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Amanda Palmer: canción ninja

por · Mayo de 2015

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Ella los llama ninja gigs. Son apariciones espontáneas, organizadas vía Twitter y otras redes sociales, en las ciudades en las cuales se presenta (ya sea para promocionar su libro, dar una charla TED o cantar). La última fue hace unos días en Chicago y la cantante encontró teatro y ayuda, como tantas veces, por medio de Twitter. Esto no es nada fuera de lo común: Amanda Palmer lleva años revolucionando Internet y la forma en que los artistas se comunican con sus fanáticos. Batió el record guinness de dinero recaudado para un álbum en Kickstarter y hoy recibe un sueldo de varios miles de dólares extraídos directamente de las billeteras de sus admiradores.

Con su consentimiento, claro está.

El sitio web se llama Patreon y en él uno puede comprometerse a donar una determinada cantidad de dinero por cada cosa (así las llama ella: things) que produzca la artista. Hasta el momento ha sido una canción (“Bigger on the inside”) y el streaming de un concierto de reunión de The Dresden Dolls en una tienda de discos. Lo sé porque soy una de sus «patrones», con un aporte de diez dólares por cada cosa que Palmer produzca. El sistema es interesante: Amanda premia a sus donantes de distintas maneras de acuerdo a su aporte. Para quienes donan moderadamente como yo, recibimos emails de ella con noticias (el de esta mañana, por ejemplo, contaba de su adicción a las siestas, sus ganas de mudarse y pedía nuestra opinión acerca de cuál debía ser su próximo video), y he podido verla en vivo en webcast privados organizados para todos los patrones (en los cuales podemos hacer preguntas que ella contesta en el momento). Para quienes son más generosos (y donan cien o incluso mil dólares por cada thing), Amanda les escribe postales desde las distintas paradas de su tour e incluso se reúne con ellos a cenar. Es raro, pero funciona. Como le ha funcionado por años el practicar este verdadero arte de la confianza, nunca se queda en hoteles sino que en casas de sus seguidores, recibe la comida que ellos les llevan a sus shows e incluso les escribe (nos escribe) a través de Patreon para pedirnos que busquemos errores en su libro, para poder corregirlo antes de que salga la versión de bolsillo en Estados Unidos.

Porque, claro, Amanda Palmer también tiene un libro. Y uno bastante impresionante. The Art of Asking or How I Learned to Stop Worrying and Let People Help es la extensión de una charla del mismo nombre que Palmer dio en TED acerca de la importancia de atreverse a pedir y de qué manera lo aprendió ella: trabajando por años como una estatua humana en Boston, disfrazada de novia, entregándole flores a los transeúntes cada vez que le daban una moneda. El libro es una belleza y hace feliz al lector en muchos niveles: suficiente información sobre su carrera con The Dresden Dolls y luego de solista como para alegrar a los fans, una preciosa reflexión sobre la confianza y el rol de los artistas en el mundo para quienes no conozcan tanto de la vida y música de la autora, y una conmovedora descripción de la relación de Amanda con su marido, el también famosísimo escritor británico Neil Gaiman, para todos los curiosos y literatos. Por si fuera poco, el libro viene con transcripciones de muchas de sus canciones, a manera de soundtrack; soundtrack que toma vida en la versión audiobook del libro y que, más que un formato distinto, entrega todo un nuevo universo. El libro lo lee (y lo canta) la propia Amanda y creo que, al menos esta vez, la voz le gana a la tinta.

Pero volvamos al libro. Que comienza como una anécdota privada (mujeres que se piden y prestan tampones en los baños, a veces con toda la vergüenza del mundo) y se agranda y agranda hasta convertirse en una meditación profunda acerca de la vulnerabilidad y la empatía. Porque eso está en la raíz de pedir (pedir dinero, pedir un abrazo, pedir ayuda): la posibilidad de que te hagan pedazos. Y para Palmer los artistas simbolizan esa vulnerabilidad, ese andar con el corazón en la solapa, lo que hace su labor valiosa en este mundo contemporáneo hipercapitalista: el arte es un regalo que circula. Por eso también Amanda Palmer pone su música a disposición en Internet y sin precio (se pueden hacer donaciones, sí) y todo lo que produce con el dinero obtenido en Patreon lo sube a Youtube libre de costo. Para Palmer, la relación entre un artista y su comunidad es una de generosidad. Y aceptar el regalo se convierte en un regalo más. Uno de los ejemplos que cuenta Palmer en su libro es la historia de Thoreau y su famoso Walden, cómo siempre dio la ilusión de haberse dado a la vida retirada y vivir de la naturaleza cuando, en realidad, según dice Palmer, el escritor recibía cestas de comida todos los días de parte de sus parientes. Y dentro de esas cestas había, entre muchas cosas: donas. Palmer lo grita desde sus páginas en tres palabras: un artista debe siempre estar dispuesto a aceptar ayuda de los demás. Es decir: take the donut. O, en su propia experiencia: toma la flor.

Comenta Palmer: «la cultura americana nos ha inculcado la bizarra noción de que pedir ayuda significa admitir el fracaso. Sin embargo algunas de las personas más poderosas, exitosas y admiradas en el mundo parecen tener, en mi opinión, un rasgo en común: ellos piden. Constantemente, creativamente, compasivamente y con mucha gracia. Y, por supuesto, cuando pedimos siempre está la posibilidad de encontrar un no del otro lado de la petición. Si no permitimos la existencia de ese no, entonces no estamos pidiendo realmente, sino que estamos rogando o demandando. Pero es el miedo a ese no el que mantiene tantas de nuestras bocas brutalmente cerradas».

Este arte del pedir también ha tenido su lado menos amable, por cierto. Mucha gente ha acusado a Palmer de ser una «attention whore» y de aprovecharse de sus seguidores. Ella, se defiende: «durante toda mi carrera, mis fans han sido una gran pareja para mí, un amigo de cien cabezas con quien tengo una relación real y comprometida. En Twitter les digo buenas noches y buenos días, como lo haría con un ser amado». O, como le respondió a Tim Ferris acerca de lo dolorosas que son las críticas de los demás: «toma el dolor y vístelo como una camiseta». Porque para Amanda Palmer la vulnerabilidad es el corazón del arte y así, afirma en su libro: «eliminar la posibilidad de la empatía es también eliminar la posibilidad del arte. El teatro, la ficción, las historias de horror, las historias de amor. Esto es lo que hace el arte. Bueno, o malo, imagina el interior, el corazón del otro, ya sea un corazón lleno de luz o uno atrapado en la oscuridad».

Hace poco fui a verla en concierto en Washington, DC. Su último tour antes de tener a su primer hijo con Gaiman. Lo llamó: Tour Descalza en la Cocina. Y lo escribió con lápiz de cloro en cada una de las poleras de sus fans. Palmer es conocida por quedarse horas de horas firmando discos, libros y regalando abrazos. Hacer la fila es ver a gente emocionada hasta las lágrimas. Gente que llega frente a ella de rodillas.

La primera vez que la vi, le mentí. Le dije que me había terminado su libro mientras esperaba mi turno (dos horas). Era tarde pero Amanda me preguntó, wow, en serio, qué te pareció el final. Y, claro, a mí me quedaban por lo menos quince páginas. Mi mente se fue a blanco.

Ground control to major Tom… Can you hear me, mayor Tom?

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«Bueno», creo que le dije. Y me sentí infecta. Amanda me firmó su libro y me regaló una flor. La segunda vez, mejor me quedé callada mientras la veía dibujar en mi polera. El mesón donde firmaba estaba lleno de regalos para su hijo. Yo también traía uno. Le dejé unos calcetines con globitos aerostáticos. Cuando los vio, abrió los ojos enormes. Su asistente le dijo: yes. This is happening. You’re having a baby.

Porque Palmer se ríe de su «condición» en cuanta oportunidad puede, se muere de susto en su blog acerca de lo que puede significar este cambio en su vida e incluso canta una canción para reírse de todas las mujeres embarazadas que dejan de pensar en ellas y se dedican solo a orbitar el Maravilloso Mundo Bebé. La canción (“Pregnant women are smug” , un cover de Garfunkel and Oates, cuyo coro dice «las mujeres embarazadas son unas creídas. Todos lo saben, nadie se los dice: porque están embarazadas») suele dejar al público algo incómodo: muchas de esas madres están ahí muy sentaditas escuchando el concierto.

Aplauden igual, eso sí. Y a rabiar.

La colaboración Palmer-Gaiman también es una maravilla. Hacen giras juntos (la última fue para el Día de San Valentín, en febrero, llamado el Heartbreak Tour) en las cuales ambos cantan y responden a preguntas (hay un disco de esto: An Evening with Neil Gaiman and Amanda Palmer) e incluso Palmer ha escrito canciones basadas en ideas de su marido. Una de ellas “The Bed Song” trata de una pareja que comienza a distanciarse y cómo esto se ve graficado en una cama que se hace cada vez más y más grande.

La exploración de su relación con Gaiman en el libro es una belleza. Cuenta que se enamoraron «en diagonal y a distintas velocidades», y que, cuando por fin ella aceptó la propuesta de matrimonio de Gaiman (luego de varios intentos), él se arrodilló en la calle y le dibujó un anillo con un lápiz Sharpie. Confiesa que tienen un matrimonio abierto y es infantilmente feliz cada vez que Neil le dice «Tomato», «schedule» o «banana» con su acento británico.

Hoy The Art of Asking está disponible en español, si bien algo importante se pierde en la traducción como El arte de pedir. Porque asking, en inglés, no es solo pedir, sino también preguntar. Y Amanda Palmer no deja nunca de hacer preguntas, insistente: con su ukelele rojo, sus cejas dibujadas y ese amor ninja que lo incendia todo.

el arte de pedir

El arte de pedir
Amanda Palmer (traducción de Guillem Usandizaga)
Turner, 2015
364 p. — Ref. $17.000

Amanda Palmer: canción ninja

Sobre el autor:

María José Navia (@mjnavia) es autora de SANT (Incubarte editores, 2010) e Instrucciones para ser feliz (Sudaquia Editores, 2015). Es Doctora en Literatura y Estudios Culturales (Georgetown University), y escribe el blog Ticket de cambio.

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