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Juegos de tormenta

por · Agosto de 2017

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Todo empieza con un juego. «Poncho fue» consiste en golpear a alguien en un brazo cuando se ve pasar un auto escarabajo por la calle.

Y así comienza esta novela gráfica del mismo nombre: Lu y Santi ven pasar los autos y se dan golpecitos hasta que uno pone fin al juego. Esta escena se repetirá varias veces durante la historia, adquiriendo ribetes cada vez más inquietantes.

Porque todo empieza como un juego. El malentendido, el golpecito dado sin querer, el comentario pasivo agresivo que va corroyendo lentamente la autoestima y estabilidad mental de la protagonista.

Se trata de una historia astuta y dolorosa, que muestra, en colores brillantes, las sombras de una relación tóxica y las formas tan cotidianas que puede tomar la violencia psicológica.

Sole Otero (San Martín, Buenos Aires, 1985) nos muestra a una protagonista que va cediendo partes de sí misma casi sin darse cuenta. Deja de ver a sus amigas, se siente culpable de hablar de lo que la aqueja, Santi la hace sentir mal por ser muy sensible, por querer tener sexo cuando él no, por no tener ganas de ver gente cuando él sí, se vuelve brusco en la cama y mina muy a propósito sus miedos de estar algo loca, de no ser una buena artista, de no ser lo suficientemente linda.

Otero lo muestra y duele: cada vez que discuten, la protagonista se va empequeñeciendo, hasta ya casi no ocupar espacio. Cada vez que él le echa algo en cara, a ella la circundan serpientes de texto que dicen culpa culpa culpa.

Pero no todo es terrible y eso es lo que hace a esta historia, y esta relación, tan peligrosa. Cuando, como lectores, estamos listos para odiar a Santi, llega una página llena de detalles, comprensión y corazones. Cuando la tristeza se vuelve enorme, al verla a ella dejar de lado sus emociones para hacerse cargo de las de él, llega otra página en la que los vemos bailando, felices.

La autora nos hace experimentar la confusión de una relación manipuladora, sus altos y bajos, sus muchas luces que encandilan frente a las agresiones. En un momento, la pareja ve a un ciervo junto a la carrereta. Ella le pide detener el auto y se baja a verlo. Ella le da las gracias por detenerse, a lo que él contesta que, claro, si es su animal favorito. Lu comenta que su animal favorito es el elefante. Pero Santi insiste: te queda mejor el ciervo. En otra escena, la vemos a ella vestirse y él cambiarle la ropa por un disfraz incómodo porque con eso se ve mejor. Santi la sube en una nube de amor y luego la anula, se siente mal porque ella lo está manteniendo mientras él termina de escribir un libro y luego pierde el control cuando ella se compra un vestido para su cumpleaños.

Son dos personajes que se hacen mal. Una dependencia triste que cuesta dejar, una mezcla explosiva de culpa, inseguridad y mucha rabia. Y Sole Otero logra pasearse por esta verdadera montaña rusa dejando siempre espacio a la belleza, mostrando todo lo maravilloso que existe en el amor junto a las posibilidades que hay de desbarrancarse.

Se trata de una historia dolorosa, que a ratos se vuelve difícil de leer, porque indaga de manera brutal en la interioridad de su protagonista femenina. Y es un espejo tremendo.

El ojo de Otero, para los diálogos y las situaciones cotidianas, es afilado, así como también su sensibilidad para entender las complejas conexiones que hay entre sexo, dependencia y dinero en las relaciones humanas.

Su libro es un recordatorio fulminante de los rincones, aparentemente inofensivos, en los que se oculta la violencia. De los silencios aterrados que pueden esconderse detrás de una sonrisa, de los fantasmas que acechan esas fotografías en las que nos vemos siempre tan felices.


Juegos de tormenta

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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