa primera tanda la banda edita un casette homónimo publicado el ’99. La prensa local dijo: «El anarquismo y la telemanía se hermanan en los 90. En el fondo, no hay contradicción entre la cultura pop y la protesta. Se puede responder después de reír con el conejo de la suerte, sin remordimientos ni vergüenzas. Así se teje el disco de Katapulpo, tan atento a la guerra civil española y al régimen militar como al cine gore y los cartoons». A esa altura ya se habían integrado Rodrigo Tapia y Cristian Muñoz, actuales guitarra y bajo. Desde ese momento y hasta el 2002 giran en escenarios pequeños: Linares, Curicó, Chillán, La Calera. Para una banda pequeña, tocar en otras ciudades es una forma de hacer relaciones públicas, ampliar el mapa, armar cadenas de favores.

Y el 2002 se acaba Katapulpo. A la manera de los neochilenos, «de alguna manera el viaje ya había terminado cuando lo empezamos».

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Del casete de Katapulpo no quedan copias ni registros digitalizados. De esas primeras versiones de “Ecológica Reacción”, “Beso Negro” y “Tierra y Libertad” hay algunos precarios registros que circulan en Youtube. Uno de ellos del año 2006, cuando hacen una única tocata de reunión luego del 2002. Podemos ver un bar mal iluminado que la cámara recorre haciendo encuadres extraños. La calidad del video hace ver todo añejo, pasado de moda o algo así. En un momento se detiene en una mesa donde un grupo de personas hace ruido y entona el grito del equipo de fútbol local —«erre con a, Rangers de Talca», etc.—. De fondo suena “Even Flow” de Pearl Jam: el grunge, costra malsana de ciudad intermedia. El sonido de Katapulpo en ese entonces era rudimentario y dista muchísimo de las reversiones que aparecerían en el EP 2012.

«Ese fue un momento importante para nosotros, ¿cachai? Porque nos juntamos después de cuatro años sin haber tocado. Como todos teníamos otras bandas –yo tocaba con Los Sin Retorno, por ejemplo—, no tuvimos que ensayar porque no habíamos perdido el ritmo. Después de esa tocata se acaba de nuevo la hueá».


Si vuelve Piñera, que vuelva Katapulpo

El 2010, Roly Rojas vuelve de Santiago a Talca. La banda vuelve a ensayar. Vuelven las tocatas. El 27 de febrero se cae la mitad de la región y Piñera gana las elecciones y deja a esa mitad de la región en el suelo, en ampliaciones miserables o casas de vulcanita. «Si vuelve Piñera, que vuelva Katapulpo. Ese fue mi discurso para mantener el tema político siempre presente. Ni perdón ni olvido es el slogan que nunca va a pasar de moda». En ese sentido, Roly como letrista insiste en la misma llaga: «Es impresionante como en este país todavía se acepta que un ex CNI o un ex torturador estén libres en la calle». No es casualidad que entre los referentes estén Jello Biafra de Dead Kennedys o Asamblea Internacional del Fuego. «Recuerdo que las primeras canciones las escribí viajando a los ensayos en Linares. Una de las primeras fue “Beso Negro”. Yo quería escribir algo medio Biafra en “California Über Alles”, donde cuenta una historia en un lenguaje sencillo, de calle. En “Lastimoso es recordar” cuento la historia de alguien que fue torturado en dictadura, las pesadillas que tiene. Es una historia triste que me gusta repetirla y repetirla y repetirla porque es impresionante que algo así haya pasado al lado de tu casa. Me gustan ese tipo de letras, me gusta escribir esa clase de canciones, porque siento que así me integro al dolor que tiene este país culiao».

El 2012 editan un EP con cinco canciones y vuelven a los circuitos locales. Parte de esas canciones son versiones remozadas de las que aparecían en el casete homónimo: adultos, con sueldo y mejores equipos, Katapulpo se da el lujo de corregirse como signo de madurez. Tocan, tocan y tocan hasta el hartazgo. Integran a un segundo guitarra que según mi pobre memoria ha formado parte de un puñado de bandas de la escena local y luego se va por razones que olvido preguntar y poco importan. Privilegiados los que viven de su arte: la mezcla de vida privada, trabajo y banda merma el ánimo. Vuelven a separarse. Arman tocatas de despedida. Se despiden sin solemnidad. Y así mismo, sin solemnidad, vuelven a tocar otra vez: «Pasa un año de la despedida y me encuentro con un tipo que me cuenta que va a colocar un bar y quiere que toque Katapulpo. Yo le digo que la banda ya no está tocando. ¿Y por qué no vuelven a tocar?, me dice. Buena idea, le digo. Qué tanta hueá que nos separemos».

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«Hola. Somos Katapulpo y somos el tributo al nuevo disco de Tool que aún no aparece. Así que vamos a tocar las canciones nuevas de Tool que ustedes no han escuchado nunca» cuenta Roly entre risas sobre la vez que fueron invitados a telonear a una banda de covers de los californianos. Ignoro la escena de otras ciudades. En Talca, las bandas tributo son sandías caladas. Grito y plata. Sold out.

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La entrada del Fin Ombligo Jazz es un living amplio de paredes celestes alumbrado por algunos tubos fluorescentes. Hay una mesa de centro con un mantel blanco de crochet, espejos y repisas con figuras de yeso. El documental que fracasó quería mostrarlo como el CBGB’s piducano. Una especie de pequeño lugar mítico por donde han desfilado un sinfín de bandas locales y nacionales. Un lugar, por lo tanto, de reunión e iniciación para no conversos. Katapulpo lanzó ahí el disco nuevo, quizá, como un saludo a la bandera. El público respondió con toda la fuerza que puede responder una tropa de adultos abrigados hasta el tuétano. La banda, una muralla de ruido, hormigón armado para machacar el adobe bucólico del fundo siniestro.

Siento el sueño ya está circulando en Internet y la famélica historia de la escena sigue parada. Rengueando, con visibles de signos de osteoporosis y falta de calcificación. Casi muerta, pero de pie.


Desde el tercer mundo para el tercer mundo

Sobre el autor:

Jonnathan Opazo Hernández

(@ensayo_error) es autor de Junkopia (Bifurcaciones), colaborador del sitio Loqueleimos.com y mantiene el blog lacitadeunacita.

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