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Zurita: leyenda Aymara

por · Noviembre de 2018

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Este domingo por la tarde una mujer, sola, una chamana india daba a luz en el centro de Santiago. Estaba rodeada de gente mirándola pero nadie le socorría el parto. Todos la vimos, avergonzada, temerosa de qué hacer para cortarle el cordón umbilical al crío que le estaba por salir. Parió. Llegado el momento se lo corta de un mordisco, y cuando creyó que ya todo había pasado cae en cuenta de que otro crío viene inmediatamente detrás del anterior, pujando. Repite el mismo procedimiento, cortándole el cordón con los dientes. Pero viene uno más, y tras ese otro, y otro y otro más. Uno a uno les rebana el colgajo. Luego se vuelve hacia adentro, se mira entera las entrañas como una ventana transparente, hasta encontrar el cordón umbilical, colgando, como una tripa, cortado, goteando sangre. Ella lo mira y nosotros, que éramos quinientos, a ella.

Durante esa tarde, este y otros sueños de los pobladores del campamento Raúl Silva Henríquez fueron el centro de la atención en el meollo de la capital. También lo fueron los ríos que, deshechos de amor, caían en torrentes desde el cielo sobre los Andes, afluyendo hacia un Océano Pacífico que pronto ascendería también al cielo, desbordando al horizonte, inaugurando la vida nueva. Fueron la realidades que vivimos durante la hora y pico que duró el recital poético de Raúl Zurita, quizás el único poeta vivo en Chile capaz de reunir tamaña audiencia.

Zurita está flaco y encorvado. Se le ve deteriorado por el párkinson que padece hace ya más de 15 años. Es una enfermedad interesante, ha dicho. Te permite tener siempre claro cómo te vas apagando.

En pantalón, blazer negro y camisa azul de cuello redondo, entra al escenario y el público lo aplaude de inmediato, seguro, entusiasta. Zurita es escoltado al centro de la tarima y sonríe con honestidad al saludo. Queda solo frente al micrófono y lo coge con un brazo que lleva en cabestrillo. Con el otro lleva unas hojas impresas con poemas de La vida nueva.

Las hojas se le tropiezan poema a poema, le cuesta cambiarlas, poner la primera tras la última, por lo que termina —a medio recital— botándolas al suelo tras leerlas. A veces parece decidir saltarse alguno, o cambiar el orden de la lectura, para lo cual arquea la espalda sobre una superficie a su costado, el brazo de una silla, que le sirve de apoyo. Luego se yergue con dificultad. Y lee. Al hacerlo, nos suspende y se suspende de esta realidad donde su cuerpo no obedece a sus designios, mostrándose vigoroso, corporizando algo que bien podría sonar cliché: la poesía lo mantiene vivo.

Diríase que hay poesía más presta a ser leída que oída, por tener un fuerte en la visualidad, o bien porque el secreto de su belleza está encriptado de un modo tal que se revela mejor a una lectura lenta y personal. No es el caso de Zurita: su escritura debe escucharse, leerse en voz alta con visceralidad y dramatismo. Sólo así puede llegarse a una comprensión cabal de su propuesta. Su timbre no es hoy aquel hondo y vasto que conocimos quienes llegamos a él escuchando audios grabados en los ochenta, sino el de una garganta apretada, carraspeante, desgastada por tanta entrega; pero no menos intensa.

El poeta apuesta a un final apoteósico para la lectura de los últimos textos, acompañándola con música orquestal. El público se conmueve y mantiene su aplauso encendido por largo rato.  Tanto así, que Zurita, ya casi fuera del escenario, decide volver y compartir su entusiasmo con la canción que había comenzado a sonar: una zamba. Improvisó por un rato una batuta con el dedo índice y luego se quedó parado mirándonos, pueril, sonriente. Fue suficiente para retenernos hasta que la música terminara.

Creo, quiero no equivocarme al afirmar que, al marcharnos, todos nos fuimos pensando en aquella leyenda Aymara según la cual hay que sujetar por los pelos de la cabeza, con toda la fuerza, a quien está a punto de morir, porque entonces la muerte no puede llevárselo.

Zurita: leyenda Aymara

Sobre el autor:

Álvaro Becerra

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