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Colombina Parra: La metamorfosis

por · Febrero de 2014

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Fotos: Andy Das Mortes.

Nació en Santiago en 1970, es músico, compositora, hija del antipoeta Nicanor Parra, pertenece —por supuesto— a esa gran familia que definió culturalmente la segunda mitad del siglo pasado de nuestro país, en 1996 sacó un disco, con su banda Los Ex, lleno de vivencia cruda y existencialismo punk, luego se aburrió del rock y se puso a estudiar arquitectura, más tarde retomó la guitarra y ha sacado un par de discos tan hermosos como intrigantes, tiene dos hijos —Tololo, de 20 años, y Juli de 3—, odia que le recuerden su participación en su primera banda, Los Barracos: «en mi historia musical no existen, que me recordís la palabra Barracos, me pone la piel de gallina y me dan ganas de matarte, te juro», bromea.

–¿Qué relación habrá entre las guitarras de Django Reinhardt y las de El Llanero Solitario? Me gustaría hacer esa investigación porque, en Detrás del Vidrio, al Barraco, mi hermano, las guitarras le salen así: como de desierto, caballos y vaqueros. ¿Django Reinhardt tendrá algo de western?

Colombina Parra reflexiona desde un sillón, tocándose el cabello, mirando el techo, tomándose los silencios para responderse a sí misma. No es extraño, lo ha hecho varias veces durante la tarde, como si constantemente estuviera ordenando sus ideas. O desordenándolas. Ha dejado hace unos minutos de hablar por su celular, solucionando problemas domésticos, arrendó una casa en Las Cruces, frente a la de su padre, por el verano, y quiere afinar todos los detalles antes de llegar a habitarla. La reflexión del párrafo anterior alude a su producción solista, aunque a ella no le parece la categorización de solista —se ha aliado con su hermano Juan de Dios “Barraco” Parra (guitarra) y con Aldo Benincasa (batería, The Ganjas) para darle forma a los monstruos de sonido—. Si con Los Ex, la cartografía está compuesta por Caída Libre (1996), el EP Esta Tarde vi Llover (1997, que incluía la adaptación brutal del tema de Manzanero, «no es muy importante ese EP», en sus propias palabras), el aclamado retorno con Cocodrila (2007) y el volumen doble Pistola de Plástico (2008), bajo la etiqueta de Colombina Parra ya se han editado dos discos: Flores como Gatos (2011) y Detrás del Vidrio (2013). Recuerda a Django Reinhardt, el guitarrista de jazz belga, por su cercanía con las guitarras de sus discos, a cargo de Barraco, pero también por su relación con Roberto Parra, del gypsy jazz al jazz guachaca.

—Eso es porque el Barraco lo tiene metido en la sangre demasiado fuerte –comenta–. Tocó toda la vida con el tío Roberto y tenían una relación muy fuerte ellos dos, y el tío Roberto venía musicalmente de Django Reinhardt pero él lo llevó a los suburbios, es como Reinhardt pasando por Chile y todas las casas de putas imaginables y eso lo agarró el Barraco, que pasó mucho también por la música clásica de Robert Fripp y Philip Glass, entonces sus guitarras tienen de Reinhardt y del tío Roberto, pero también una cosa más delicada, de la academia.

El aludido, el guitarrista, el hermano de Colombina, Barraco, comparte domicilio en esa casa que ella misma ideó y que se construyó en La Reina –«hay hartos arquitectos que dicen que no podrían habitar en una casa creada por ellos mismos porque te sientes como encerrada en tu propio diseño, pero cuando hago discos dentro de la casa tiene todo el sentido», confiesa–. Barraco también tiene sus discos y proyectos personales, pero ha sido parte fundamental en las dos últimas placas de su hermana: «desde niño hemos tocado juntos y cuando yo quise tocar mis canciones sola con guitarra de palo él naturalmente me dijo ¿querís que te acompañe? bueno ya, y ahí se produjo una cosa de hermanos súper natural», recuerda.

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Dos discos son como dos planetas. O al menos los dos discos de Colombina Parra podrían entenderse como dos cuerpos celestes dialogando cada uno desde su propia órbita. Si Flores como Gatos era un ejercicio doméstico, un disco muy de hogar, Detrás del Vidrio es más de pieza oscura, o “difuso”, como su misma autora lo define.

Flores como Gatos es como un niño cantando –compara–, que está en la ducha y no le da vergüenza que lo estén mirando y está bailando, no tiene conciencia de lo que va a decir, es esa cosa inocente, linda. Y Detrás del Vidrio ya no tiene esa inocencia, son imágenes difusas, varias capas, en que cada canción tiene varias historias paralelas. Y sí, en ese sentido, Flores como Gatos es más nítido, uno ve la historia como en (la canción) “Mi Casa Ideal”, que ves que están limpiando el techo, que hay un señor que cuelga las escaleras, y el hijo que llega del colegio y todo eso es alegre, Detrás del Vidrio es ver una imagen detrás de un cristal, es distinto que verla sin el vidrio, aunque sea transparente.

Pero hay más. Siempre hay más, por supuesto. Ambas placas corresponden a dos momentos distintos en la vida de Colombina, su embarazo, tras dieciocho años de haber tenido a su primer hijo, uno; el otro a una maternidad reencontrada. Originalmente, su segundo disco se llamaría “Juli Detrás del Vidrio”, pero optó a último momento sacar el nombre de su hija: «Sí, porque la quise proteger, porque en Flores como Gatos ella estaba dentro de mi guata y en Detrás del Vidrio, ya no». Las letras también tienen su análoga metamorfosis: «las de Flores como Gatos salieron juguetonamente en Las Cruces, en una casa en donde recién se había muerto una señora, era todo dramático pero había un jardín precioso, lleno de flores, que ella había dejado, y yo me fui a vivir ahí, prácticamente, con su fantasma». Letras que Colombina define como «frasecitas cortitas y muy juguetonas» y que a ratos recuerdan ese versus de sentido, de frases inconexas, que tenía Quebrantahuesos, la intervención mural que desarrollaron en los 50’s Nicanor Parra, Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn: «sí, yo creo que inconscientemente demás que sí, es la idea de las frases sueltas».

Su segunda placa, además, cuenta con la producción del solicitado Cristián Heyne, el Phil Spector del indie chileno, cerebro tras Los Christianes y Shogún y que en su historial de producción están los discos de Gepe, Javiera Mena, Álex Anwandter, Pánico, Camila Moreno, Nicole y un largo, muy largo etcétera: «él es increíble» comenta, Colombina, con efusividad. «Es abierto de mente, se atreve a hacer cosas que otra gente no se atrevería, es muy cálido también. Investiga por otros lados. Por ejemplo, a Detrás del Vidrio, otro productor le hubiera metido mano y hubiera dicho “ah, este proyecto lo vamos a hacer increíble, le vamos a meter esto, esto otro”. No, él fue a la sala de ensayo, escuchó y yo le dije, “ya po, ahora, entonces hay que producirlo”, y me dijo “no, acá no hay nada que producir, lo que vamos a hacer es sacarle una foto a lo que yo acabo de ver”. Y eso es súper difícil porque ¿cómo hacís que un estudio capte eso realmente? Así que lo grabamos en vivo, no lo tocamos por pistas, y le metió cero mano, solo su energía y el creer en lo que estaba escuchando. Después de que terminó de grabar, me hizo grabar en distintos micrófonos para tener distintas pastosidades de voz y distintos tipos de ánimo, fue un trabajo más que nada de emociones, de comer juntos, de reírnos, de contarnos cosas».

***

Es en las Cruces, el balneario del litoral central en el que dos colinas verdosas dan al mar, ubicado en El Tabo, en donde existe La Punta del Lacho –el mejor mirador de la costa, que lleva su nombre porque es el sitio en donde los enamorados suben a ver las puestas de sol–, en donde el antipoeta abre las puertas de su casa para que filmen un documental. Se llama Nicanor Parra 91, a cargo de Lotty Rosenfeld, en él, Parra habla de su obra y sus reflexiones con respecto al todo. En una escena en particular se observa a una muy joven Colombina Parra, casi como presencia fantasmal, frente a un piano, practicando, ensayando, aprendiendo: «¡Sí, era muy niña!», recuerda, emocionada, su etapa pre Colombina. «Totalmente pre, era de cuando estudiaba piano».

–Me manejo mucho más en piano que en la guitarra –confiesa–, como en la guitarra no me sé las notas, siento una cosa más animal con ella, en cambio con el piano está más la academia más dentro de mí, cuando hago un acorde, sé dónde estoy pisando, con la guitarra, es más corporal, no sé en qué territorio estoy, y me gusta perderme en lo más desconocido. Pero tengo que retomar el piano, seguro.

Posteriormente, Los Ex. Inicialmente formada, además de Colombina en las voces y guitarras, por Pablo Ugarte (Upa!) en el bajo, Hernán Edwards en guitarra y Octavio “Tavo” Bascuñán en batería, la banda irrumpe en la escena del denominado Nuevo Rock Chileno con dos hits radiales: “Sacar la Basura” y “La Corbata de mi Tío”, en la cresta de una ola de una industria discográfica local. Un año en que los sellos multinacionales invertían mucho en bandas locales, en que existían canales de televisión de rock, MTV pasaba videos musicales chilenos, habían radios dedicadas exclusivamente a promocionar a las nuevas bandas, revistas, todo un mercado que rápidamente se vino a pique: «me puse muy feliz de que todo eso desapareciera» dice Colombina. «O sea, entre las bandas nos odiábamos, te encontrabas en una entrevista con otra banda y le sacabas los dientes y eso lo generaban los sellos, esa competencia y esa mala onda, y además que era todo inflado y era todo mentira. Le metían la misma plata a una banda que era basura y a una que era buenísima, porque un tipo decidía qué bandas se editaban, que no tenía idea de música, que lo habían llamado de otro país, y venía y escuchaba algunas bandas y decía, “ya, yo voy a editar esto, esto y esto”, y le metían mucha plata a eso y después dejaban todo botado, botaron mucha plata en esa época».

Con varios cambios en el bajo, en donde la propia Colombina se hizo cargo por un tiempo de las cuatro cuerdas, para luego dar paso a Eduardo Lira y posteriormente a Claudius Rieth, con idas y venidas, con ceses y regresos silenciosos, con discos que no salieron, con rupturas de contrato, y con partidas –y regresos– de integrantes, Los Ex cambian, el mundo musical chileno también ha cambiado, la escena ha cambiado: «Es como si el mundo hubiera explotado y ahora se transformara en una cosa idílica», reflexiona Colombina. «Cuando volví a tocar, después de haber estudiado arquitectura, fui a la Sala Master y me encontré con el Goli (Gaete) tocando con Tsunamis, con Perrosky y con Guiso, y vi a estas tres bandas y se me prendió de nuevo el motor, quise ser parte de ese momento y me puse a hacer música, e hice el disco Cocodrila, me di cuenta de que hay una hermandad, un respeto y una cosa de ayudarse y armar todo entre nosotros, una unión que no existía antes. Ahora, lo bueno es que todo se mide por la gente. Todos los grupos tienen público, todos tienen las mismas posibilidades, hay que saber hacer buenas canciones, cómo meterte, y dar buenos conciertos. Si hay una mala banda desaparece luego porque hay un equilibrio que lo da el público y las mismas bandas, que se van protegiendo, se van generando comunidades».

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–Las mejores canciones son cuando la letra es primero –dice–. Cuando hago una melodía y después trato de meterle la letra a la fuerza, queda así, forzada.

Lectora del argentino Macedonio Fernández –«en “Saudade” le robé una letra, una frase entera, caradura»–, y de los poetas chilenos Pablo de Rokha y Juan Luis Martínez, Colombina asume cada disco como si fueran libros enteros, llenos de apuntes personales e historias de otros que le contaron o que escuchó, pero siempre desde una mirada muy íntima: «Casi siempre necesito estar pa la cag… mal, muy mal», comenta. «Ahora no he hecho ninguna canción porque me siento bien, pero siento que no estoy haciendo nada, cuando estoy mal me salen las canciones de una, me encierro sola y salen de una, son como rachas, no es como que junte una canción de un mes con la de otro mes sino que trabajo una en paralelo a la otra, como si un pintor fuera pintando doce cuadros al mismo tiempo».

Colombina, mamá rockera. Hijos y discos: «igual me han criticado todo el rato» dice, entre risas. «El grande, cuando venían compañeros del colegio, me escondía todas las guitarras y todos los micrófonos para que no se vieran, le daba vergüenza tener una mamá rockera, pero ahora, aparte de estudiar arquitectura, es músico, es pianista y es seco, hizo un concierto en el Municipal para Philip Glass cuando vino. Igual terminó siendo músico», reconoce chocha.

Hoy, Colombina se prepara para su participación en la sexta versión del Festival Neutral, a realizarse el 1 de marzo, en dónde además se presentarán Jorge González, Juana Molina, Coiffeur, Astro, Dënver y Electrodomésticos, entre otros: «Mi sueño era estar en ese festival hace rato», confiesa. «Porque está muy bien montado, porque me han gustado mucho las bandas que han tocado, porque está Rodrigo Santis detrás de todo y porque se nota que está hecho por músicos, no por productores chantas».

Además, prepara la música para la obra de teatro Cock, de Álvaro Viguera: «estoy muy asustada con hacer la música para esta obra», declara. «Es una historia de amor entre dos hombres en que se mete una mina entremedio y les arruina todo, es la primera obra de un director de cine que se ha ganado hartos premios, no he visto ninguna de sus películas, pero como venía recomendado por Rafael Gumucio y yo le creo todo al Rafa porque me encanta cómo escribe, fui a ver un ensayo y me produjo algo, se me pararon los pelos, así que lo voy a hacer».

Colombina Parra: La metamorfosis

Sobre el autor:

Daniel Hidalgo (@dan_hidalgo). Publicó los libros Barrio Miseria 221 (2009) y Canciones punk para señoritas autodestructivas (2011).

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