Publicidad

La joven que enloqueció/enfermó de amor

por · Junio de 2019

Publicidad

Sobre La trayectoria de los aviones de Constanza Ternicier (Ediciones Libros del Fuego).

El epígrafe de Susan Sontag de su íconico libro, La enfermedad y las metáforas, que abre esta novela, nos recuerda que la enfermedad es otra ciudadanía. Dice, “tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Esa ciudadanía se hace más extrema cuando el paciente sufre una dolencia fuera de su país, como es el caso de la protagonista de la novela La trayectoria de los aviones, de la autora y doctora en letras, Constanza Ternicier.

Amaya, sufre una extraña crisis neurológica en una visita a la ciudad de Londres. Un mal indeterminado pero delicado, que la arroja abruptamente a la condición de una doble extranjería: una paciente chilena en la sala de cuidados intensivos de una clínica londinense.  Hasta allí llegan sus padres, ya divorciados, para cuidar a esta hija que vive hace años en España, como estudiante de posgrado, y que ahora tras un proceso regresivo transitorio, es una niña raquítica de risas incontrolables y mirada desorbitada.

Es indudable que la enfermedad empuja al cuerpo a territorios desconocidos, pero también empuja al lenguaje a operaciones inéditas. La enfermedad es siempre un lenguaje extranjero, hasta la persona más erudita queda como analfabeta: el vocabulario científico, los términos en latín, el complejo vericueto de la biología, la opacidad de los órganos, la infinidad de dolencias nombradas por los apellidos de los médicos que las descubrieron (Parkinson, Tourette,  Asperger, Alzheimer, de Fanconi, Chron) y más. Todo esto se agudiza cuando la enfermedad se informa en un idioma, el inglés, que no maneja bien la paciente ni sus padres de esta historia.

Incluso la novela se hunde en un territorio más sigiloso, el de las misteriosas enfermedades autoinmunes. Males que se leen desde el azar o mala suerte hasta la propia agresión del paciente a su cuerpo, en el que se barajan hipótesis por doquier.

La protagonista sufre, aparentemente, una encefalitis viral, que es la inflamación del sistema nervioso central, una enfermedad con alta mortalidad que ataca a pacientes jóvenes. Sus síntomas y males generan una condición angustiante pero un punto interesante para construir un personaje literario pues la dolencia se caracteriza por producir alteraciones conductuales, disminución de la fluencia, cambios a nivel de conciencia, lascivia o aumento de la libido. De este modo, Amaya sufre cambios conductuales inéditos inexplicables, derriba ciertas barreras de la autocensura y las buenas maneras;  es así que mientras el médico la examina ella siente deseos de tener sexo con él. En especial, los ojos azules de los médicos londinenses le remueven una memoria sensorial y se despierta la excitación, el comportamiento inadecuado.

*

La enfermedad es siempre una falta de palabras, por eso surgen las metáforas: se dice eso innombrable, con otras palabras.  Esa pobreza del lenguaje también se evidencia en la poca fluidez y determinarción del enfermo que intenta describir sus síntomas, lo que experimenta cuesta traducirlos a las palabras conocidas. Amaya no sabe bien lo que le ocurrió y está expulsada del tiempo y el espacio recostada en una cama de hospital mirando la trayectoria de los aviones de los aeropuertos circundantes a la ciudad de Londres, y la trayectoria de su mente cruzada por itinerarios y amores.

Por otra parte, la enfermedad es una situación ontológica, hay un miedo en devenir Otro, transformarse en un cuerpo ajeno, volverse irreconocible para sí mismo, para los cercanos y para la sociedad. Amaya vive esa tensión, cuando, desconoce su cabello hecho nido, su piel llena de vellos, sus ojeras, su contextura huesuda. Y más aún, cuando su habitual compostura deviene en una hostilidad hacia los funcionarios del hospital y en una risa incontrolable, que le vale ser expulsada del espacio común a una habitación individual para no atormentar a los otros pacientes.

Al mismo tiempo, la enfermedad puede ser un poder, se descubre su poder de vulnerar, su capacidad de transformar al otro, de exterminarlo (en el caso de lo contagioso), o por lo menos, de marcarlo. Eso ocurre con sus padres que siguen sus caprichos, o cuando sus  inofensivas, y aplaudidas idas al baño, se transforman en instancias para espiar la correspondencia de sus padres, o el diario en el que el padre registra sus miserias y desdichas (la preocupación por los gastos y la cobertura del seguro, los trámites con el señor de cobranzas, sus deseos de ir a bares y conocer la ciudad de Los Beatles, el skype forzado con su esposa en Chile). O bien cuando afirma: “La medicina es una ciencia imperfecta”.

Incluso, hay un secreto poder que se traslada a la materia narrativa cuando se hilvana el tejido de voces que la habitan en su condición de enferma neurológica: los delirios o sueños diurnos mientras está sedada se entrecruzan, con los flashbacks en Barcelona, con iluminaciones súbitas que adquiere una inusual segunda persona que da paso a una tercera persona, más testigo que omnisciente, dice: «Tú y yo son dos personas que están absolutamente ligadas», o «El tú es un yo encorsetado expandiéndose a la segunda persona», completa. O, bien cuando afirma “conciencia, eres tú lector”.

La novela de Ternicier intercala también otros textos, buscando dar con registros diversos: correos electrónicos, el diario de vida del padre, ilustraciones, epígrafes musicales que abren cada capítulo para incitar a la lectura. Algo como un hipertexto o una banda sonora que se puede escuchar en Spotify. Mientras se recorren las páginas se escucha la canción First Breath After Coma podría haber estado sonando o el tema Explosions in The Sky. Y deja caer, oblicuamente elementos políticos, el Mar Mediterráneo lleno de muertos, el espejeo con Pinochet internado en The Clinic.

El hospital funciona como una heterotopía, lo que ocurre allí ocurre a otros niveles, es un ciudad-hospital. Allí aparece el paisaje humano de esta ciudad primermundista cruzada por la multiculturalidad: “una enfermera muy bajita con cara de filipina, un doctor oriental que tenía cara de guardar en sí mismo la paciencia del mundo entero y una doctora flaca y alta que tenía cara de nada”. Asuntos como la inmigración, los trabajadores de la limpieza, el cocinero, lo escéptico del recinto, el alto estándar del hospital público, la circunspección de los médicos con su acento británico organizan un mapa social-político.

Virginia Woolf sostuvo, en el ensayo De la enfermedad, “existe una franqueza infantil en la enfermedad. Se dicen cosas, se sueltan verdades”. Infantiles son algunas de sus asociaciones libres que va desplegando la narradora, por ejemplo,  los ganchos de las cortinas como espermios, o verse a sí misma, con tantos tubos, como si fueses un parque de diversiones acuático, o las pegatinas de colores en los documentos médicos como chicles. O bien, hay rasgos infantiles es la pupila dócil que aprende y repite, como una Pigmalion (G. Bernard Shaw) palabras, series de conceptos, o cálculos matemáticos. Ella va rumiando palabras, a lo Eliza Doolittle, jugando con ellas en una escena de traducción constante y experimentación fonética.

A su vez se explora “la enfermedad del amor”, de estar loca o enferma de amor, o deprimida por el quiebre con el amado. Amanda, su nombre deriva del verbo en cuestión (amar),  es en un punto “La niña que enloqueció de amor”, parafraseando la novela de Eduardo Barrios. Esa criatura pura que se obsesiona, muta, tiene experiencias místicas, y luego se destruye. O bien, acudiendo a otra imagen, derrite sus alas de Ícara romántica por el desengaño o el desamor.  Amaya habla de “limerencia”, el amor obsesivo de algunas jovencitas. Y también, del impulso febril por escribir. Busca lápices y papeles por doquier, pero al mismo, tiempo desacraliza la enfermedad como activador de la genialidad (“cuando te estás volviendo loco no puedes escribir ni leer”).

Por otra parte, este colapso físico despierta un humor incisivo que se explora con escenas cargadas de ironía y desenfado.  El odio a la segregación social chilena, a la precariedad de los enfermos y los viejos, la carga laboral y la vida apresurada.

Esta publicación nos invita a barajar las cartas de esta talentosa autora que tiene a su haber la reedición de su primera novela, Hamaca, en la prestigiosa editorial española Cabello de Troya, el premio a la mejor tesis en el programa de Doctorado en Literatura de la Universidad Católica de Chile, ser coguionista del film Sapo y la nominación a una de las autoras promisorias del 2018 en el especial Líderes de la Revista El sábado de El Mercurio.

Es pertinente detenerse en el hecho que este libro porta en sí mismo la trayectoria de los aviones. Publicado por primera vez en la ciudad de Barcelona, bajo el sello Comba, llega ahora través del sello Libros del fuego, de Colombia a Santiago. Un libro que cruza geografías es un libro potente, universal que nos hace reflexionar sobre esa ciudadanía que tarde o temprano hasta el más sano de los ciudadanos habita, la de la enfermedad y la del amor. Celebramos sus elementos diaspóricos que dibujan las vivencias de una nueva generación de autores. Festejamos que este libro haga una escala técnica acá, en Chile porque sospecho que seguirá de viaje, tanto la novela como la autora, porque es hermoso, fresco y redondo.

La joven que enloqueció/enfermó de amor

Sobre el autor:

Andrea Jeftanovic Escritora y autora de Escenario de guerra, Conversaciones con Isidora Aguirre y Escribir desde el trapecio. En Twitter es @ajefta

Comentarios