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El discreto encanto de la primera persona

por · Agosto de 2017

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El hombre no tenía nada: sólo un manuscrito —hojas, cientos de hojas sueltas— en el que venía anotando, desde hacía años, los pedazos que conformaban su vida, la de ese niño que empezó a robar a los 11 años y que terminó preso en Lurigancho, la cárcel más sobrepoblada del Perú y, según algunos cálculos, la más sobrepoblada de Sudamérica: donde debía haber 2000 presos, hay, en realidad, cerca de diez mil.

En ese lugar, Francisco pasa sus días, escribiendo un libro interminable: la historia, su historia, de ese hombre que formó parte de una de las bandas de ladrones armadas que aterrorizó Lima durante los 90 y que ya resignado a pasar un montón de años en prisión decide escribir, contar su vida, refugiarse en una escritura tan urgente como inevitable.

Hasta que un día explota una cañería en su celda y se moja todo su manuscrito.

Daniel Alarcón anota en la crónica que abre La balada de Rocky Rontal: «El día en que la cañería explotó, Francisco tomó su empapado manuscrito y no pudo pensar en otra cosa que rescatarlo. El patio era su única opción, así que echó a secar la historia de su vida, página por página, en el piso. Puso una piedra sobre cada hoja, y pasó el día ahí tendido, volteando las páginas a medida que se secaban, estirando otras si el viento las levantaba».

Un hombre que no tiene nada más que ese manuscrito, esa vida, decide jugarse el pellejo adueñándose del patio de esa cárcel sobrepoblada, violenta, infernal, donde intenta secar las hojas de su texto interminable, mientras el resto de los prisioneros lo miran con desconfianza. Se juega el pellejo porque acaba de llegar a esa cárcel y ese territorio donde ha desplegado esas hojas húmedas le pertenece a ellos y no a él, pero qué más da. Está su vida en esas páginas, lo único que le pertenece.

Alarcón elige esa imagen para centrar su crónica, para darnos, además, la bienvenida a La balada de Rocky Rontal, su nuevo libro, el primero en Estruendomudo, el primero de no ficción que publica.

Quisiera detenerme en la claridad de esa imagen, en aquel hombre, en esas páginas humedecidas secándose en el patio de una cárcel que se desborda. Quisiera detenerme en la escritura de Daniel, en cómo logra construir, con una transparencia admirable, aquellas imágenes que sostendrán a cada una de las ocho crónicas que componen este nuevo libro: ocho historias protagonizadas por personajes que en algún punto de sus vidas estuvieron en el lugar y en el momento equivocados y, entonces, terminaron en una cárcel, en medio de una balacera, en un pedazo de la noche que se los terminó devorando.

Daniel indaga en esas vidas, en esos personajes, pero no busca respuestas rotundas, no busca certezas, más bien se acerca a estas mujeres y a estos hombres —y a estos lugares— y pregunta, pacientemente, cómo llegaron a ese punto de sus vidas, cómo es vivir en medio de tanta violencia. Hay una curiosidad genuina que mueve a Daniel a descubrir estos mundos y estos personajes sin la desesperación del periodismo carroñero –podríamos decir también periodismo narrativo— que quiere sangre y muertes e historias únicas y excepcionales y bla bla bla. Se nota, en el fondo, que Daniel no es periodista o que disimula muy bien no serlo: sus narradores se sitúan en un lugar que les permite desentrañar, sin prisa, la realidad que se ha plantado frente a ellos: puede ser la cárcel, puede ser un juicio en California, puede ser una votación increíble sobre quién gobernará el pabellón 7 de Lurigancho o el submundo de la piratería en Perú, o la historia de aquella muchacha que participó en un programa de televisión y que por hablar más de la cuenta —por contar su vida y la verdad que escondía— terminó siendo asesinada.

Daniel habla con los protagonistas, con la policía, con los vendedores piratas, con los cercanos, con todo quien se planta frente a él, y pregunta, escucha, sobre todo escucha sin, aparentemente, buscar algo determinado. Se detiene en los detalles, en aquellas gestos que nos configuran aunque no nos demos cuenta de ello.

Es cierto que aquello que une estas crónicas es la violencia, las formas de sobrevivir a ella, la historia de cómo algunos sucumben y otros aprenden a esquivarla o a convivir con esa oscuridad que aparece cuando menos lo esperan. Pero también lo que une estas crónicas es el incansable trabajo que hace Daniel para encontrar un resto de humanidad en medio de tanta miseria.

Porque es cierto: acá hay crónicas realmente ejemplares, de esas que uno mostraría en un taller de periodismo y que cumplen con todo lo que uno puede esperar de un texto de estas características —“La vida entre piratas”, por ejemplo: un viaje al fondo de la noche que es ese mundo de la piratería de libros en Perú, una industria informal que mueve miles y miles de dólares, sin que nadie pueda o quiera detenerlo. O “Desde el pabellón 7”, la historia de esos presos que armaron una democracia dentro de Lurigancho y que viven un proceso eleccionario tan ejemplar como desconcertante—, sin embargo, lo más valioso, a mí parecer, es cómo Daniel se acerca a estas realidades —la pobreza y la violencia en el Perú; el mundo de las pandillas y los inmigrantes en Estados Unidos— sin prejuicios, sin ansiedad, sin el deseo, además, tan común entre los amigos periodistas —y los amigos que se presentan como cronistas o, peor, como “periodistas narrativos” de demostrar ante el lector cuántos músculos tienen, cuánta técnica manejan, como si la literatura fuera eso y sólo eso: un ornamento, una suma de operaciones para embellecer esa verdad que han descubierto (no es casualidad, de hecho, que uno de los pocos periodistas vivos que convoca Daniel en estas crónicas sea el salvadoreño Óscar Martínez, cronista extraordinario y silencioso que viene narrando como nadie la violencia en Centroamérica). De ahí, entonces, que la claridad y la transparencia en la escritura de Daniel sea tan relevante y tan atractiva —y que acá se transmite de forma perfecta a partir de la excelente traducción de Jazmina Barrera y Alejandro Zambra—: la bella obsesión de buscar la palabra exacta que permita avanzar en el relato y que a su vez logre reflejar la complejidad de los mundos que se están retratando: «Claridad, claridad, evidentemente la claridad es la cosa más/ hermosa del mundo/ Una limitada, limitante claridad», decía George Oppen en un poema, pensando en cómo detrás de todo esto está siempre el silencio y la posibilidad de no ser capaces de decir, de encontrar las palabras adecuadas para designar a las cosas.

Detrás de esa claridad, también —y con esto voy cerrando mi intervención—, se asoma el discreto encanto de utilizar la primera persona para narrar, pero hacerlo en voz baja, aparecer cuando ya está terminando el relato, tener la elegancia suficiente para decir «yo» y no parecer banal.

Qué difícil es escribir en primera persona y no morir en el intento, o no parecer un egocéntrico desbordado o un tonto, de frentón. De ahí que sea tan admirable el trabajo que hace Gabriela Wiener, por ejemplo, o el de cronistas como María Moreno, Pedro Lemebel y María Sonia Cristoff, que utilizan —y utilizaron— los materiales autobiográficos con una inteligencia única.

En 1927, Walter Benjamin escribía una reseña sobre un ensayo de Paul Leautaud —uno de los diaristas más grandes del siglo XX, es decir, un hombre que manejaba la palabra «yo» con un talento descomunal— y empezaba con estas líneas: «Habría que acostumbrar a los escritores a considerar la palabrita ‘yo’ como su reserva de víveres. Así como los soldados no pueden tocar la suya antes de que pasen treinta días, tampoco los escritores deberían desenterrar el ‘yo’ antes de tener cumplida la treintena. Cuando más temprano recurren a él, peor entienden su oficio. Aunque hay excepciones».

Me detengo en esto porque desde hace un tiempo que vengo pensando que el gran problema de mi generación es, justamente, la palabra yo: el uso y el abuso de lo autobiográfico, sin complejizar los discursos, sin tener consciencia desde dónde se está escribiendo. Pensé que el problema era ese: escribir en primera persona, contar sus vidas de niños privilegiados sin darse cuenta de que son niños privilegiados. Pero hace poco me di cuenta de que el problema no era la primera persona. Me percaté de eso hace unos días, cuando leí una columna de Alejandro Zambra donde contaba cosas muy personales, pero que desembocaban en un problema político. Me percaté ahí que el problema de mis contemporáneos no es el yo, sino que es un problema de lenguaje. En otras palabras: el problema no es que hablen de sus vidas, el problema es que escriben mal. Pero no hay mucho que hacer. O quizá sí: leer un poco. Leer, por ejemplo, estas crónicas de Daniel, cuya publicación acá, en Chile, me parece fundamental: que circulen estas crónicas escritas con elegancia, que circule ese «yo» tan discreto que aparece en estas historias, pero que resulta fundamental para darle una intimidad rotunda a estos textos, y para recordarnos, también, que escribir es, en muchos sentidos, mirar, observar en silencio a los otros y descubrirlos —y describirlos—, sin prisa y sin ansiedades.


* Leído en la presentación de La balada de Rocky Rontal (Estruendomudo), de Daniel Alarcón, en Santiago.

El discreto encanto de la primera persona

Sobre el autor:

Diego Zúñiga (@ddzuniga) es periodista y escritor. Ha publicado las novelas Camanchaca y Racimo, y el volumen de cuentos Niños héroes.

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