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La promesa de un lugar

por · Octubre de 2017

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Dos lecturas de Lugar, el volumen de cuentos de María José Navia publicado este año por Ediciones de la Lumbre.


La promesa de un lugar

Por Juan José Richards

Para la última sesión del Club de Lectura de la Librería Catalonia, una compañera confesó que era «absolutamente literal» para los títulos de los libros. Que esperaba que el Autorretrato de Levé, que estábamos leyendo esa vez, fuera realmente un autorretrato y que, de alguna forma, al leerlo, le había sorprendido que no fuera «tan así». Luego comentó que le pasó lo mismo leyendo Instrucciones para ser feliz de María José Navia.

Esa tensión entre el título de un libro y su contenido, que puede trazar una línea directa, tangencial, divergente o, en el caso de ese libro del 2015 de María José Navia, torcerse deliberadamente para evidenciar lo opuesto, me hizo recordar algo.

Mientras estudiaba en Nueva York tomé un curso de aproximación a la narrativa con el escritor español Antonio Muñoz-Molina, miembro de la Real Academia Española y Premio Príncipe de Asturia de las Letras, entre muchos otros méritos. Desde la primera clase no congenié con él. Su forma de abordar la literatura me pareció muy optimista y en esa época yo sólo quería tragedia. Así que decidí llevarle la contra en todo lo que dijera.

Muñoz-Molina decía, entre otras cosas, que lo que se sabe de un libro antes de leerlo establece con sus lectores una especie de pacto. Y que ese pacto debe, dentro de lo posible, cumplirse. Aunque en ese momento quise llevarle la contra, Muñoz-Molina tenía un punto: el título con el que se presenta cualquier escrito es capaz de determinar la experiencia de su lectura.

Sin embargo un pacto me parece hasta hoy una palabra muy definitiva y cerrada, más cercana al derecho que a la literatura. Así que en vez de pacto yo prefiero pensar que los libros suponen una especie de promesa. Una promesa que en su imprecisión se acerca más a lo incierto de un augurio, a un indicio o a una señal. Me gusta la palabra promesa porque, sobre todo, habla de la expresión de una voluntad.

Si hago este distingo entre un pacto y una promesa es porque quiero hablar de la promesa de lugar que plantea este libro de María José Navia.

Nos enfrentamos a doce cuentos con doce escenarios distintos pero con un punto en común en su estructura inicial: el suspenso. Después de comienzos que suelen ser enigmáticos y que nos desconciertan, porque los relatos comienzan sin que se nos precise dónde nos encontramos, se empiezan a configurar los escenarios.

El espacio donde acontece la acción de estos cuentos se va develando palabra a palabra.

Y aquí los lugares, como las palabras, importan.

María José nos lleva como lectores a un centro de llamados, a la pieza de un hospital. A sótanos. A una lujosa casa de cuatro pisos en Manhattan. A un local de depilación. A un asilo de ancianos. Al Costanera Center. A la embajada de Chile en Estados Unidos. Sólo por nombrar algunos.

¿Qué tienen en común estos lugares? A primera lectura, se podría decir que nada. Pero luego empiezan a aparecer los vínculos. En ellos ocurren despedidas y decepciones. En ellos se expone la fragilidad. En ellos se pone en escena cierta distancia entre los afectos y la palabra. A medida que los iba leyendo empecé a trazar líneas entre lo que les ocurre a los personajes, lo que son capaces de articular y los lugares en que se encuentran. Para visualizar estas relaciones, pensé en esos mapas que aparecen en las últimas páginas de las revistas de los aviones, donde se trazan las rutas de los vuelos. En ellos, a veces pareciera que hay más trazos de los que la escala del mapa puede soportar. Pero cada línea termina por encontrar su espacio.

En el libro de María José Navia pasa algo parecido. Hay una correspondencia clara. A cada inicio de cuento le corresponde un final. Cada trayecto, en sí, es único. Y cada historia ocupa su lugar en el volumen del libro por una razón.

Esto, que podría parecer obvio, no lo es. Porque hay una artesanía fina en la construcción de la narrativa del libro. Cada decisión tomada para dar forma a estos relatos fue delicadamente pensada. Existe un equilibro en la construcción de los relatos de María José y, a los lectores, les corresponde encontrarle un sentido.

En parte, somos nosotros los que estamos llamados a configurar el lugar que promete el título.

No es casualidad, por ejemplo, que aparezca reiteradamente el afuera como un no-lugar, porque en algún nivel este es un libro sobre la extranjería. Sus personajes son seres aislados, llenos de dificultades para relacionarse. Tampoco es casual que uno de esos afueras sea Estados Unidos, país donde María José hizo su máster y su doctorado. Es desde ahí de donde aparecen, para mí, sus filiaciones literarias más directas. Los cuentos de Lugar se nutren de la potente tradición de cuentistas norteamericanos. Recuerdan por momentos a los relatos de Carver y Ford, sólo por nombrar a dos clásicos, pero también a los de Jhumpa Lahiri y Miranda July, sólo por nombrar a dos autoras contemporáneas.

Pero, sobre todo, hay mucho de Salinger.

Hay algo en la síntesis del lenguaje, en la tragedia cotidiana, en la fijación por los clanes familiares, en el secretismo, en la soledad de las grandes ciudades, en la construcción de los personajes que resuena muy salingueriano.

Extraños, turistas, extranjeros. Así son los personajes a los que conocemos en este libro. Afuera no es sólo el título de uno de los cuentos, sino que posiblemente el lugar más recurrente en el imaginario de la autora. «Afuera. La expresión siempre le había parecido brutal», dice en un momento. Y después apunta «quedarse afuera». «Ya te quedaste afuera». Esa frase, que marca una exclusión me interesa porque el afuera configura uno de los márgenes desde donde escribe María José.

Y plantea la posibilidad de construir un lugar no desde su centro, sino que desde sus bordes.

En estos relatos aparece el ya tradicional —y efectivo— recurso de los cuentos vinculados entre sí. Si digo esto no es porque quiera arruinar una sorpresa de la lectura, es porque quiero traer a presencia nuevamente a Salinger, quien hizo lo mismo magistralmente con la familia Glass en sus escritos y porque también quiero abrir la posibilidad de que este volumen de relatos de María José Navia sea leído como una novela. Después de todo, construir sentido a través del fragmento, es una intención que ella misma ya había explorado en Sant (su libro del 2010).

Si fuera así podríamos decir, en un primer momento, que Lugar es una novela sobre la muerte. La muerte ronda todo el libro, pero hay algo más detrás de ella. Hay varios personajes muertos y otros agónicos. Hay enfermedades y suicidios. Hay una chica tímida que antes de correr una maratón se rehúsa a poner a alguien como contacto de emergencia en la ficha de sus datos personales. Esto es porque la muerte, o la posibilidad de la muerte, pone en evidencia otra cosa: la soledad.

Me impresiona y me conmueve la soledad en la que están sumidos estos personajes. Me pregunto por el origen de esta soledad y uno de los personajes responde: «Me he acostumbrado a ser invisible». En estos cuentos hay silenciamientos, abandonos y olvidos. Hay unas gotas de sudor que caen por la cara metiéndose en la cuenca de los ojos como «si fueran lágrimas que buscan su camino de regreso». Hay una operación inversa al hablar. Una sustracción. La comunicación y el lenguaje aparecen como herramientas capaces de sacar a los personajes de su aislamiento. O quizás incapaces.

No es que María José Navia le tenga miedo a construir diálogos. Todo lo contrario. De hecho no le tiene miedo a eso ni a incluir niños (de nuevo Salinger) y no le tiene miedo a ponerle nombre a todos los personajes que construye.

A veces, cuando estoy en terapia con mi sicóloga, ella me pide que le diga los nombres de las personas de los que le estoy hablando. Que no sea «mi amigo pintor» o «el chico que conocí», que sean José Pedro o Diego. Ella dice que así es más fácil para ella recordarlos e identificarlos, pero yo creo que es una invitación a un ejercicio de personalización. Que ella quiere que no cumplan sólo una función, —narrativa en el caso de los cuentos—, sino que sean alguien.

Esta capacidad de nombrar no es casual. Darle un nombre a las personas, a sus sentimientos, a sus acciones es la intención que mueve al libro. Son cuentos que homenajean, en su brevedad y concisión, al lenguaje. Dice uno de los personajes ante la muerte: «El lenguaje de la enfermedad es económico, no pierde tiempo, no gasta de más, conserva la energía». La escritura de María José Navia es pulcra, cuidada y precisa. Se nota que ella ama las palabras. Y cuando nos entrega una es porque la ha elegido con detención.

De hecho para mí el lugar es la palabra o la palabra es el lugar. No sé, decidan ustedes. Lo que sí, es que creo que María José Navia ha construido un libro al que podemos entrar y que podemos recorrer de distintas formas. Como una colección de cuentos o como una novela fragmentada. Sé también que a veces, al leer estos cuentos nos vamos a sentir solos, pero ahí está el lenguaje como refugio. Y será, a través de la palabras, que encontraremos cumplida la promesa de un lugar.



Presentación de Lugar

por María José Ferrada

María José Navia, vuelve a engañarnos con el título de su libro. Digo vuelve, porque ya en Instrucciones para ser feliz, su libro anterior, nos encontramos con un volumen de cuentos que serían una buena broma para el que lo compre siguiendo el título de manera literal.

La misma María José lo dice en una entrevista —e imaginamos que con la misma ironía que se cuela en sus textos— «en mis cuentos, los personajes creen que van a ser felices si consiguen tal o cual cosa y terminan decepcionados, muestran ese espejismo que son las instrucciones para cualquier cosa, un manual de todo lo que NO funciona».

Esta vez se trata de un Lugar. Que funciona como todo, menos como eso. Porque un lugar es sinónimo de territorio o superficie estable, si no logras asentarte, ahí puedes, por lo menos, estar quieto, tomarte un descanso. Y eso es justo lo que no hacen los personajes que recorren, o más bien corren, escapan, por estas páginas.

Con una sinceridad brutal, María José nos presenta a sus personajes: una joven cuya hermana agoniza y que solo encuentra calma contestando llamadas en un call center, una mujer que asiste a un grupo de ayuda para personas adictas a vivir en casas ajenas, una extranjera que se inventa una abuela postiza y una madre migrante que mira a su hijo hacer su tarea a través de skype, mientras en su interior retumba la frase que alguien le dijo: tú no volverás, tu ya te quedaste.

Solitarios, paranoicos, asustados, delirantes y patéticos, es decir, personajes humanos.

Miranda July, a quien recordé mucho mientras leía estos cuentos, decía en una entrevista: «ese es mi problema con la vida, que la vivo como si me persiguiesen. Incluso… cuando me tomo un té relajante me lo trago como si estuviera en un concurso de quién es capaz de beberse un té relajante con más rapidez».

Y los personajes de Lugar quieren tomar ese té, quieren que ese té haga efecto, por favor, quieren esa calma, aunque para eso tengan que abandonar, dañar, romper, rasguñar y correr, sobre todo correr en una especie de trance que los empuja a instalarse en aeropuertos, hoteles, centros comerciales y departamentos que pertenecen a extraños, es decir, los no lugares.

Avanzo en la lectura e intento dibujar el mapa de sus trayectos. Otra trampa. Porque estos cuentos con sus escenarios móviles solo nos permiten trazar una especie de mapa, como se logra una especie de viaje, una especie de relación o una especie de vida.

Sí, estos personajes conocen una única tranquilidad: la de ir sonrientes directo sino al precipicio por lo menos a una zanja, siempre empeñados en demostrar que la vida es un mecanismo con el que no encajan.

Pero la geografía de la emocionalidad contemporánea, porque eso es lo que creo que recorren, no es tan obvia. Ahí está internet para conectar a una madre y a su hijo, ahí está la máquina corredora para que lleves una vida sana, ahí está el doctorado en el extranjero para que seas el mejor de todos, incluso ahí está la aplicación que el centro comercial ha diseñado para detectar a los suicidas. Podemos estar tranquilos. Pero no, si miramos a contraluz la foto de la felicidad –esa que circula por la redes sociales que también son un protagonista transversal de estos cuentos- la conectividad está ahí para recordarnos que estamos desconectados, la corredora intenta cansar un cuerpo que ya no siente, y el doctorado quiere llenar de algo —libros, fórmulas, lo que sea— una cabeza que ya no piensa. En resumen: el éxito resultó ser un tremendo fracaso.

Porque los personajes de María José —todos nosotros sabemos de lo que habla— son expertos en la construcción de pequeñas ficciones.

Tal vez la más gráfica sea la de la protagonista del cuento Instrucciones para ser feliz, que llega a su casa cada día a contestar las preguntas de un foro de películas. ¿Porqué lo hace? Porque son las únicas preguntas que sabe contestar y porque como ella misma dice, cada vez que las responde parece que el mundo se volviera más tranquilo, más manejable, como un paisaje mirado desde las altura. Nadie responde, nadie agradece, qué importa, ahí están, brillando en la pantalla las cinco estrellitas que obtuvo su respuesta y con eso cielo deberá bastarle.

Para cerrar esta presentación de Lugar, insistiré en que María José Navia nos engaña y lo disfruta mucho. Ha envuelto en un bonito papel de regalo una cucaracha —queremos a sus personajes, y hasta les decimos no, por favor, no lo hagas, cuando sabemos que lo harán, porque viven el abandono de sí mismos como una verdadero llamado religioso— para que luego esa cucaracha se deshaga de su caparazón y aparezca un grillo, una libélula o cualquier otro insecto que queramos asociar a la ternura.

Porque eso es lo que redime a estos personajes, el intento de una posible ternura, la persistencia, el intento de dejar, aun en el No lugar, una marca. Como las que deja detrás de los muebles la habitante de casas ajenas, que protagoniza uno de estos cuentos: Rebeca N. estuvo aquí de las seis a las siete y media de la tarde.

Le digo a Rebeca, que parece que la vida es así, Rebeca, una pequeña estafa. Y me doy cuenta de que estoy hablando con el personaje del libro. María José Navia nos engaña (miento, miento, miento mucho diría antes otra de nuestras escritora). Tal vez de eso y no de otra cosa se tratan los buenos libros.
Así que felicitaciones, María José.


La promesa de un lugar

Sobre el autor:

PANIKO.cl (@paniko)

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