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Qué haría yo en el lugar de Jesús

por · Noviembre de 2017

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Hace unos días fui al estreno de Jesús, la película de Fernando Guzzoni, y todavía me está pasando, aún la he pensado en la ducha y aparece como un flash en medio de una conversación con mi hijo.

Siento que esto pasa cuando una cinta logra explicarse a sí misma de tal manera que el pasajero que se ha subido a la historia la comprende de inmediato, y no hablo esencialmente del guión, sino de la experiencia completa. En Jesús, de alguna forma presumes lo que viene y eso hace que la sala esté en ascuas porque han entendido que esto no puede terminar bien, que de aquí no van a salir intactos y eso se insinúa sutilmente en los colores de la cinta, en la forma de utilizar las cámaras, en el frío.

Nadie es feliz en la película de Guzzoni, es negra: las relaciones fugaces, la pobreza, la violencia son normales. No hay amor, al contrario, la traición es el pecado esencial que se representa en pantalla. El desapego entre el padre y el hijo, o peor que eso, la sombra del cariño que imaginamos se tenían cuando él era niño y jugaban a la pelota y el padre no estaba tan harto de vivir la vida de mierda que vamos sabiendo que le tocó, eso duele más que saber que no existió amor entre ellos.

Y en tanto nos muestra que esas carencias que de seguro todos tenemos, pueden —y pasa en la cinta— en un momento de total sinceridad y amoralidad transformarse en odio y ese odio que el protagonista refleja en otro y que sale de la pantalla se estrella con tus propias frustraciones, te deja algo adentro: preguntas, ¿hasta dónde te conoces realmente?, ¿sabes quién eres?, ¿sabes cuánta rabia puedes haber acumulado?, ¿podrías traicionar a quien amaste?

Tal como se entiende fácil, también simple y cruda se muestra la traición, sin adornos, y no esa que se presume en los pasillos de la oficina, sino la traición primaria de aquel en quien has confiado la vida. Y ese sentimiento, cuando lo has vivido, esos segundos cuando aún no entiendes lo que está pasando, cuando no lo puedes creer, están tan bien logrados que se te instala en el estómago un par de horas incluso después de levantarte de la butaca.

Todo esto (te) pasa en Jesús, además de abrirte a un mundo desconocido, por lo menos para mí, el del k-pop y otras tribus urbanas que ves todos los días pero que no entiendes y no te interesa entender; del sexo adolescente, del desamparo emocional en el que viven muchos de jóvenes en un país con tan altas tasas de enfermedad mental como el nuestro.

Si tienes hijos, además, saldrás de la sala a llamarlos, inquieto, para saber dónde están. Y no es eso acaso lo que podría definir una buena película, su capacidad de desasociego, lo que determina el peso de una obra, lo maciza que puede llegar a ser. Jesús me pasó como una arrolladora por encima, y al contrario de los monos animados aún me cuesta volver a estar completamente de pie y en mi volumen corporal de nuevo. El cine que se queda contigo un rato, es el que más gusta y creo que esta película no pretende irse pronto.


Qué haría yo en el lugar de Jesús

Sobre el autor:

Laura Quintana (@nenanerd) es periodista y directora de Bravo/Quintana Comunicación Estratégica.

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