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Algo huele mal en el Barrio Yungay

por · Diciembre de 2015

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Desde un tiempo a esta parte, cada vez que se hace una fiesta en la Plaza Yungay o en calles aledañas a esta plaza, indefectiblemente los vecinos tenemos que sufrir la llegada de ejércitos de personas de ambos sexos de diferentes partes de Santiago que vienen a este bello y frágil barrio (habitado mayormente por gente tranquila y de trabajo), a emborracharse, orinar, defecar, vomitar y suscitar peleas en las puertas de nuestras casas.

Si uno les pide que no lo hagan, se encuentra con una muralla de groserías y amenazas como suele reaccionar el «flaite» disfrazado de pueblo. Pero no es pueblo. Es prepotencia del que se cree superior al resto, de puro frustrado. Los que no cachan nada dicen «es nuestro pueblo». Pero a esa masa humana buena para el bullying con los más débiles, les queda como poncho la palabra pueblo. Yo, que conozco muy bien a nuestro pueblo, puedo decir que está compuesto íntegramente por gente digna y de respeto.

Aparte de tener que aguantar «la güitriá», hay que dejar que manchen con narcisistas marcas territoriales de spray, las puertas y paredes de nuestras casas.

No me refiero al arte del grafitti, arte que respeto y valoro. La mayoría de los graffiteros, de hecho, artistas muy talentosos, suelen escoger espacios abandonados para hacer su trabajo. No, yo me refiero a esas otras marcas conocidas como tags, firmas que en concreto no le transmiten nada a quien las observa.

Y por otro lado, también nos hemos visto en la situación de tener que soportar la llamada «dictadura del tambor». El último grupo de congueros que tuvimos que aguantar en la fiesta de la primavera se retiró de la Plaza Yungay a eso de las dos y media de la madrugada (el lunes 16 de noviembre miré el reloj y no exagero, esa era la hora), mientras Carabineros brillaba por su ausencia y Seguridad Ciudadana hacía vista gorda, negándole seguridad a los ciudadanos.

Un filósofo del barrio que anda leyendo La era del vacío de Gilles Lipovetsky apuntaba: «Tras el debilitamiento de las grandes utopías alguna vez convocantes, entramos en una era totalmente narcisista, donde lo que prima es el yo o el ‘sálvese quien pueda’, donde la actual permisividad y tolerancia, en relación a ítems como la diversidad y la realización personal, es lo que de alguna forma alienta y alimenta estas conductas en extremo individualistas, donde el Otro importa un comino. Escudándose en ideas ‘buena onda’ se toleran conductas que van en contra de lo comunitario».

Un joven vecino del barrio me dijo: «Lamentablemente lo que está pasando tiene que ver, por un lado, con el genuino interés de una parte de los vecinos por organizar actividades culturales, y por otra, con la poca capacidad de estos mismos vecinos y de las autoridades —enemistadas ambas— de contener tanta masa de gente genuinamente desinteresada —a lo shoro— con la identidad y la memoria del espacio público que visitan, ahora ocupado y re-significado».

«¿Cuál es la resignificación?», le pregunto al joven vecino. Me contesta: «La resignificación que está tomando el color amarillo crepúsculo del pichí con olor a chela».

Un amigo de él agrega: «Cuando trabajaba como voluntario en la Fiesta del Roto Chileno hace unos años me encontré discutiendo con un rucio hippie de rastas que tocaba un bombo de diablada a las cuatro de la mañana al centro de la Plaza Yungay. A lo lejos bostezaba el tipo de Seguridad Ciudadana, y cada cierto tiempo algún vecino o vecina le gritaba desde su ventana que por favor se callara. ‘¡Ándate de aquí a un barrio donde puedas dormir tranquilo, burgués de mierda!’, me decía el rucio sin preocupaciones. Por ahí vine a cachar que la organización de este tipo de actividades transitaba muy rápido de la gestión cultural a la indigestión gutural. A lo mejor tanta prohibición de festejos desde la Colonia hasta ahora, nos tiene algo confundidos».

¿Habrá en la complacencia de la Intendencia Metropolitana y de la Municipalidad de Santiago con estos hechos, una actitud consciente? ¿Podríamos hablar de una desidia oficial para que los vecinos y vecinas que habitan el barrio comiencen una retirada hacia otros lugares, en pos de una vida más tranquila, sin tanta incertidumbre y hediondez de viernes a domingo?

Si esto sigue así, los vecinos emigrarán y quedará el terreno libre para las constructoras e inmobiliarias, de tal forma que el proceso de gentrificación comenzará definitivamente a cambiar el color, la historia y la memoria de este viejo barrio. Veremos cada vez nuevos edificios con nuevos vecinos que solo vienen a vivir a Yungay, como un lugar novedoso, cerca del centro y con buenas vías de acceso. Este barrio irá perdiendo su arquitectura y su luz para recibir edificios horribles que llenarán de sombras el ex barrio de Yungay. Ya no estarán los viejos vecinos ni las casas de siempre. Y créanme, los nuevos vecinos no aceptarán ni media fiesta.

Un muchacho de apellido Orellana escribió en el blog de Radio Cooperativa que la última fiesta del roto chileno había sido una maravilla. «Y sin vigilancia policial ni la violencia fascista o anarco-jipunga tan propia de muchos eventos al aire libre en Chile». Lo más seguro es que esa noche Orellana no durmió en el Barrio. O tal vez estaba en un punto lo suficientemente alejado de estos incidentes, ya sea en distancia o altura, pues les digo: el resto de los vecinos vivimos otra cosa.

Es lamentable esta coyuntura que nos toca vivir, sobre todo a quienes queremos este lugar y hemos estado por años aquí. A modo de resumen, diría que en este momento el pichí, la caca, la bulla, el vómito y las peleas se alinean en contra nuestra y a favor de aquellos que pueden encerrarse en lofts insonorizados a tres metros de altura.

Lo que hoy se requiere en forma urgente es prevención, seguridad y educación cívica. Promover en la gente un mayor sentido del respeto por el barrio y el prójimo.

No estoy contra las fiestas en el barrio. Estoy contra el pichí y la caca.
No estoy contra las ferias de «coleros». Todos trabajadores cesantes, que hacen el pan de cada día vendiendo libros, artesanías, ropa y un cuanto hay. Toda gente de respeto.

No estoy contra de la música, yo mismo soy músico y he tocado en estas fiestas, pero desearía que estas pudieran terminar en un horario decente para que los vecinos y vecinas puedan dormir, sobre todo aquellos que tienen la «rara» (tal vez para algunos y algunas) costumbre de trabajar y/o estudiar.

No estoy contra la bella vida social en torno a la Plaza Yungay, pero con baños químicos, vigilancia policial y educación, para que los que hoy ensucien el barrio, comiencen a respetarlo.

Algo huele mal en el Barrio Yungay

Sobre el autor:

Mauricio Redolés

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