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Dejar que la muerte establezca su reino

por · Mayo de 2019

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Sobre Cangrejos, de Jonnathan Opazo Hernández.

En la antigua poesía japonesa existió la tradición que intentaba cristalizar en versos el momento antes de expulsar el último hálito. Yoel Hoffmann lo consigna en su libro Poemas japoneses a la muerte donde monjes, samuráis y poetas del haikú escribían esta especie de testamento con la agudeza de una cultura que siempre ha tenido como referente los ciclos de la naturaleza y la contemplación de todos los seres vivos, deteniéndose en su aspecto de pureza e incluso de putrefacción. Más cercana a una poesía objetivista, con una multitud de guiños a Gonzalo Millán, quien además de Lihn escribió un registro de defunción de su propia muerte a través de su diario, en Cangrejos Jonnathan Opazo intenta robarle un poco de vida a ese instante en que todas las formas languidecen.

Cangrejos nos instala en el momento crítico de la muerte, donde las dudas existenciales y la inminencia de lo desconocido descolocan en visiones aterradoramente blancas e higiénicas. Pero el hablante, en vez de tomar la ineluctable caída para tratar de aventurar teorías de un postmorten, hacer examen de conciencia o especular con el cielo o el infierno, persiste y ahonda en el movimiento de las cosas; en vez de manotazos de ahogado nos encontramos con la parsimonia de la espera y la observación minuciosa, leemos del poema Meditación: “Fijar los ojos/ en un objeto/ hasta que tú/ seas el objeto/ falleciendo”. El poema acentúa esa fijación en las cosas que el hablante no puede asir sin dañar ni dañarse con su tenaza, pues todo contacto, por remoto que sea, es sensible y presiona en ambas direcciones: apretar el objeto sería destruirlo y terminar como él. El hablante de Cangrejos prefiere no aferrarse a problemas intelectuales que el propio intelecto no puede resolver: mejor reparar en el movimiento y la quietud, el enigma que esconde el acontecimiento más simple.

Y eso parece desde los primeros poemas, donde con un pincelazo se bosqueja el trayecto de vida y muerte de un hablante comiéndose la cola, años de experiencia para plasmar, casi como el pintor de ese cuento chino que demoró años en reflejar la mariposa más bella en un cuadro. El hablante sabe que somos parte de un ciclo, como Bazan en este haikú de la antología de Hoffmann: “Adiós./ Paso como todas las cosas:/ rocío sobre la hierba”. No hacen falta especulaciones, no hacen falta grandes pensamientos ni deseos de trascendencia: se es parte de un todo al que se vuelve, pues en la contemplación del tallo no estamos viendo nada más que lo que nuestra carne abonó, leemos del poema El día avanza para borrarlo: “Algunos llegan, otras se van:/ automóviles, ataúdes, trenes,/ aviones, nacimientos, abortos,/ despidos, contrataciones, recontrataciones” (pág. 20). La vida como un continuo de procesos que culminan y vuelven a comenzar, no sin la contaminación de la muerte, que se extiende al poema, leemos de Interludio: “que el cáncer/ se coma al poema/ desde adentro”. La antropofagia de la escritura que se alimenta de sí misma para sobrevivir.

El hablante en la mayoría de los poemas no parece más que un cangrejo moribundo, volteado por la vida y cansado de patalear y botar espuma. No le queda más que ver cómo el óxido del tiempo repercute en las cosas, con una curiosidad casi infantil que termina en un morbo casi forense, leemos del poema Terminar borrándolo todo: “mirar entre la cáscara rota/ un cortejo de cangrejos/ palpar la grieta de la concha/ con la yema de los dedos/ mirar con amor la descomposición del tema” (pág. 67) o de El agua parda en el fondo del macetero: “su ácido aroma: la belleza de las cosas que perecen:/ el perfume dulzón de una hoja de laurel rota en las/ manos de un niño, el corazón carnoso de una almeja/ cuando se rompe la concha: es preciso que las cosas se/ tricen, que se llenen de manchas: dejar/ que la muerte establezca su reino” (pág. 53). El poema como gesto de no resistirse ni negar la finitud humana, nuestra existencia orgánica, a pesar de la duda de si la poesía será capaz de curar el cáncer.                 

Cangrejos se puede leer como una crítica a ese intento desesperado de desinfectar la vida de la pudrición latente que significa vivir y rodearse de tantas cosas que pasan por el mismo proceso, al esfuerzo que hace la sociedad por esconder las ruinas y los desperdicios como si no fueran parte de nosotros y en vez de eso marearnos con ese blanco que es el color más terrible porque camufla a la parca. Una crítica a la blancura de los hospitales, de los uniformes de enfermeras y panaderos, de los depredadores, de las sábanas que vienen con olor a cloro y sangre. Ni la paranoia del hablante por padecer una posible enfermedad en Harakiri de Bertoni ni la tristeza de la tarde en el hospital de Pezoa Véliz en la que aún estamos hospitalizados; más bien, como decía Millán, la escritura como enfermedad y remedio.

Dejar que la muerte establezca su reino

Sobre el autor:

Nicolás Meneses

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