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Daniel Johnston: la desaparición de los dinosaurios

por · Abril de 2013

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Es un gesto. Perturbador como cada gesto cuando desconocemos su significado y solo lo intuimos: Daniel Johnston está sobre el escenario con los ojos cerrados, apretados, sosteniendo el micrófono con ambas manos, tiritando, encorvado. Su voz se esparce en el vaivén de los brazos que le hace aproximarse y alejarse del micrófono. A su costado, sobre una mesa, se acumula media docena de botellas de agua, algunas abiertas y apenas bebidas para dar paso al destape de otra. Más allá, Álvaro Guerra (otrora Guiso, el guitarrista que le acompaña en escenario chileno) le mira, acomodándose entre sus fraseos. La imagen es inquietante, al menos. Pero es un detalle en una noche llena de gestos como este, llena de detalles inquietantes.

Algunos minutos antes, el show de Daniel Johnston no había comenzado y parecía que íbamos a desentramar una leyenda, que iba a romperse el límite de la ficción, que colisionarían los cristales de una pantalla con nuestras cabezas, como si fuéramos los expedicionistas a la deriva en Jurassic Park. Eran las 20 horas y alrededor de 300 personas rápidamente ingresaban a la Ex Oz del Barrio Bellavista. Todos, imagino, con un grado de amor especial a The Devil and Daniel Johnston (2005), el documental de Jeff Feuerzeig que nos enseñó a entender a un maniaco depresivo mejor que cualquier folleto del Ministerio de Salud, al mismo tiempo que nos desempolvaba una de las piedras filosofales de lo que conocíamos como rock alternativo en los noventas y un cartógrafo de lo que sería el indie, el lo fi, el nuevo DIY, y por qué gente como Kurt Cobain, Eddie Veder y los Sonic Youth le prendían velitas.

Todo es un espectáculo de lo humano, de las distintas aristas del ser humano: una semana antes los medios destrozaban a Chuck Berry por el único hecho de envejecer y querer seguir tocando, en esta ocasión, fue el turno de un artista al que ningún medicamento le impidió hacer lo que mejor puede hacer, ser honesto como nadie. En ese sentido, el primer set de Johnston era verse en un espejo trizado y desnudos. Mirar fantasmas de una infancia que se había quedado impregnada en un solo hombre, ahora gordo y canoso y en un estado caótico y hermoso. Intuyo que esa apertura en donde Johnston es acompañado solo por su guitarra asfixiada al punto de no dejar escapar acorde alguno, en donde solo interpreta dos piezas, “Mask” y “Mind Movies”, fue cerrada de abrupto por algún fantasma interno del artista. Porque antes, su hermano, Dick Johnston, se había encargado de dejar los atriles con las respectivas carpetas con las letras del repertorio tanto en el espacio de la guitarra como en el del teclado que Johnston no tocó en ningún momento del show.

Sería algo así como un leit motiv: Johnston vuelve a escena, para la segunda parte del show, se deja acompañar tímidamente por esta banda chilena algo improvisada que además de Guerra, contaba también con Gracia Fernández en teclados, Sebastián Arce (Pánico) en batería y Bernardita Martínez (Guiso) en el bajo. Se vienen las coreadas “Speeding motorcycle”, “Casper, the friendly ghost” y la hermosa “Walking the cow” y cada cierto tiempo, Johnston quiere cerrar el show, se despide, se retira y regresa a la siga de su hermano, quien le indica que aún no acaba y que debe cantar tal o cual canción, incluso en una oportunidad, el mánager, llega a molestarse al notar que Daniel cambió las carpetas entre las entradas y salidas, llevándose indignado una, dejando al cantautor solo con la banda en el escenario, soltando un preoucupado «¿qué pasó?, ¿terminamos o qué?, ok, volvemos en seguida».

Alquimia y arqueología. Daniel Johnston parece el eslabón perdido entre su propia infancia y nuestro mundo. Ahí, en su mundo conviven sus propios monstruos, fantasmas, mujeres peligrosas y adorables e ídolos. Sin duda es lo más cercano a un genio de nuestros tiempos, con la invasión química de las drogas legales e ilegales de por medio.

Para el cierre, y apenas sobrepasando los cuarenta minutos de show, “True love will find you in the end” parece una oración, el góspel capaz de rendirle el tributo justo a este extraño encuentro entre dos mundos. Esa noche, la de Johnston en Santiago, queda para la memoria de los que alguna vez soñamos con romper esa pantalla y encontrarnos con dinosaurios que quizá nunca existieron, pero que adoramos a primera vista, dejándonos el show más honesto, emocionante, tierno y extraño que hayamos visto en nuestras vidas. Johnston se retira y apenas queremos creerlo.

Daniel Johnston: la desaparición de los dinosaurios

Sobre el autor:

Daniel Hidalgo (@dan_hidalgo). Publicó los libros Barrio Miseria 221 (2009) y Canciones punk para señoritas autodestructivas (2011).

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