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Testigos que vuelven

por · Agosto de 2017

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A propósito de Monte Maravilla, de Miguel Lafferte (Literatura Random House, 2017). Presentación en Santiago, Librería GAM, jueves 13 de julio de 2017.

0. De la trama

La trama de la novela que presentamos esta tarde es casi tan extraña y misteriosa como el encargo que le hace su jefe al protagonista y narrador de la misma: Pablo Alfaro, un joven y algo desaliñado abogado de la oficina jurídica Mate & Lancaster, recibe de parte de Aldunate, un ausente y a ratos extravagante jefe, la tarea de investigar las apariciones de un espectral personaje que estaría hostigando a algunos de los «conspicuos» clientes del bufete en sus propios domicilios. Las víctimas del acoso son todos ex militares involucrados en casos de derechos humanos, además de defendidos del estudio jurídico en cuestión. El sospechoso: un detenido desaparecido que, al parecer, no estaba muerto y que regresa de esta curiosa forma a tomar venganza contra sus antiguos victimarios. La misión es encomendada con el mismo titubeo con el que se han llevado a cabo las investigaciones sobre crímenes de lesa humanidad perpetrados durante esa otra larga novela criminal que fue la dictadura chilena. Aldunate, el jefe, no es explícito con su inexperto subalterno. Como si no quisiera expresar la voluntad de dar, efectivamente, con el desaparecido. Literalmente, le ordena «sondear información que en un futuro hipotético permita conformar un caso». Admitiendo con ello el estatus de «no-caso» que posee todo el asunto. Y aquí ya se adelanta una cuestión para mi gusto relevante a la que apunta críticamente la novela: en relación a la elaboración del pasado reciente y a la memoria del horror, el derecho aparece retratado en un lugar incómodo y vacilante. Incapaz de acceder a la verdad y menos a la justicia, su naturaleza parece estar más centrada en la celebración de los procesos y los rituales que en saber qué es lo que sucedió realmente. No obstante ello, será paradojalmente un abogado de carácter desganado, disperso, descomprometido políticamente y hasta una pizca indolente, quien a partir de escasas pistas y mucha imaginación (literaria) logre configurar —si bien, no de resolver— una historia silenciada. La historia de un desaparecido que «aparece» y que con ello viene a molestar las adormecidas conciencias de algunos. Una víctima que, como proyección inconsciente del miedo a la memoria, se le aparece a sus antiguos victimarios. Esteban Carranza, que en forma de fantasma «regresa para encarar a sus asesinos».


1. Testimonio y espacio

Otro elemento interesante de la novela es su guiño al género testimonial y, en consecuencia, la especial relevancia que cobra por ello la dimensión espacial. Primero que todo, Monte Maravilla está contada de manera casi íntegra en primera persona: «Yo estaba (ahí) cuando sucedió», una fórmula ya clásica para el género del testimonio y que inaugura aquí el relato. Un enunciado en el que el tiempo se articula con el espacio para dar cuenta del pasado de manera verosímil. Aquí (y no en otro lugar) sucedió y ha quedado inscrita la historia. De hecho, Monte Maravilla está llena de lugares en donde parece haber quedado grabada la memoria: Colonia Dignidad, las calles de Santiago, la cordillera, el mar o en el ficticio lugar liminal que le da título a la novela. Lo propio sugiere la nada casual cita al memorial de los detenidos desaparecidos del cementerio general en la cual repara Alfaro en uno de sus tantos vagabundeos: «Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas al mar a las montañas». El poema de Zurita cumple, por un lado, una función ritual y compensatoria que explica el porqué la violencia dictatorial y el borramiento no pudieron hacer desaparecer del todo a las víctimas del régimen. Luego, el poema deja asomar el rol que el arte tiene para la memoria traumática: dar forma a lo indecible, restituir en algo la pérdida. Al memorial y al poema acudirá Alfaro de manera casi inconsciente en su peregrina búsqueda de pistas. Allí buscará el nombre del desaparecido Carranza y, como en un puzzle o crucigrama, lo pondrá en relación a los versos de Zurita para, a falta de datos, descifrar el enigma. Doble conjuro para combatir el olvido: el del azar y el de la poesía.


2. El archivo

La presencia del archivo en todas sus formas o soportes (el expediente judicial, la libreta azul de apuntes del Alfaro, el dossier periodístico que guardaba el fallecido abuelo, el de inteligencia de Colonia Dignidad, etc.) es una constante en la novela. Tanto así que —y en una analogía cercana al realismo sucio— el narrador protagonista describirá el archivo como una especie de chicle al que con el tiempo se le van adhiriendo toda clase de elementos, fragmentos dispersos e inconexos de un mismo caso o historia. Basura a la que se le va pegando más basura. Por ello su relación con el archivo (y, por ende, con la memoria) está mediada casi siempre por el caos y la suciedad: Alfaro habita de manera irregular el departamento que ha dejado su abuelo tras morir. Allí campean el desorden, la precariedad, la falta de identidad con el lugar y, sobre todo, muchas carpetas. Tasaciones de terrenos y propiedades, planos, dibujos, periódicos antiguos. Como no se decide a habitar del todo el lugar y no termina nunca de limpiar el «cuarto del fondo» (como se lo ha sugerido hasta el cansancio su íntima amiga Andrea), se ha ido acopiando allí lo que curiosamente conforma una especie de archivo privado de la memoria histórico del abuelo. Un abuelo del cual ignoraba cualquier clase de filiación o militancia política. Un abuelo del cual sólo sospecha una indolente indiferencia en relación a la dictadura, la misma que padecen los demás personajes de la obra. El cuarto del fondo opera, entonces, simbólicamente como el lugar de lo reprimido, lo negado, lo inefable. Alfaro se enterará así de la obsesión del abuelo por al menos dos momentos represivos: el golpe y su archivo sobre capturas a supuestos terroristas de izquierda; y el de la post dictadura con el hallazgo de osamentas y los restos del terror.

El archivo es entonces, y como sugiere Agamben, también aquí una forma de enunciado, es decir, un hecho de habla o discurso. El archivo, dirá el filósofo italiano, «distingue lo dicho del hecho». En ese mismo sentido, la novela lo confirma: la mayor parte de la información existente sobre la violencia dictatorial son apenas archivos o enunciados. Información dispersa y fragmentada, ya que, como afirma el narrador, «no existía ningún almanaque o enciclopedia sobre los crímenes de la dictadura, ni menos sobre Colonia Dignidad» (p. 197). Es aquí donde queda sugerida la función articuladora y comunicativa de la literatura (la misma novela es ejemplo de ello), que es capaz de proporcionar un relato a partir de una suma de datos aparentemente incoherentes entre sí. Es aquí también en donde el derecho vuelve a ser puesto en entredicho (insisto, no es casual que el relato se articule en torno a la figura del abogado y su mundo): si el fundamento del proceso judicial son los archivos, entonces el derecho, en principio, resulta inútil para conocer y comprender el pasado. «Las preguntas rara vez tenían algo que ver con el Derecho. De alguna forma, la gente esperaba que las leyes abarcaran más aspectos de la vida de los que de verdad abarcaban» (pp. 19-20), advierte el narrador tempranamente. Una y otra vez aparecerá tematizado el problema de la abstracción de la realidad que hace el derecho y los absurdos que esto supone. Una de las expresiones más dramáticas de este tipo de abstracciones se verifica en la imposibilidad de constatar el estatus legal de la muerte en el caso de los detenidos desaparecidos, lo cual impide investigar dichos casos. Misma traba, más tarde, para zanjar los asuntos patrimoniales y de herencia de sus deudos: «No hay nada que hacer; no están legalmente muertos», se lamenta uno de sus colegas. No obstante, me parece a mi, la propia escritura de Lafferte es una forma de resistencia a esa imposibilidad de dar cuenta del pasado. La novela misma hace justicia, al menos simbólica, a los vacíos de la memoria postdictatorial en su intento por configurar un relato total. Como si sólo la literatura fuera capaz de elaborar una representación posible de la locura y la confusa maraña que fue la oscura noche del pinochetismo en Chile.


3. La identidad del testigo

La novela de Lafferte es una obra compleja y ambiciosa. Evidencia años de investigación y de imaginación especulativa entre sus pliegues. A partir del paniaguado mundo de las oficinas de abogados, el relato inicia un largo viaje que transitará por un sinfín de lugares, algunos irreales otros no. Una aventura que sacudirá del aburrimiento a su protagonista quien, hasta que recibe el misterioso encargo, figura empantanado en medio del tedio neoliberal contemporáneo. Porque Alfaro es parte un grupo de jóvenes profesionales que «sacan la vuelta» en el trabajo, que hacen y deshacen parejas, que no se deciden a tomar un crédito y comprar el departamento conforme a su estatus de cliente bancario premium, que no se atreven a conquistar a la inteligente, atractiva y leal amiga porque eso lo echaría todo a perder o, tal vez, porque sencillamente no están seguros de nada. Imberbes tinterillos más concentrados en la piscola o la cerveza que cierra la jornada que en algún «gran» y noble proyecto personal o colectivo. Se trata de sujetos que no saben de dónde vienen, a dónde van y, sobre todo, no saben quiénes son. Algo parecido sucede con otros personajes que desfilan por estas páginas: Rosa, la mujer del detenido-desparecido/aparecido Esteban Carranza, quien a estas alturas (y emparejada con el que fuera su cuñado) parece más motivada por esclarecer su estatus de viuda y así resolver los temas relativos a la herencia, que por cualquier otro afán altruista. O su hijo Nicolás, un inquietante joven mezcla de «emo» y «gótico» que deambula en silencio y misteriosamente en las reuniones de familiares de detenidos desaparecidos. En Monte Maravilla nadie parece saber con certeza quién es. De este modo, el sentido de identidad y pertenencia se vuelven una clave de lectura. Y es que todos los personajes parecen haber sucumbido a algo. Una ola, un tsunami o un terremoto han arrasado con ellos. ¿Y acaso no fue eso el golpe y la dictadura para muchos chilenos? Los que sobrevivieron, tuvieron que transformarse para seguir existiendo; algunos travestidos hasta el paroxismo; otros, volviéndose casi invisibles. Esteban Carranza representa de algún modo esa transformación y su personaje constituye una de las estrategias de Lafferte para retratar el trauma y la crisis de sentido que dejó tras de sí el tiempo dictatorial. Su escritura lo hace de manera sutil pero certera, particularmente en la elaboración de la figura del testigo-víctima. Es allí donde más intensamente se observa este fenómeno de ruina y radical mutación. A través de un proceso gradual pero efectivo, ha pasado de ser la víctima sin voz, que es el desaparecido; para ser, más tarde, una especie de colaborador del aparato represivo y, finalmente; devenir en una suerte de victimario de sus otrora captores cuando se les aparece para acosarlos. No se trata de una «testigo perfecto», como identifica Agamben a Primo Levi. Es decir, uno que quiere sobrevivir para testimoniar y hasta se transforma en escritor para hacerlo. En Monte Maravilla estamos frente a un testigo-víctima absolutamente desencantado, que no quiere necesariamente hablar o dar testimonio, pero que sí ha optado por convertirse en su contrario. Es decir, no es el testigo ideal. Tampoco el «musulmán» o víctima abyecta y deshumanizada incapaz de testimoniar. Menos aún el testigo de su propia muerte, porque, como resulta evidente, éste ya no está aquí entre nosotros para informar. Carranza, en cambio, es una forma aún impensada de testigo: sobrevive dejando de ser quien era y prefiere vivir en las sombras, como un fantasma. Cercano a varios de los sujetos traumatizados que hablan en las poéticas postdictatoriales chilenas, no pude dejar de recordar a varios de ellos a propósito de su figura. En Carranza habita el mismo «yo» escindido que leemos en los poemas de Bruno Vidal, de Elvira Hernández, de Raúl Zurita o en el «ex-Yo» de José Ángel Cuevas. Todos esos «que fueron alguien alguna vez» viven también hoy en él.


4. Historia, trauma y literatura

No puedo dejar de pensar en Lafferte como antropólogo. ¿No fueron acaso también antropólogos los primeros que abrieron fosas, desenterraron muertos y desempolvaron huesos una vez terminada la dictadura? Sin embargo, lo imagino como un antropólogo-autor. Entonces me atrevo a pensar derechamente en el antropólogo como autor, parafraseando a Glifford Gertz. Imagino a Lafferte haciendo trabajo de campo, combinando fuentes y métodos de investigación, intercalando distintos tipos de discursos para así elaborar y dar forma a un relato articulado, un intento de representación de aquello que parece imposible e impensable. Porque está claro que para Lafferte la representación de la historia es compleja. Más aún si es reciente y violenta. El antropólogo como autor sabe que cuenta una historia no del todo coherente, en donde los eventos no siempre calzan y la cual seremos incapaces de comprender en un sentido total y definitivo. Tras la lectura de Monte Maravilla corroboramos la sospecha inicial: la historia de la dictadura chilena tiene baches, vacíos, incongruencias y el estatus de “verdad” parece inalcanzable. Sin embargo, y pese a todo, vale la pena el intento por contarla ya que en eso se verifica el inagotable y siempre necesario rol político de la literatura. Porque el mejor arte y la mejor literatura, me parece a mi, son aquellos que abordan los temas incómodos, en los que no hay consenso, los que no sirven a la unidad nacional o a la paz política.


La presente reseña ha sido escrita en el marco y gracias al proyecto Fondecyt Regular No. 1151528, “Prueba judicial y Justicia transicional”, cuya investigadora responsable es la Dra. Daniela Accatino y del cual la autora es co-investigadora.

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Sobre el autor:

Antonia Torres

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