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Cuando Camilo Marks vio a los Sex Pistols

por · Noviembre de 2015

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Indemne todos estos años, el nuevo libro del novelista y crítico literario Camilo Marks, es una desenfadada autobiografía intelectual y política escrita sin posicionamientos heróicos, pero también sin falsa modestia, que recorre desde su infancia en el INBA y la encendida década universitaria del sesenta hasta los mil días de la Unidad Popular, pasando por los años en que defendió a los perseguidos de la dictadura de Augusto Pinochet desde el Comité Pro Paz y la Vicaría de la Solidaridad, su exilio en Londres y su posterior trabajo como narrador y crítico literario.

La autobiografía publicada bajo el sello Lumen estará en librerías desde esta semana y será presentada el jueves 3 de diciembre a las 19.00 horas en Casa O del barrio Lastarria.

El siguiente es un fragmento del capítulo que recoge los años de exilio de Marks en Londres y un concierto de los Sex Pistols en una iglesia abandonada de Mornington Crescent, semanas después del debut de Sid Vicious y un año antes de la gira en Estados Unidos que marcaría el principio del fin de la banda.

***

La palabra punk quiere decir en inglés basura, inservible, algo sin ningún valor y, hasta el advenimiento de esta nueva forma de rock, generalmente era usado como término de absoluto desprecio. El primer grupo de punks mundialmente famoso fue el de los Sex Pistols, una banda fundada en Londres en 1975 y considerada la responsable de haber iniciado ese movimiento en el Reino Unido y de inspirar a muchos intérpretes punks o de rock alternativo. Sus miembros eran originariamente Johnny Rotten, el guitarrista Steve Jones, el baterista Paul Cook y el bajista Glen Matlock. Matlock fue reemplazado por Sid Vicious en 1977. Rotten se traduce como podrido, en tanto Vicious significa salvaje, violento, despótico, corrupto, abusador. De modo que, desde la partida, estos muchachos persiguieron, en forma deliberada, choquear, desagradar o trastornar y hay pruebas al canto de que lo consiguieron en grado sumo. Junto al empresario Malcolm McLaren en calidad de mánager, los Sex Pistols protagonizaron una serie de escándalos que los convirtieron en centros de la opinión pública británica. Sus conciertos frecuentemente enfrentaban graves dificultades con los organizadores y las autoridades, en tanto sus apariciones públicas a menudo acababan en el caos. Su primer single, “God Save the Queen”, que atacaba el conformismo social de los ingleses y el respeto a la corona, precipitó la última y más devastadora ola de pandemónium moral basada en el pop. Mucho peor resultó “Anarchy in the U.K.”, gracias a su abierto llamado a desobedecer todos los códigos éticos, estéticos y políticos del establishment burgués. A Rotten y a Vicious les negaron la visa de ingreso a los Estados Unidos, pero fue tal el clamor que esa medida suscitó, que el Departamento de Estado norteamericano se vio forzado a revocar tal decisión. En enero de 1978, al final de una turbulenta gira por América del Norte, Rotten dejó la banda y anunció su disolución. Vicious, por su parte, murió de una sobredosis de heroína en 1979. En 1996, Rotten, Jones, Cook y Matlock se reunieron para el Filthy Lucre Tour (es decir, el tour del inmundo lucro); desde el año 2002, se han vuelto a agrupar en varias ocasiones. El 24 de febrero de 2006, los Sex Pistols fueron incluidos en el Salón de la Fama del Rock; sin embargo, se negaron a asistir a la ceremonia, llamando al museo, «una mancha de pis». Se comprenderá que, si para buena parte de los exiliados chilenos y latinoamericanos, los Sex Pistols y otros grupos punks parecían irrelevantes, para otros, especialmente los jóvenes inquietos, anhelantes de experiencias inéditas, exploradores de un nuevo mundo feliz, esto era lo que de veras importaba, lo que estaba pasando y lo que podía cambiar sus vidas, en vez de la beatería izquierdosa y el marxismo predigerido que nuestros ideólogos les entregaban. Así, Leo y Julio (otros exiliados) se precipitaron felices al universo de los Sex Pistols, que les daba una genuina constelación de mensajes subversivos y, sobre todo, la primera oportunidad de que, cada cual que lo quisiera, pudiese armar su propia pandilla de rockeros, con recursos mínimos e infinitas posibilidades.

Lo he dicho y escrito muchas veces: soy tan aficionado al rock como a la música docta y a la literatura clásica, pero, por esas fechas, mis conocimientos y aficiones llegaban hasta Janis Joplin, The Doors, Aretha Franklin, James Brown, Ike y Tina Turner, Joe Cocker y artistas de ese tipo, hasta cierto punto mucho más convencionales que los punks. Esta historia la he contado ya tantas veces que parece mentira. La fecha exacta no la recuerdo, pero sí sé que tuvo lugar en el mes de marzo o abril de 1977. La función se realizaría pasada la medianoche, en una iglesia desacralizada de Mornington Crescent, por lo que era necesario llegar temprano para pescar algún sitio desde donde ver a los famosos Sex Pistols y también debíamos saber que regresaríamos a pie a Highgate, tipo 3.00 AM, si es que no decidíamos quedarnos hasta el horario en que empieza a funcionar el metro. La elección cronométrica era deliberada: lo gótico, lo tenebroso, lo sórdido y lo oscuro suelen acontecer a la hora del lobo y no a plena luz del día. Era tal el tumulto que había a la entrada del antiguo recinto eclesiástico que, para mis adentros, pensé que era mejor devolverse. Sin embargo, Julio, que se las sabía todas, nos hizo entrar por un costado y, de pronto, sin sospechar lo que venía, me vi sentado en la fila delantera de sillas de tijera, dispuestas en el primer piso, con el proscenio encima. No sé si por casualidad o para provocar a los chicos y chicas hirsutos, con cabellos teñidos, cuerpos tatuados y manos, dedos y rostros repletos de colgajos que llenaban la parroquia, Julio portaba un volumen con versos de John Donne. Los Sex Pistols se hicieron su poco de rogar y ya había un aullido generalizado en las bóvedas cuando hicieron su ingreso triunfal, produciendo alaridos, gritos y escupitajos que largaban casi todos los asistentes. Julio, muy previsor, había llevado varios diarios para cubrirnos la cabeza y el cuello, de modo que no nos llegaran los gargajos de la delirante audiencia. Mentiría si dijera que había mal olor, ya que los organizadores se preocuparon de limpiar muy bien el local y continuamente echaban spray desodorante para despejar el ambiente. En los primeros minutos, no entendí nada de nada, absolutamente nada. Rotten chillaba incoherencias, todas, según me lo explicó Julio, consistentes en ataques contra lo que fuera. Era flaco, nervioso, virulento e insultaba sin parar, empleando las palabras más soeces del vocabulario inglés, hasta que, no contento con esto, comenzó a masturbarse mediante frotaciones encima de la bragueta, lo que llevó al público al paroxismo o a la imitación, ya que muchos jóvenes, en verdad niños de catorce a quince años, comenzaron a sacarse sus miembros para sacudírselos en público o bien numerosas chiquillas se dedicaron, con gran soltura de cuerpo, a practicar felaciones a diestra y siniestra. Pensé que iba a llegar la policía, alertada por los vecinos que seguramente no podían dormir a causa del ruido, pero lejos de ocurrir eso y meternos en problemas —nuestras visas nos obligaban, durante los cuatro primeros años de estadía, a reportarnos en la comisaría vecinal al menos una vez al semestre—, parecía que las gruesas paredes del templo absorbían totalmente el estrépito. Nosotros estábamos en el primer piso y había, a lo menos, tres más, sin contar con los púlpitos y el coro, desde donde se colgaban los más fanáticos seguidores de este peculiar conjunto de rock. En un momento dado, quienes estaban arriba empezaron a mear sobre los que tenían la mala suerte de haber escogido las mejores localidades y, de nuevo, tuvimos la buena fortuna de que los chorros de orina no nos alcanzaran, porque los ingenuos exhibicionistas se cuidaban mucho de no ensuciar el escenario. En un momento dado, cuando yo ya estaba seguro de que todo iba a degenerar en un desastre, Rotten comenzó a entonar “God save the Queen”, acompañado por Jones en la guitarra, Cook en batería y Vicious en el bajo. Verdaderamente creí que todos se iban a volver locos, incluido yo mismo, porque el éxtasis que generaban —bueno, había por doquier cantidades industriales de marihuana, polvitos blancos indeterminados y hasta jeringas desechables— parecía que iba a llegar a su clímax, aunque todavía eso estaba lejos de suceder. Todo fue subiendo en temperatura y nadie parecía cansarse; por el contrario, fuese como resultado de la ingesta de alcaloides, fuese por el férvido entusiasmo de los fanáticos, el concierto duró hasta que los Sex Pistols se cansaron y huyeron por el pasillo de la nave central, dejando sus instrumentos musicales en el altar, los que fueron inmediatamente despedazados por la multitud. Salí tan desconcertado como llegué, si bien pude darme cuenta de algo que hoy me parece lo más normal del mundo, pero en esa época era incapaz de calibrar: a partir de los punks, todo el que quisiera podía comprarse una guitarra, acústica o eléctrica, que entonces eran muy baratas, juntar a un par de amigos premunidos de batería —en verdad era apenas un pequeño tambor— y un bajo y salir a tocar donde les diera la gana. En otras palabras, nunca la música había sido tan democrática como hasta esas fechas y nunca más volvió a serlo de esa forma. El punk, por su esencia, niega a conjuntos que gastan fortunas en equipos, tales como Queen, Dire Straits, The Police, Mike Oldfield, U2 o Pink Floyd, que organizan recitales multitudinarios, que realizan giras continentales y que irrogan gastos impagables para sus auditores. Los punks eran, son, chicos o chicas, niños, en verdad, que desean manifestar, mediante letras y melodías, su disconformidad con el mundo actual, en forma barata, accesible, al alcance de todos. Esto, ni qué decir tiene, mucho no podía durar y de ahí que, en el presente, se asocie más a los punks con formas de vestir o maneras de presentarse que con lo que realmente fueron en sus orígenes. De más está decirlo, no soy especialista en la materia, por lo que me detendré solo en una observación final: los punks jamás se convirtieron en multimillonarios, U2 es uno de los conjuntos musicales con mayor patrimonio del planeta, los punks subsisten en las sombras, Madonna o Lady Gaga requieren candilejas permanentes, los punks terminaron aplastados en su fervor anárquico, la gran industria de la música pop depende, cada vez más, de corporaciones transnacionales e incluso del apoyo, tácito o explícito, de determinados gobiernos. Las letras de los punks son descalabradas, absurdas, terminan de repente, mientras, dígase lo que se diga acerca del supuesto progresismo de los divos y divas del rock actual, sus canciones resultan edulcoradas, sedantes, hasta edificantes. Claro que esto lo veo así ahora, pues, hace treinta y tantos años, los punks solo me parecían creadores de un infierno de sonido, sin significado ni proyección, excepto asustar a unos cuantos incautos.

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Indemne todos estos años
Camilo Marks
Lumen, 2015
502 p. — Ref. $16.000

Cuando Camilo Marks vio a los Sex Pistols

Sobre el autor:

Camilo Marks es novelista y crítico literario. Como reseñista, ha colaborado, desde 1988 hasta el presente, en diversos medios escritos. Es autor, entre otros libros, de La crítica: el género de los géneros y La dictadura del proletariado.

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