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La ruta del disco perdido

por · Octubre de 2018

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Antes de fallecer, Héctor Sepúlveda de Los Vidrios Quebrados autorizó la publicación del trabajo solista que mantuvo oculto por casi medio siglo. Desentrañamos la accidentada historia de London 69 a propósito de su lanzamiento. 

Héctor Sepúlveda nunca quiso ponerse para la foto. Reacio a los homenajes, el líder de Los Vidrios Quebrados le hacía el quite olímpicamente al pasado. El guitarrista instigador de la psicodelia chilena, artífice del seminal disco Fictions de 1967, recién se ablandó al chocar contra el muro de su propia finitud luego de un diagnóstico médico poco alentador. La insuficiencia renal que le encontraron fue el motivo de fondo por el que, en su última entrevista, se declaró al fin dispuesto a reunir a su viejo grupo. Tristemente, en septiembre del año pasado, cuando Los Vidrios Quebrados se juntaron para celebrar cincuenta años del disruptivo Fictions, Sepúlveda no pudo estar ahí. La enfermedad se lo llevó seis meses antes. 

Motivos para su conducta huraña, montones. De partida, el trauma que le generó ser un adelantado en el inocente Chile de los sesenta, todavía falto de un marco referencial para entender esa cosa llamada rock. Del puño y letra de Sepúlveda nació “As Jesus wore his own” (“Cómo Jesucristo usó el suyo”), una canción sobre la libertad de andar con la pinta que uno quiera, motivada por el hostigamiento que recibía por dejarse el pelo largo. Cuenta la leyenda que incluso se fue detenido por su aspecto durante la gira final de la banda, a la que algunos creían gay por defender la libertad sexual en “Oscar Wilde”, otro tema de Fictions que dejaba muy clara la brecha entre el pensamiento del grupo y la sociedad criolla. 

Para Sepúlveda, a pesar del reconocimiento tardío, el único disco de Los Vidrios Quebrados era un experimento fallido. En las pocas horas de estudio que le asignó el sello universitario UES, no tuvo el tiempo necesario para plasmar de manera fidedigna su visión, mucho más ambiciosa de lo que insinúa el producto final. El músico, nacido el año 1946 en Antofagasta, era un joven que destacaba por su inteligencia, herramienta que le permitió venirse a Santiago para picotear algunos semestres de psicología y derecho en la Católica antes de salirse. Su naturaleza perfeccionista, mezclada con los recuerdos agridulces de la época y un sano afán de mirar hacia el futuro, siempre confabuló para nublar su juicio en torno a Fictions

Sepúlveda se fue de Chile en 1968. Insistió en su anhelo de ser músico mientras sus ex compañeros emprendían rumbos más formales como estudiar medicina o sociología. Inmerso en el ritmo de una década en la que los cambios se sucedían de forma vertiginosa (recordemos que hay menos de cuatro años entre Love me do y Revolver de los Beatles), en poco rato el beat de Los Vidrios Quebrados dejó de parecerle atractivo. A los meses de sacar Fictions ya quería sonar como Eric Clapton en Blues breakers with Eric Clapton, el único disco del guitarrista inglés con John Mayall & The Bluesbreakers, un vinilo que escuchaba con su amigo Eduardo Gatti, al que le vendió su guitarra y su amplificador para irse a Ecuador. 

Demoró poco en dar el salto a Europa. Estuvo cerca del epicentro de mayo del 68 en París, donde tocó en todos lados, entre calles y sucuchos. Hizo buenas migas que le permitieron desenvolverse luego en Londres, la ciudad de sus fantasías, el edén para un tipo “aburrido de las cancioncitas”, como se describe a sí mismo en el libro Prueba de sonido de David Ponce. En la capital inglesa, asume la guitarra líder en dos discos de Tim Hollier, un cantautor folk que no logra causar impacto pese a su calidad. Afortunadamente, Sepúlveda sí es apreciado. Lo contrata el sello Decca, la casa discográfica de su admirado John Mayall, a través de la subsidiaria Deram, cuya nómina incluye a jóvenes talentos como David Bowie y Cat Stevens. 

Valiéndose de su guitarra y prácticamente nada más, graba en dos semanas un disco que consta de tres extensos cortes de naturaleza experimental y divagadora que advierten en clave raga la presencia de una espiritualidad inquieta. Escueto, decide bautizarlo London 69. Cuando tiene todo listo para su publicación, recibe un balde de agua fría: el anuncio de que Decca prescindiría de sus servicios para enfocarse en artistas más viables comercialmente. Enfrentado a un segundo revés en su carrera, Sepúlveda halla refugio en el esoterismo, del que ya traía algunas nociones casuales desde Chile. Se matricula en la Facultad de Estudios Astrológicos de Londres y recibe lecciones de un discípulo directo de Carl Jung llamado Patrick Harding. Ni hablar de London 69: abandona las cintas a su suerte en una caja de cartón.  

Luego de tres años en Inglaterra, vuelve a Chile. Aquí continúa su actividad musical mientras enseña guitarra y practica la astrología para pagar cuentas. También mira cómo alrededor del mundo los coleccionistas pudientes compran a precio de oro copias de Fictions que se editan sin avisarle porque, en realidad, no es legalmente necesario su permiso dado el nulo resguardo autoral de la obra, así que nunca obtiene su debida tajada del pastel. Aunque monta nuevos proyectos y colabora con músicos de generaciones siguientes, prefiere mantenerse al margen y con el tiempo se vuelve cada vez más esquivo. Ni siquiera estaba inscrito en la SCD. 

“Héctor era encantador, amable y muy simpático, pero tenía una cosa medio inescrutable, un carácter un tanto mudable, era un personaje elusivo y extraño de manejar que siempre cancelaba compromisos a última hora”, según cuenta el periodista Rodrigo Burgos, coordinador del póstumo lanzamiento de London 69, quien se ganó su confianza entrevistándolo para una tesis universitaria y después para un documental sobre su vida que está en preparación. Sepúlveda dudaba que el disco hubiese envejecido bien y creía que no se defendía fuera de su contexto temporal, pero cambió de opinión al conocer el designio de su salud. 

El líder de Los Vidrios Quebrados se extinguió con rapidez. Entre el diagnóstico y su funeral mediaron apenas diez meses, un período sumamente difícil. Aburrido de un tratamiento desgastante que implicaba pasar cinco horas diarias en el Hospital Salvador conectado a una máquina, buscó alivio sin éxito en la medicina alternativa. Para colmo de males, las fístulas en sus brazos le impedían seguir tocando guitarra. Aun así, aprovechó el tiempo para hacer las paces con su pasado y consigo mismo. “Su casa está llena de cintas”, anuncia Burgos, quien asegura que, en su obsesión con las posibilidades de la guitarra, Sepúlveda hasta grabó metal. Todo indica que London 69 no será su único disco post mortem. Aún se oyen los pasos.

Fotos: Nicolás Luco y Juan Cassasus.

La ruta del disco perdido

Sobre el autor:

Andrés Panes (@panesandres) es periodista musical.

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