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Berghain: el cielo y el infierno del techno

por · Agosto de 2014

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Hace once años que Berghain es la meca del techno, los pegados y los amantes del insomnio. El santuario berlinés, saturado de bajos industriales y baños mixtos, es custodiado por el fotógrafo Sven Marquardt, el hombre que decide quién entra y quién no.

Esta es la crónica de una noche brava en ese infierno.

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La tierra prometida

La fila para entrar es tan larga como la fama del lugar. Fue elegido como el mejor technoclub de Berlín y del mundo por la revista DJ Mag. Cada fin de semana miles de personas llegan a vivir o tratar de vivir la «experiencia Berghain»: drogas, sexo en público, los mejores DJs, los seres más desquiciados y el mejor carrete del infierno sobre la tierra.

Todo, en parte, gracias a la impronta de Sven Marquardt, el maduro cancerbero que selecciona arbitrariamente a los que están en condiciones de bajar a este submundo.

Y si entrar es una proeza, salir lo es aún más.

Vibra. Caminando hacia Berghain, desde lejos, retumba un golpe constante. De cerca, una fila de más de 50 metros en un sector prácticamente abandonado.

La noche vibra.

El edificio es la única construcción en altura en doscientos metros a la redonda, entre los barrios Kreuzberg y Friedrichshain, cuyas últimas sílabas nombran a este templo latente. Son las dos de la madrugada del domingo y en esa inmensidad desolada y gélida, vibra. Berghain vibra.

Mi amiga y yo llegamos a la fila. La idea era armar un grupo, pero el resto se excusó en un curioso «no quiero esperar una hora con un frío de mierda para que no me dejen entrar». Y tienen razón: menos cuatro grados y un viento afilado que te acuchilla los huesos. Y sí, una fila de cuarenta o cincuenta minutos.

Bien lejos, al final de la cola, la puerta. Las luces y La vibración. Ahí espera un guardia, de corte Gestapo, que solo muestra los ojos. Al llegar los clava en la mirada de los que se presentan ante el precipicio. Ahí sus dedos hacen lo suyo.

—Tú, sí. Tú, no.

En la fila, y en todo Berlín, hay consenso: no hay criterio para ser el afortunado que entra a Berghain. Ni pinta, ni sexo, ni plata, ni lista, ni religión, ni raza, ni nada. Lo único cierto, aunque no absoluto, es que los grupos tienen menos posibilidades de entrar y los dealers todavía menos (adentro hay gente para esas labores).

Ahora la fila avanza y allá al final sigue vibrando.

A medida que nos adelantamos, divisamos al cancerbero. El verdadero cancerbero: Sven Marquardt, uno de los tipos más populares de la contracultura alemana. Fotógrafo ayer, cuando vivía en el lado Este y se unía al movimiento punk de la época, y todavía hoy, cuando es el doorman del club de culto más importante de Berlín. Según DJ Mag, Berghain es el club más top del mundo. Todo eso se dice de este lugar a donde queremos entrar.

A medida que nos acercamos, vemos cómo nuestros antecesores pierden la injusta batalla y son rechazados, arbitrariamente, por un movimiento despreciable de dedos. Ahí el tipo Gestapo se alterna con Marquardt, quien será, en definitiva y a mucha honra, nuestro San Pedro: su brazo se extenderá hacia el interior y su mirada diabólica —enmarcada en tatuajes y piercings faciales— dirá lo que vinimos a escuchar:

—Bienvenidos al infierno.

Adentro, tan excitados por haber sido seleccionados para ser parte de la techno bacanal y porque Marquardt fuera nuestro aval, recorremos el edificio que en los años 50 fue parte de una central eléctrica. Veinte metros de altura y tres plantas: la baja, ambientada con instalaciones de artistas reputados y que funciona como recepción, guardarropía, sala de descanso y que, a las tres am, ya tiene a varios sujetos “viajando” desde un sofá.

La escalera, como todo el edificio, conserva su impronta industrial y lleva a la segunda planta donde está la pista de baile principal.

La tercera y última planta, donde el espacio más importante es una pista un poco más pequeña que la mayor, tiene una estructura laberíntica por donde aparecen salones, dark rooms —utilizadas principalmente por el vasto público homosexual—, pasillos con cubículos —acondicionados y abiertos para follar—, salas especiales para fumadores, bares por doquier, baños mixtos y quién sabe qué más.

Todo este territorio funciona, tan lúgubre y perverso, para mil quinientas personas que buscan adentrarse en las profundidades de la depravación humana y cumplir sus fantasías más extremas, desde el sábado en la noche hasta la madrugada del lunes.

Si se quiere, de corrido.

Ahora, esa posibilidad de la perversión y lo lúgubre necesita de garantías. En Berghain no hay espejos, la vanidad no tiene espacio porque lo importante no está en los demás, ni en cómo ellos te ven. El viaje es personal y tu preocupación debe mantenerse en ti, lejos de lo que los demás puedan pensar. Tampoco se permite el registro: nada de videos ni cámaras, salvo la de Marquardt. De hecho, en una oportunidad un tipo registró y subió a youtube un video al interior del club y fue la misma comunidad de Berghain la que se encargó de trolearlo por traicionar la máxima que impera en el templo: lo que pasa en Berghain, queda en Berghain. El tipo terminó bajándolo. Incluso cuando la mediática Lady Gaga visitó el lugar, pocas fotos aparecieron del suceso.

El precio de todo esto: 14 euros (unos $11 mil), aunque todos concuerdan que a lo menos son 19, porque hay que considerar 5 más para una pastilla de éxtasis. Es que ir Berghain sin drogarse sería como jugar fútbol sin pelota.

***
Bailamos.

Probamos la pista de la tercera planta, que tiene algo más de ritmo que la de abajo, caracterizada por un bombardeo de bajos industriales, asesinos, claustrofóbicos. Bailamos, mientras esperamos que nuestras pupilas se dilaten. Y ahí estamos, ingenuamente sobrios, mientras todos maquinalmente hacen lo mismo que nosotros: bailar. Y para mí, en apariencia, la percepción parece no cambiar. Dejo a mi amiga y busco el baño. Y sin presentirlo, hay un giro. Espero afuera de los cubículos —estrechos, oscuros, con una pequeña perforación de ventilación y casi todos manchados con caca—, en un pasillo de luz roja tenue, apoyado contra la pared. No puedo hacer ningún movimiento abrupto: cada inhalación requiere de esfuerzo. La gente que entra del baño no sale. O tarda mucho. Una mujer desquiciada patea las puertas con sus tacos altiplánicos porque está que se mea o caga, o necesita echarse con urgencia un touch de algo. Entonces grita. Y lo que para mí han sido quince minutos desde que dejé a mi amiga, acá parece una hora.

Al regreso, mi amiga me mira risueña y lanza: «te vi follándote a una mina».

«Te follaste a una mina», repite convencida. Claro, en ese lapso dio vueltas por la pista de baile de la tercera planta y pasó por el pasillo del follaje, donde aún mi clon, un tipo completamente igual a mí, efectivamente está culeándose a una mina.

Seguimos bailando, sin percatarnos, hasta las seis am. Luego nos instalamos en un sofá que nos absorbe y que en ese momento, estamos seguros, es la máxima creación humana de toda la historia. Escaneamos la fauna: modelos, locas y no tan locas, lisiados, punkis de la Guerra fría, militares, gente normal, adultos de supermercado, terneados, gente-látex, tipos que se pasean en calzoncillos, otros vestidos de época, darkis, raperos, sados y, en definitiva, toda el arca de Noé versión Apocalipsis.

En ese lapsus vemos a un adolescente dormido, totalmente drogado, tocándose la pinga a cada rato y que luego será sobajeado por tres pelados en paralelo. Uno de ellos, victorioso, se irá al baño a darle lo suyo. También vemos a una señora de cincuenta y tantos que le echa cocaína a las narices de un loco treinta años menor, totalmente angustiado y que terminará inhalando el polvo derramado desde el pantalón de la señora. A otro tipo tiritón, enfermo, que se sienta a nuestro lado, sin mirarnos, a echarse con urgencia unos jales mientras suda como embarazada.

Y también ahí, en el mejor sofá del mundo, nos invitarán, con la mirada, con las manos, con la entrepiernas, mujeres, hombres y todo lo demás, a alguna experiencia-team-mística-sexual.

Ocho de la mañana y la fiesta sigue como si fueran las cuatro: repleta y eufórica. Los DJs pinchan durante dos horas en cada espacio y los cierres hacen reventar de éxtasis a las máquinas humanas. Ocho de la mañana y la música está en su clímax, la metralleta de bajos no te suelta y tu cabeza gira y aumenta el volumen. Los cristales corren por tu sangre. La boca se pone amarga. Humo, sombras, flashes. La revolución científica tecnológica ha alcanzado su meta y está sintetizada en ese momento. Pum pum pum pum. No para. Pum pum pum pum, sabes que no va a parar. De pronto, sin aviso, las puertas del cielo se abren, se levantan las enormes persianas en cada una de las murallas del edificio y el sol, la vida celestial, atraviesa como rayos láser los cuerpos sudados.

La luz choca contra las caras.

Y dura un minuto.

Un largo minuto de luminosidad, de contacto con lo que ocurre afuera.

Y de vuelta a la oscuridad.

De nuevo, todo sigue igual.

Hasta que a las diez de la mañana salimos. Afuera hay un sol radiante, impertérrito, y una brisa fresca. Sobre la tierra es el paraíso. Salimos y atrás sigue vibrando. Y seguirá aún en los días posteriores.

Todavía sigue.

Sentir que nada será como aquello, como esa pesadilla orgásmica lynchiana, genera un vacío y un lamento. Nada será igual. Nada será como Berghain, que sigue vibrando.

Esta es la autobiografía de Marquardt, Die Nacht ist Leben: Autobiographie (Ullstein Extra, 2014), disponible en Amazon (en alemán).

Berghain: el cielo y el infierno del techno

Sobre el autor:

José Jiménez (@jamonez) es periodista y realizador.

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