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Cuando Murakami escribía en la mesa de la cocina

por · Diciembre de 2015

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«Era joven, tenía muy buena salud, podía pasarme el día escuchando la música que me gustaba y era dueño de mi propio negocio, aunque pequeño, y no dependía de nadie», cuenta el escritor Haruki Murakami en el prólogo de Escucha la voz del viento y Pinball 1973, la reciente edición en español de sus dos primeras novelas bajo el sello Tusquets.

La nota escrita en junio del año pasado funciona como una especie de manifiesto del autor: «No necesitaba subirme a trenes atestados de gente para ir al trabajo, no necesitaba asistir a reuniones aburridas, y tampoco debía inclinarme ante un jefe que no me gustara. Además, tenía la oportunidad de tratar con gente interesante».

A modo de contexto, en la sociedad japonesa de los setenta la mayoría termina primero sus estudios, después encuentran un empleo y por último, tras un corto periodo de tiempo, se casan.

Para 1978 Murakami era todavía un veinteañero que ya había publicado su primera novela, Escucha la voz del viento, mientras desarmaba ese orden establecido.

Resulta que primero se casó, luego empezó a trabajar y entonces, como pudo, terminó sus estudios.

«Estaba casado, pero me desagradaba la idea de trabajar para una empresa, así que decidí abrir un negocio. Un establecimiento donde se pusieran discos de jazz y se sirvieran cafés, bebidas y comidas. Me movía la idea, muy simple y en algún sentido optimista, de que, como me gustaba el jazz, me iría como anillo al dedo un trabajo donde pudiera escuchar música de la mañana a la noche», cuenta el autor de Tokio Blues.

Entonces, durante un lapso de tres años, ahorró junto a su esposa y lograron abrir un local en Kokubunji, una ciudad donde residen muchos estudiantes, en la periferia de Tokio.

«Llevé al bar el viejo piano vertical que había tocado tiempo atrás en casa de mis padres, y los fines de semana ofrecía conciertos de música en vivo. En Kokubunji vivían muchos músicos de jazz jóvenes que, incluso por poco dinero, se prestaban de buena gana (creo) a tocar. Hoy en día muchos de ellos son músicos conocidos y a veces me los encuentro en los clubes de jazz que hay en diversos puntos de Tokio», dice el autor que ha aparecido sistemáticamente como candidato al Nobel de Literatura.

En Escucha la voz del viento, el comienzo de Murakami en las letras, el lector sigue las vicisitudes de un joven estudiante que, durante unas vacaciones en su ciudad natal, disfruta de la compañía de su mejor amigo, apodado «el Rata», el barman del Jay’s Bar y un escritor mediocre e inventado: Derek Heartfield, que se suicidó desde la azotea del Empire State con un retrato de Hitler y un paraguas abierto.

Todo gira alrededor de un universo dominado por un bar de jazz, la fascinación por la cultura pop y el desapego por las tradiciones japonesas. Aquí el protagonista descubre que el amor y el sexo, aunque resulten fallidos, siempre enseñan algo y que eso es lo que permite seguir viviendo.

En Pinball 1973, por otro lado, ese mismo joven vive en Tokio con dos gemelas idénticas, mientras «el Rata», su amigo millonario y antisocial del debut, sigue viendo pasar la vida en el Jay’s Bar, en una novela de atmósfera poética y melancólica, con gatos, pozos, antiguas novias y, por supuesto, viejas máquinas de pinball, o cementerios de viejos sueños que en la lectura de Murakami nos ayudan a contener el ego.

Hay una certeza en estos años de formación del autor. Tanto Escucha la voz del viento como Pinball 1973 son «novelas de la mesa de la cocina». Es decir, que fueron escritas después de armar sándwiches, preparar cócteles y echar a borrachos malhablados cuando llevaba el bar, sentado en la mesa de la cocina a altas horas de la noche, antes de convertirse en un novelista a tiempo completo con la subvalorada La caza del carnero salvaje y todo lo que vino después.

murakami

Escucha la canción del viento y Pinball 1973
Haruki Murakami
Tusquets, 2015
283 p. — Ref. $19.000

Cuando Murakami escribía en la mesa de la cocina

Sobre el autor:

Felipe Ojeda (@paniko).

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